El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El regreso de las bestias perdidas
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El regreso de las bestias perdidas

El sol descendía lentamente, teñido de cobre, cuando Maeryn levantó la vista del taller y notó que el cielo ya se había vuelto anaranjado.

Durante horas el lugar había vibrado con el trabajo constante de martillos y forjas, pero ahora los golpes se escuchaban cada vez más espaciados.

No era que el trabajo hubiera terminado: era que todos estaban escuchando.

Cada sonido del valle era medido, evaluado, como si el aire pudiera anunciar algo en cualquier momento.

Lira apareció desde el sendero que descendía del bosque. Traía el cabello revuelto por el viento y el paso acelerado.

—¿Nada todavía?

Maeryn negó con la cabeza. Había logrado mantener la calma durante toda la tarde, pero ahora sus ojos se detenían una y otra vez en el horizonte vacío.

—Caldren salió hace rato con algunos ocelotes —dijo—. Si no regresaban antes del ocaso, iba a buscarlos.

—¿Hace cuánto?

—Demasiado.

El silencio que siguió se tensó entre ellas, roto apenas por el siseo del vapor escapando de los conductos del taller.

Lor Vynn levantó la mirada desde el generador que estaba ajustando. Se limpió las manos en un trapo ennegrecido antes de hablar.

—Tranquilas. A veces el camino se alarga más de lo que uno recuerda. Raeghan sabe cuidar de los suyos.

Lira negó suavemente.

—No es Raeghan quien me preocupa.

El viejo herrero sonrió de lado.

—Entonces tendrás que confiar en que Thoren también aprendió a regresar.

Maeryn estaba por responder cuando el aire cambió.

Primero fue un murmullo, apenas perceptible, como una vibración lejana entre los árboles. Luego un zumbido grave que fue creciendo hasta convertirse en algo inconfundible.

Motores.

Lor Vynn se incorporó de golpe.

—¿Escucharon eso?

Lira ya estaba mirando hacia el horizonte.

Entre los troncos del bosque comenzaron a aparecer pequeñas luces que se movían con rapidez. Al principio parecían estrellas bajas, pero pronto se reflejaron sobre metal y superficies pulidas.

Naves.

—¡Son ellos! —gritó un ocelote desde la torre de vigilancia—. ¡Vuelven!

Los motores retumbaron sobre el valle cuando las naves se aproximaron. El viento levantó polvo y hojas secas mientras las primeras máquinas descendían con precisión sobre el terreno abierto. Las compuertas liberaron vapor caliente que olía a aceite y ozono.

Después llegaron las bestias mecánicas.

Cuadrúpedos de acero y bronce avanzaron desde el bosque con pasos pesados y seguros, sus articulaciones soltando bufidos de presión cada vez que el peso cambiaba de apoyo.

Las compuertas de la primera nave se abrieron.

Kael fue el primero en descender. Tenía la chaqueta abierta y el rostro manchado de hollín, pero sonreía. Detrás de él aparecieron Raeghan y varios ocelotes. Thoren fue el último en bajar, con la expresión cansada de quien lleva demasiado tiempo despierto.

Lira no esperó.

Corrió hacia ellos.

—¡Por fin! —exclamó, con la voz mezclando alivio y enfado—. ¿Dónde estaban?

Thoren levantó las manos, todavía respirando con fuerza.

—Tranquila… estamos bien.

—Nos tuvieron medio día con el corazón detenido.

Raeghan intervino mientras se limpiaba el sudor del cuello.

—No fue nada grave. Solo… cumplimos una pequeña tarea gracias a tu amigo.

Inclinó la cabeza hacia Thoren.

—Y trajimos algo más que metal.

Maeryn llegó detrás de Lira, todavía sin decidir si reír o reprenderlos.

—¿Qué clase de tarea tarda medio día y deja a media Alianza preocupada?

Thoren se rascó la cabeza, evitando la mirada por un instante.

—Una que valía la pena.

Lira cruzó los brazos.

—¿Qué hiciste ahora?

Thoren sonrió con esa expresión que desarma cualquier enojo.

—Ven. Te lo mostraré.

Una de las naves más grandes seguía cerrada.

Thoren hizo una señal y el mecanismo respondió con un chasquido profundo. La compuerta comenzó a elevarse lentamente.

Al principio solo salió oscuridad.

Luego un sonido.

Un murmullo leve que pronto se transformó en respiraciones agitadas, pasos rápidos, pequeños chillidos.

Y de pronto salieron perros y gatos.

Animales delgados, con el pelaje sucio y los ojos atentos. Algunos llevaban collares rotos; otros tenían cicatrices viejas que hablaban de años sobreviviendo solos.

Los gatos avanzaban pegados al suelo, evaluando cada movimiento. Los perros, en cambio, salieron corriendo apenas tocaron el aire libre. Olfateaban el suelo, ladraban, giraban sobre sí mismos con una alegría torpe que parecía olvidada.

Lira se llevó las manos al pecho.

—Son ellos…

Thoren asintió.

—Los mismos.

Kael bajó la mirada un instante.

—Cuando las máquinas dejaron de moverse… ellos se quedaron.

Maeryn observó a los animales dispersarse entre la gente.

—Como si supieran que aún había algo allí.

—O como si no quisieran aceptar que estaban solos —añadió Raeghan.

Uno de los perros se acercó a Lira y apoyó las patas en sus piernas. Ella se agachó sin pensarlo y enterró los dedos en su pelaje áspero.

El animal cerró los ojos.

No parecía un rescate.

Parecía un regreso.

—No íbamos a dejarlos allí —dijo Thoren—. Son parte de lo que fueron.

Lira lo miró, todavía con la emoción en los ojos.

—¿Por eso se retrasaron?

Thoren se encogió de hombros.

—Algunos no querían subir a la nave. Nos dieron más pelea que los caribúes alados del norte.

Las risas estallaron entre los ocelotes.

Lor Vynn negó con la cabeza, divertido.

—A este paso, muchacho, vas a llenar el taller de patas y colas.

—Si hace falta, haré más camas.

Los animales se dispersaron pronto por el campamento. Algunos perros se acercaban sin miedo a los niños, quienes explotaban en carcajadas inocentes; los gatos exploraban las vigas y los rincones elevados del taller.

Un cachorro gris tropezó con las patas de un ocelote que al principio se tensó, pero terminó riendo.

Otro perro se acercó a Maeryn y se tumbó frente a ella, moviendo la cola con timidez.

Lira lo acarició.

—Tienen hambre.

—Igual que yo —dijo Thoren.

Ella levantó la mirada hacia él.

Y sin pensarlo caminó hasta abrazarlo.

El beso duro lo suficiente para liberar la tensión de ambos.

Durante un segundo el taller entero quedó en silencio.

Luego comenzaron las sonrisas.

Raeghan murmuró algo que sonó a aprobación. Lor Vynn alzó una ceja. Los ocelotes intercambiaron miradas divertidas.

Thoren bajó la cabeza riendo.

—Sin duda valió la pena el viaje.

—Tonto —respondió Lira, con las mejillas encendidas.

—Sí. Pero un tonto con buenas ideas.

Un ladrido interrumpió el momento.

El cachorro gris saltó directamente sobre Lira y la derribó en el suelo. Las carcajadas llenaron el taller mientras el animal intentaba lamerle la cara.

Raeghan se inclinó riendo.

—Creo que alguien tiene celos.

—No soy tan fácil de reemplazar —dijo Thoren.

Lira lo miró desde el suelo.

—Claro… pero él sí llegó a tiempo.

Las risas resonaron por todo el valle.

Esa noche, mientras los perros dormían junto a los talleres y los gatos se acomodaban entre vigas y techos, el campamento pareció respirar de otra forma.

Más cálido.

Más vivo.

A lo lejos, los Titanes permanecían inmóviles bajo el cielo oscuro.

Samvarg alzó el hocico hacia el viento y dejó escapar un sonido profundo, a medio camino entre un gruñido y un aullido.

El eco viajó sobre el valle con una calma antigua, como si incluso las bestias de hielo reconocieran que algo pequeño —y muy humano— había regresado al mundo.