El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Presente
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Presente

El valle actual apenas respiraba.

La tarde caía con una calma que no era del todo natural. El viento pasaba entre las hierbas sin decidirse a levantarlas del todo, y el aire parecía contener un pulso lento, profundo, como si la tierra misma recordara algo que todavía no quería despertar.

Los Titanes permanecían inmóviles.

Samvarg descansaba como una montaña de escarcha silenciosa, sus runas apenas visibles bajo la luz inclinada del sol.

Valgor, más allá, sostenía el peso del valle con la paciencia mineral de las montañas antiguas.

Ninguno se movía, pero la sensación de escucha era innegable, como si el mundo entero hubiese detenido el paso para atender aquella conversación.

La voz de Maeryn, que había ido entrelazando pasado y presente con la serenidad de quien ya no teme a los recuerdos, se apagó con naturalidad.

No fue un final abrupto.

Fue más bien como cerrar una puerta sin ruido.

—Nos adaptamos —dijo al fin—. No por resignación. Por supervivencia.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Era el tipo de silencio que aparece cuando una verdad encuentra su lugar.

Lira habló casi en un susurro.

—¿Cuánto tiempo…?

Maeryn sonrió apenas. No era una sonrisa alegre, pero tampoco amarga. Era esa clase de gesto que solo conocen quienes han atravesado pérdidas demasiado grandes para contarlas con palabras simples.

—El suficiente para recordar lo vivido.

Levantó la muñeca y la pulsera metálica atrapó un reflejo tenue del sol.

—El suficiente para que estas pequeñas cosas nos recordaran que, aunque todo alrededor parezca dormido, el cuerpo todavía puede despertar.

El pulso de la pulsera emitió un destello breve.

Un latido artificial.

—Y también el tiempo necesario —continuó— para que tu padre inventara tres formas distintas de hablarle a una raíz que ya no respondía.

Lira bajó la mirada hacia el suelo y luego la levantó hacia los Titanes.

Samvarg y Valgor seguían allí, inmensos y silenciosos, guardianes que parecían haber existido antes incluso de que el valle tuviera nombre. El viento desplazó un mechón del cabello de Lira y, durante un segundo muy breve, la luz cambió de tono sobre la piel pétrea de Valgor.

Fue apenas un instante.

Un matiz más cálido en la piedra.

Luego desapareció.

—¿Y Thae’Lun? —preguntó Lira, aunque la pregunta ya llevaba dentro su propia respuesta.

Maeryn tardó un momento en contestar.

—Jamás respondió —dijo en voz baja.

No lo dijo con amargura.

Lo dijo como quien acepta una verdad que ya no necesita explicaciones.

—Entonces esperamos.

Miró el valle, las hierbas quietas, las sombras largas de los Titanes.

—Sembramos y esperamos.

El viento volvió a moverse entre los árboles.

—Amamos… y esperamos.

La palabra esperar no sonó como derrota.

Sonó como trabajo.

Y por esa tarde, en aquel valle donde incluso los Titanes escuchaban sin moverse, eso fue suficiente.