El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Conversaciones íntimas
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Conversaciones íntimas

La mañana avanzaba con calma en el refugio.

El murmullo del agua corriendo por los canales de piedra, el roce de herramientas en las huertas y el eco lejano de los tambores que marcaban los turnos de guardia formaban un ritmo constante, casi tranquilizador.

Para muchos era una pausa necesaria; para otros, el silencio dejaba espacio a pensamientos demasiado pesados.

Kael y Thoren se apartaron hacia una terraza natural del refugio, un saliente de roca desde donde se veía parte del valle.

La luz filtrada descendía entre raíces y ramas como un hilo plateado.

Cerca de allí descansaban Samvarg y Valgor, inmóviles, atentos pero respetando la quietud de sus portadores.

Kael se sentó en el borde de la piedra y apoyó los codos sobre las rodillas.

—No dejo de escuchar sus gritos —dijo al fin, sin levantar la mirada—. Cada vez que cierro los ojos… vuelven.

El silencio del bosque pareció absorber sus palabras.

—Siento que los llevo encima —continuó—. Como si pesaran más que el hielo que alguna vez pude invocar.

Thoren permaneció sentado a su lado, con los brazos cruzados. Su expresión era dura, pero su voz salió grave y honesta.

—Yo también los cargo, Kael. A todos. Uno por uno.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Y te diré algo: no se van. No se borran.

Kael giró hacia él, con frustración en los ojos.

—Entonces ¿cómo sigues caminando? ¿Cómo no te aplasta?

Thoren observó sus propias manos, grandes y marcadas por cicatrices.

—Porque si me derrumbo, se derrumban todos los que caminan detrás de mí —respondió con calma—. El peso no desaparece. Lo único que cambia es cómo decides sostenerlo.

Alzó la mirada hacia Kael.

—Tú todavía estás aprendiendo a no dejar que te entierre.

Las palabras quedaron flotando entre ambos. Después de un momento, Kael soltó un suspiro largo.

—Ojalá no hubiera tanto que cargar.

Valgor dejó escapar un bufido grave, profundo como el eco de una caverna. Samvarg inclinó la cabeza hacia Kael, y sus ojos azules reflejaron una comprensión silenciosa.

Aquel gesto bastó para que ambos portadores recordaran que su carga no era solo humana.

En otro extremo del refugio, entre las huertas iluminadas por la luz suave de Lume, Lira estaba sentada junto a su madre. Las manos de Maeryn recorrían las hojas de una planta joven, como si en aquel gesto buscara una calma que aún no lograba encontrar.

—Me siento extraña —dijo Lira después de un largo silencio—. Como si hubiera perdido algo que nunca tuve.

Sus dedos jugaron con la tierra húmeda.

—Todos estos años… ¿qué significa ser hija cuando tu infancia fue una sala de pruebas?

Maeryn levantó la mirada hacia ella. Su voz fue suave, pero cargada de verdad.

—Significa que siempre fuiste mi hija, aunque el mundo intentara arrebatármela.

Sus dedos rodearon las manos de Lira.

—Cada día que no estuve contigo lo llevo como una herida.

Lira apretó los labios.

—No recuerdo lo bueno, madre. Ni tu voz. Ni tu abrazo. Solo el dolor… las pruebas… las máquinas.

Su mirada se quebró por un instante.

—Y ahora que estás aquí… me siento culpable de no poder devolverte esos recuerdos.

Maeryn apretó sus manos con firmeza.

—No me debes recuerdos, Lira. Me basta con que estés viva.

Su voz se volvió más cálida.

—Puedo mirarte ahora y decirte algo que nunca dejó de ser verdad: eres mi hija. Siempre lo fuiste, aunque intentaran convertirte en otra cosa.

Las lágrimas rodaron en silencio por los rostros de ambas. Lume se acercó despacio, y su luz verde envolvió el pequeño rincón de la huerta con un resplandor cálido.

Durante unos instantes, madre e hija lloraron sin palabras, no como guerreras ni como portadoras, sino simplemente como familia.

En una sala lateral excavada en la roca, Raeghan y Caldren conversaban en privado. La mesa entre ellos estaba cubierta de mapas improvisados, trozos de pergamino y piezas mecánicas rescatadas de antiguas máquinas.

Pero la conversación no trataba de estrategias.

—Ese hombre no debería estar aquí —gruñó Caldren, golpeando la mesa con el puño—. Huele a Aerothis. A traición.

Raeghan lo observó con calma, aunque en su mirada había dureza.

—Lo sé. Yo tampoco confío del todo —respondió—. Pero no podemos desechar a cualquiera que huya del enemigo. Menos si puede darnos información.

Caldren negó lentamente.

—La gente lo escuchó hablar. Vieron el miedo en sus ojos. Escucharon lo que dijo de la torre.

Su mandíbula se tensó.

—¿Y si no escapó? ¿Y si lo dejaron escapar para seguirnos?

El silencio cayó pesado entre ambos.

Finalmente Caldren apoyó las manos sobre la mesa.

—No me gustan estas grietas entre nuestra gente —dijo con voz grave—. Pero si lo apartamos ahora, sin pruebas, sembramos más miedo que confianza.

Alzó la mirada hacia Raeghan.

—Lo vigilaremos. Si Maerlos se desvía… seré yo mismo quien lo saque de este refugio.

Raeghan asintió lentamente.

—No habrá segundas oportunidades.

Caldren no respondió de inmediato. Solo sostuvo su mirada durante varios segundos.

En ese silencio, el acuerdo quedó sellado.

La tarde avanzó tranquila en el refugio.

Niños corrían entre los senderos, las fogatas comenzaban a encenderse y los Titanes observaban desde la distancia, inmóviles como parte del paisaje.

Pero bajo aquella calma, las conversaciones del día seguían resonando.

Cada palabra, cada duda y cada promesa eran hilos invisibles que comenzaban a tejer el destino de todos.