Verdades en la mesa
La sala improvisada permanecía en penumbra, iluminada apenas por algunas antorchas incrustadas en la roca.
Afuera, la vida del refugio continuaba con su ritmo habitual —herramientas trabajando la madera, pasos sobre los senderos, murmullos lejanos—, pero dentro reinaba una calma distinta, cargada de expectación.
Kael, Thoren y Lira se encontraban juntos en un lado de la mesa de piedra.
A su lado, Lume irradiaba una luz verde tenue que suavizaba las sombras del recinto.
Frente a ellos estaban Caldren y Maeryn Fayne, erguidos como pilares de la alianza.
Raeghan ocupaba uno de los extremos con los brazos cruzados, mientras Lor Vynn manipulaba distraídamente un engranaje oxidado que giraba entre sus dedos.
Más atrás, casi oculto por la penumbra, Maerlos aguardaba en silencio, con el cuerpo encogido como si intentara ocupar el menor espacio posible.
Caldren fue el primero en romper el silencio.
—Hemos llegado al límite de lo que sabemos —dijo con voz grave—. La ciudadela nos observa, sus máquinas patrullan el cielo y cada día que pasa nuestra gente vive con más miedo. Necesitamos algo más que resistencia. Necesitamos un plan que nos acerque a derribar Aerothis.
Las palabras resonaron en la sala.
Raeghan se inclinó hacia adelante y apoyó los codos sobre la mesa.
—Un plan, sí. Pero uno realista. Ya vimos lo que hace su campo electromagnético. Los Titanes no pueden entrar sin quedar expuestos a la corrupción. Eso nos deja sin nuestra mayor fuerza.
Lor Vynn resopló con ironía, sin apartar la vista del engranaje.
—Y nuestras armas… —hizo un gesto breve con los dedos—. Viejas, remendadas. Una buena descarga de esas máquinas de Aerothis y seremos cenizas.
El comentario provocó un murmullo incómodo.
Kael apretó los puños sin darse cuenta. Thoren, con la mandíbula tensa, habló después de unos segundos.
—Entonces necesitamos otra forma de enfrentarlos. Algo que no dependa solo de la fuerza.
En ese momento Maerlos levantó la cabeza. Sus ojos oscuros aún conservaban miedo, pero también algo parecido a la determinación.
—Tal vez… haya una forma.
Todas las miradas se volvieron hacia él. El silencio se volvió tan denso que incluso el chisporroteo de las antorchas pareció apagarse.
Maerlos respiró hondo antes de continuar.
—En Aerothis no todos los sabios estábamos ciegos. Mi hermano Enderil y yo trabajábamos en la Torre del Viento. Buscábamos otra salida.
Hizo una pausa breve.
—Desarrollamos algo que llamábamos conducciones elementales. Canales capaces de absorber y redirigir la energía de los Titanes.
Kael frunció el ceño.
—¿Absorber su energía?
Maerlos bajó la mirada.
—No solo absorber. Canalizarla. Convertirla en energía utilizable… armas, herramientas, sistemas de ataque. Pero no requeriría que los Titanes entren al campo de Aerothis. Podrían permanecer fuera, intactos, mientras su poder fluye a través de los artefactos.
Un murmullo recorrió la mesa.
Lira se inclinó hacia adelante, con los dedos tensos sobre la piedra.
—¿Quieres que repitamos lo que ellos hicieron? ¿Lo que nuestros antepasados hicieron hace miles de años? ¿Usar a los Titanes como si fueran una fuente de poder?
—¡No! —respondió Maerlos con brusquedad, aunque su voz vaciló de inmediato—. Ellos desgarran su energía. La exprimen hasta casi destruirlos. Lo que propongo es distinto.
Alzó la mirada con dificultad.
—Un lazo voluntario. Que el Titán decida ofrecer su energía. Que el portador solo la conduzca.
Thoren lo observó con desconfianza.
—Sigue sonando igual. Cambia la palabra, pero el resultado es el mismo: convertir a los Titanes en armas.
En ese instante la presencia de Samvarg y Valgor se hizo sentir.
No hablaron en voz alta. Fue una presión leve en la mente de los portadores, como el eco de una voz que surgía desde la distancia.
Samvarg habló primero.
«Un lazo ofrecido no es un robo. Pero todo vínculo exige un precio.»
Luego la presencia de Valgor se extendió como un temblor profundo.
«Lo que se forja con equilibrio sostiene. Lo que se arranca destruye. La elección es de ustedes.»
La tensión volvió a llenar la sala.
Raeghan golpeó la mesa con el puño, rompiendo el silencio.
—¡Basta de rodeos! —gruñó—. Si lo que dice Maerlos es posible, necesitamos saber cuánto tiempo tomaría y qué costaría hacerlo. Porque lo único que no tenemos es tiempo.
Lor Vynn dejó caer el engranaje sobre la piedra con un pequeño sonido metálico.
—Podría intentar construir esos conductores —dijo—. Núcleos de energía, tuberías de conducción, anclajes para estabilizar el flujo. Pero esto no es reparar un motor viejo. Es intentar levantar algo que ni Aerothis logró dominar del todo.
Miró a Maerlos de reojo.
—Y hacerlo sin reventar medio mundo en el proceso.
Maerlos apretó los labios.
—Es lo único que conozco que podría equilibrar la balanza. Pero no se engañen: esa energía consume. Incluso si los Titanes la ofrecen, cada segundo que fluya será un arma de doble filo.
Las palabras cayeron pesadas sobre la mesa.
Kael bajó la mirada, sintiendo el peso de lo que se discutía. Lira permanecía en silencio, debatiéndose entre la necesidad de actuar y el temor de repetir los errores del pasado. Thoren observaba a Maerlos con una intensidad que parecía capaz de atravesarlo.
El silencio volvió a extenderse.
Finalmente Maeryn habló con su serenidad habitual.
—Entonces no es un plan —dijo—. Es una apuesta.
Sus ojos recorrieron el rostro de cada uno de los presentes.
—Y cada uno de nosotros tendrá que decidir cuánto está dispuesto a arriesgar.
La sala quedó inmóvil.
Las sombras se alargaban sobre las paredes de piedra, mientras los Titanes permanecían en silencio, observando con la paciencia antigua de quienes han visto civilizaciones levantarse… y caer.
La reunión no había terminado.
Apenas comenzaba a abrir una pregunta más profunda que cualquier estrategia: si querían derrotar a Aerothis, primero tendrían que decidir hasta dónde estaban dispuestos a llegar sin convertirse en lo mismo que combatían.