El bosque enfermo
Caminaron durante días bajo un cielo que parecía incapaz de cambiar. No amanecía distinto ni se oscurecía del todo; permanecía suspendido en una luz gris que aplastaba las distancias y volvía cada jornada indistinguible de la anterior.
El bosque seguía allí, pero algo en él había dejado de responder.
Los árboles se elevaban altos y rectos como campanas mudas, formando columnas inmóviles que proyectaban una sombra densa, inútil, incapaz de refrescar la piel.
Sus copas apenas se movían, incluso cuando el viento intentaba cruzarlas.
Era como si la propia madera se negara a recordar cómo debía vivir.
Las raíces, que en otro tiempo habían sido mapas del mundo —senderos secretos que conectaban ríos, montañas y cavernas profundas— ahora emergían del suelo como esculturas olvidadas. Hermosas en su forma. Inertes en su propósito. Ninguna señal viajaba a través de ellas.
Por la noche encendían fuegos breves con madera que no quería arder.
Las llamas tardaban en prender y cuando lo hacían lo hacían con desgana, como si incluso el fuego dudara de su propio trabajo.
El humo no ascendía limpio; se quedaba cerca del suelo, arrastrándose entre los troncos con una pesadez extraña, incapaz de escapar del bosque.
Hablaban poco.
No porque hubieran agotado las palabras, sino porque cada pregunta parecía abrir un silencio más grande que el anterior.
Una noche, mientras observaban cómo el fuego terminaba de consumir un trozo de corteza seca, Maeryn rompió la quietud.
—Si estuviera herida… la oleríamos.
Caldren tardó en responder. Tenía una mano apoyada en la tierra, como si todavía intentara encontrar un pulso que ya no estaba allí.
—Si estuviera muerta —dijo al final— ya seríamos piedra.
Maeryn lo miró.
—¿Entonces?
Caldren levantó la vista hacia el bosque oscuro que los rodeaba.
—Entonces duerme… o la han hecho dormir.
No añadieron nada más.
Continuaron avanzando al amanecer siguiente, llevando el agua en odres gastados y la esperanza en silencio.
Los pies aprendieron pronto el ritmo del barro seco, un suelo duro que parecía haber olvidado la humedad.
Los ojos, en cambio, tuvieron que aprender otra cosa más difícil: dejar de buscar aves entre las ramas.
Porque ya no había ninguna.