La decisión de los Titanes
La reunión no continuó en la sala donde habían discutido los planes.
Caldren propuso trasladarse a un claro interior del refugio, un espacio amplio abierto entre raíces y roca viva.
Antorchas altas iluminaban el perímetro, mientras hongos luminiscentes incrustados en las paredes proyectaban una luz azulada que parecía respirar con el lugar.
El ambiente tenía algo solemne, casi antiguo.
Samvarg reposaba al fondo del claro, enorme como una colina de hielo.
Su aliento formaba una neblina tenue que enfriaba el aire a su alrededor.
A unos metros, Valgor permanecía echado como una cordillera dormida, con los ojos ámbar atentos a cada movimiento.
Lume caminaba cerca de Lira, describiendo círculos tranquilos; su luz esmeralda bañaba las armaduras, las capas y los rostros reunidos.
Nadie hablaba.
El tema ya había sido planteado: canalizar la energía de los Titanes para crear armas capaces de atravesar la defensa de Aerothis. Pero decirlo era una cosa; aceptar sus consecuencias era otra muy distinta.
El silencio se rompió cuando Samvarg levantó la cabeza.
Su voz llegó como una marea de hielo rompiendo la quietud.
«Nuestra existencia no es contemplación. Fuimos hechos para sostener. Si nuestra fuerza puede protegerlos en donde nosotros no podemos entrar… entonces entregaremos cuanto sea necesario.»
El eco de aquellas palabras recorrió el claro.
Valgor respondió con un retumbo profundo, como piedras chocando en las entrañas de la tierra.
«La roca no teme resquebrajarse si al caer abre un camino. El sacrificio no es destrucción. Es el precio de la permanencia.»
Lume avanzó unos pasos hasta quedar frente a Lira. Su luz se intensificó, cálida y constante, envolviéndola en un resplandor suave. La sensación que emanaba de él no era poder ni amenaza: era calma.
Lira no pudo contenerse.
Las lágrimas surgieron de golpe. Avanzó varios pasos hacia los Titanes y su voz se quebró antes de poder contenerla.
—¡No! —exclamó—. Apenas acaban de sanar… apenas los tenemos de vuelta. ¿Y ahora quieren entregarse otra vez como si fueran prescindibles?
Se detuvo frente a ellos, temblando.
—¿Y si mueren? ¿Y si algo sale mal?
Su voz se volvió más débil.
—No lo acepto.
Lume inclinó la cabeza y ella se aferró a su cuello, buscando refugio en la luz que emanaba de su cuerpo. El Titán respondió rodeándola con un pulso cálido que parecía decirle que no estaba sola.
Kael se acercó con el ceño fruncido.
—Lira… ellos lo están eligiendo. No nosotros. Sabes que no darían un paso así sin pensarlo.
Thoren apoyó una mano firme sobre el hombro de Kael y luego sobre el de Lira.
—Nunca luchamos solos —dijo con gravedad—. Y si ellos creen que este es el camino, tenemos que confiar.
Samvarg habló otra vez, esta vez con una presencia más serena.
«Hija de la naturaleza… nuestras heridas no son cadenas. Son recuerdos. Sanan porque luchamos con ustedes.»
El aire se enfrió levemente.
«Si entregamos nuestra esencia, no será por esclavitud. Será porque así lo elegimos.»
Valgor añadió con su voz grave, marcada como un golpe de tambor.
«No serán nuestras cenizas lo que permanezca. Será la fuerza que otros levantarán.»
Lume brilló con mayor intensidad. La luz se reflejó en las lágrimas de Lira, convirtiéndolas en pequeños destellos verdes.
Caldren y Maeryn avanzaron entonces hacia su hija.
Caldren apoyó sus manos sobre sus hombros.
—Escucha, hija —dijo con voz firme—. No se trata de perderlos. Se trata de confiar en que saben cuánto dar. Nadie los obliga. Su voluntad es más fuerte que cualquier orden.
Maeryn acarició el rostro de Lira, limpiando las lágrimas con delicadeza.
—Ellos deciden —añadió con suavidad—. Y nosotros debemos aprender a aceptar lo que ofrecen. El vínculo con los Titanes no es un peso… es una responsabilidad.
Lira cerró los ojos un momento. Respiró hondo, intentando calmar el temblor en su pecho. Sentía la luz de Lume, las manos de sus padres y la presencia inmensa de los Titanes.
Cuando volvió a abrir los ojos, aún estaban húmedos, pero su mirada era distinta.
Acarició la cabeza luminosa de Lume.
—Si esta es su decisión… —dijo con voz quebrada pero firme— entonces la aceptaré.
Levantó la mirada hacia Samvarg y Valgor.
—Pero no pienso volver a perderlos.
Los dos Titanes inclinaron lentamente sus cabezas en un gesto solemne.
Lume respondió liberando un pulso de luz que se expandió por el claro y bañó a todos los presentes.
El silencio volvió.
Raeghan bajó la mirada, Lor Vynn dejó escapar un murmullo apenas audible y Maerlos tragó saliva, consciente del peso de lo que había puesto en marcha.
Kael fue el primero en avanzar. Colocó su mano sobre la pata helada de Samvarg.
Thoren golpeó con firmeza el casco pétreo de Valgor.
Lira selló el momento apoyando su frente contra la luz de Lume.
Sin palabras, los tres portadores hicieron visible lo que todos comprendían: la guerra que se acercaba no se ganaría solo con acero ni con fuego.
Se ganaría con unión.
Incluso si el precio era dolor.
Nadie pronunció el juramento en voz alta, pero todos lo sintieron atravesar el corazón como un hierro ardiente.