El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) La ciudad y el vacío
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La ciudad y el vacío

La vieron desde lejos, cuando el bosque finalmente se abrió en un claro estrecho y la luz encontró por fin un lugar donde caer sin filtrarse entre ramas enfermas.

VeyLun flotaba sobre la bruma.

A la distancia parecía intacta: una constelación suspendida, una flor metálica invertida sobre el mundo, una máquina tan elegante que aún podía confundirse con un milagro. Durante un instante se parecía demasiado a la ciudad que habían dejado atrás.

Pero no era la misma.

El silencio alrededor era lo que realmente dolía.

Porque el valle donde Thae’Lun descansaba estaba vacío.

El lugar que durante generaciones había sido un refugio vivo se había convertido en algo parecido a un anfiteatro abandonado.

La tierra estaba fracturada en placas enormes que se levantaban del suelo como costillas gigantes.

Entre las grietas se filtraba un resplandor pálido que no parecía provenir de ninguna fuente concreta y, al mismo tiempo, parecía surgir de todas partes.

Caldren sintió cómo las uñas se le clavaban en la palma.

Maeryn apretó los dientes.

—¿Dónde…? —empezó ella.

—No —dijo Caldren.

No fue una orden. Fue una negación. Como si la palabra intentara cerrar la puerta antes de que el pensamiento terminara de formarse.

El capataz del grupo hizo una señal breve.

Avanzaron.

Diez pasos.

Veinte.

Treinta.

La primera caída ocurrió sin aviso.

Un hombre del frente se desplomó como si alguien hubiera apagado una lámpara dentro de su cuerpo. No gritó ni intentó sostenerse. Sus rodillas tocaron el suelo primero, luego los hombros, luego la mejilla. Todo con una lentitud extraña, casi elegante.

Otro cayó después.

Y otro.

En cuestión de segundos, varios cuerpos se doblaban sobre la tierra con la misma docilidad inquietante de alguien que se queda dormido de pie.

Las brújulas colgadas del cuello comenzaron a girar.

Las agujas temblaban dentro del cristal como peces muriendo en un frasco.

Entonces llegó el zumbido.

No era exactamente un sonido. Era más bien una presión, una vibración que comprimía los senos paranasales y hacía que los dientes dolieran desde dentro. El aire parecía haberse vuelto más denso de repente, como si cada respiración tuviera que atravesar algo invisible antes de llegar al pecho.

Caldren dio un paso más y el mundo se volvió pesado.

El peso le cayó sobre los pulmones como un yunque húmedo. El aire no desapareció, pero dejó de obedecer. Intentó hablar y la voz salió tarde, como si tuviera que arrastrarse por un túnel demasiado estrecho.

Maeryn se llevó la mano a la boca. El estómago se le subió a la garganta y durante un segundo creyó que iba a perder el conocimiento también.

—¡Atrás! —ordenó el capataz.

—¡Atrás! —repitió Caldren.

Ya estaba de rodillas.

Tomó al primer hombre por debajo de las axilas y lo arrastró hacia atrás con una fuerza que no sabía que aún tenía. El cuerpo era más pesado de lo que debía ser, como si algo estuviera tirando de él desde el suelo. Otro cayó a su lado. Luego otro más.

Caldren volvió a avanzar un paso, lo justo para agarrar a otro de los caídos, y retrocedió de nuevo hacia la línea donde el aire volvía a comportarse como aire.

El trabajo fue lento.

Dolorosamente lento.

Tardaron horas en sacar a todos del límite invisible.

No usaron los poderes de la naturaleza, porque no estaban heridos.

Algunos despertaron con náuseas violentas, doblándose sobre la tierra mientras el cuerpo intentaba recordar cómo respirar sin dolor.

Otros se incorporaron con la mirada perdida, como si parte de la memoria se hubiera quedado atrapada en el lugar donde cayeron.

Uno no despertó hasta que le colocaron una máscara improvisada que olía a lona húmeda y menta vieja.

Cada cuerpo rescatado parecía mover la frontera unos centímetros.

O quizá no era la frontera lo que cambiaba.

Quizá eran ellos los que empezaban a entender dónde no pisar.

Cuando por fin lograron reunir al grupo fuera del límite, nadie habló durante un buen rato.

El valle seguía allí.

Inmóvil.

Extrañamente luminoso.

—¿Qué es esto? —preguntó alguien al final, sin mucha convicción.

Caldren observaba el lugar donde el suelo cambiaba de textura, donde el aire parecía vibrar de forma casi imperceptible.

—Un campo —dijo finalmente.

La voz se le quebró apenas.

—No sé de qué. No sé de quién.

Maeryn seguía mirando el valle. El cabello le rozaba el rostro con un movimiento tan leve que parecía imposible que existiera viento allí.

No se sentía derrotada.

Se sentía furiosa.

Caldren se acercó y le rodeó los hombros con un brazo cansado. Apoyó la frente contra su sien durante un segundo.

—Nos vamos —dijo.

Ella no respondió de inmediato.

—Pero…

—Nos vamos —repitió él—. Y mañana volvemos. Con más manos. Con más cabeza.

El valle no se movería.

—No hoy.

Maeryn respiró hondo.

La rabia no desapareció. Solo cambió de forma.

Asintió.

Y por un momento el mundo pareció retroceder apenas un paso, como si incluso aquella frontera invisible aceptara que todavía no habían terminado con ella.