El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Retirada
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Retirada

Cargaron a los caídos con movimientos lentos y coordinados, como si cualquier gesto brusco pudiera despertar de nuevo aquello que había derribado a los hombres en el valle.

Alguien improvisó camillas con ramas rectas y correas arrancadas de los equipos.

La madera apenas crujía; incluso el bosque parecía haber decidido guardar silencio.

Nadie habló mientras se alejaban.

El grupo avanzó entre los troncos altos que rodeaban el claro. Aquellos árboles, antaño vibrantes y llenos de vida, se alzaban ahora como columnas inmóviles bajo una sombra que no refrescaba. Sus raíces emergían del suelo como esculturas antiguas, hermosas y estériles.

Detrás de ellos, VeyLun seguía flotando sobre la bruma.

Ninguno de los que caminaban volvió a mirarla por mucho tiempo.

Se movieron en silencio hasta que el claro desapareció entre los árboles.

Fue entonces cuando el zumbido dejó de sentirse.

No hubo un momento preciso en que se extinguiera; simplemente, el aire volvió a ser aire. Algunos se detuvieron al instante. Uno de los hombres cayó de rodillas y vomitó sobre la tierra húmeda. Otro se inclinó hacia adelante y apoyó ambas manos en el suelo como si necesitara recordar cómo respirar.

Un tercero besó la tierra con una gratitud feroz.

Nadie se burló de él.

El capataz observó al grupo unos instantes mientras recuperaban el aliento. Luego miró hacia el lugar del que acababan de huir, aunque ya no pudiera verse desde allí.

—Volveremos —dijo.

La frase no sonó heroica. Sonó más bien como un hilo atado a una puerta en medio de la oscuridad, algo pequeño que permite encontrar el camino de regreso cuando todo lo demás se ha perdido.

Caldren no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Ajustó la posición del cuerpo que cargaba en la camilla improvisada, comprobó que las correas no cedieran y volvió a caminar. Cada paso era una decisión silenciosa, una promesa hecha sin palabras.

No lo dijo en voz alta.

Pero lo juró con las manos que sostenían el peso, con los pies que no se detenían y con la manera en que colocó su propio cuerpo entre el mundo y la pérdida de su hija.