El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El canto del hierro
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El canto del hierro

Lira despertó sobresaltada.

Durante un instante creyó que el murmullo del agua entre las raíces formaba parte de un sueño.

Pero el silencio que la rodeaba terminó de arrancarla del todo del descanso.

El espacio donde habían dormido estaba vacío.

Solo Lume permanecía allí, inmóvil a su lado, su cuerpo irradiando una luz suave que teñía la roca de un verde tenue.

El titán protector la observaba con calma, como si hubiera aguardado pacientemente a que despertara.

—¿Dónde… están los demás? —murmuró mientras se incorporaba.

Su voz se perdió en la cavidad del refugio sin obtener respuesta. Lume emitió un pulso breve de luz, cálido y silencioso, un gesto de compañía más que de explicación.

El mal presentimiento llegó de golpe.

Lira salió del refugio con prisa.

En el sendero encontró a algunos ocelotes jóvenes que cargaban pieles y herramientas. Uno de ellos se detuvo al verla avanzar con expresión tensa.

—Los tuyos se preparan en la explanada —dijo con respeto—. Van a salir.

—¿Salir? ¿Para qué? —preguntó ella.

El ocelote dudó apenas.

—Por materiales. Eso dijeron.

El nudo en el estómago de Lira se tensó aún más. Aceleró el paso, con Lume siguiéndola de cerca como una sombra luminosa.

Cuando llegó a la explanada comprendió.

Raeghan ya estaba montado sobre su imponente allosaurio. Los hombres de la alianza ajustaban arneses y armas. Más allá, Kael y Thoren terminaban de preparar unas bestias mecánicas, revisando correas y núcleos de energía. Caldren estaba junto a Maeryn revisando planos improvisados.

Cada movimiento tenía la rigidez de algo decidido con anticipación.

Lira se detuvo un instante, sintiendo cómo el pecho se le encogía. Luego avanzó hasta el centro del grupo.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

Su voz cortó el aire como una hoja.

Varios se volvieron hacia ella. Raeghan alzó una ceja, observándola sin decir nada. Caldren intercambió una breve mirada con Kael, como si hubiera esperado evitar ese momento.

—Solo iremos por piezas —respondió finalmente—. Nada más.

—¿Piezas? —repitió Lira.

Sus ojos recorrieron los rostros de su padre, de Kael, de Thoren.

—¿De dónde?

El silencio respondió antes que cualquiera.

Thoren descendió del lomo del dinosaurio mecánico con pasos pesados. Se acercó a ella intentando mantener un tono sereno.

—Iremos al lago —dijo—. Donde quedaron las máquinas… y los que alguna vez fueron humanos. Están obsoletos. Erráticos. Pero sus restos pueden servir para las armas.

Lira lo miró con incredulidad.

—¿Quieres decir que van a arrancarles lo último que tienen?

—Ya no viven —dijo Kael con dificultad, sin levantar la mirada.

—¡Sí viven! —replicó Lira.

Las lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos.

—Me reconocieron. Tú lo viste. No son solo chatarra, Kael. Todavía queda algo de lo que fueron… y ustedes quieren desarmarlos como si fueran piezas de repuesto.

Su voz resonó por toda la explanada.

Algunos ocelotes y quetzales que trabajaban cerca detuvieron sus tareas. Nadie habló.

—Esto es lo mismo que hace Aerothis —continuó—. Tal vez no en la misma escala… pero es el mismo camino. Si empezamos así, ¿qué será después?

La acusación quedó suspendida entre ellos.

Caldren fue el primero en avanzar.

—Hija —dijo con calma contenida—. No queremos esto. Pero necesitamos algo más que esperanza para luchar. Y esas piezas… son lo único que puede darnos una oportunidad.

Maeryn también se acercó, con un tono más suave.

—No es crueldad, Lira. Es supervivencia. Si no hacemos esto, la ciudadela arrasará con todos.

Lira negó con la cabeza mientras las lágrimas corrían por su rostro.

—Entonces no somos diferentes.

Nadie respondió de inmediato.

Kael dio un paso hacia ella, pero Lira levantó la mano para detenerlo.

Thoren fue quien habló después.

La miró directamente, con una mezcla de dureza y dolor.

—Si tienes razón, Lira… entonces será mi culpa. No la tuya.

Su voz fue firme.

—Tú no cargarás con esto.

Lira bajó la mirada.

—No quiero que lo hagan.

—Lo haremos porque no vemos otra salida —respondió Thoren.

Maeryn extendió los brazos hacia su hija. Lira dudó un segundo, pero finalmente se dejó abrazar. El temblor en su cuerpo la hacía parecer más joven de lo que era.

Lume se acercó lentamente, envolviéndolas con un resplandor suave.

Thoren se volvió hacia los demás.

—Marchen —ordenó—. Ya perdimos demasiado tiempo.

Raeghan asintió sin discutir. Caldren miró a su esposa desde la distancia; Maeryn sostuvo su mirada con determinación mientras mantenía a Lira entre sus brazos.

Fue un intercambio silencioso.

Uno a uno, los miembros de la expedición montaron sus bestias mecánicas. Las patas de acero golpearon la piedra con un estruendo metálico que retumbó en la explanada.

Cuando finalmente partieron, el eco del galope mecánico se mezcló con la respiración temblorosa de Lira.

Ella no quiso mirar.

Permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, mientras las sombras de la expedición desaparecían entre los túneles del refugio.

El silencio que quedó atrás no era paz.

Era una herida abierta.