El último tramo
El aire de las cuevas ya no era tan denso, pero eso no calmaba a nadie.
Al contrario: el rumor de la superficie —viento colándose por grietas, olor húmedo a corteza y tierra viva— pesaba más que el encierro.
Cada respiración parecía anunciar guerra.
Las patas metálicas de las bestias híbridas golpeaban la piedra con un ritmo opresivo, recordándoles que el sigilo era imposible en aquellas profundidades.
Cuando alcanzaron los últimos metros antes de la salida, toda la columna se detuvo.
Caldren, erguido como si la bóveda entera descansara sobre sus hombros, descendió de la nave y avanzó hacia la claridad lejana del túnel.
—Yo iré primero.
La voz retumbó grave, sin titubeo. Pero antes de que pudiera dar un paso más, varios soldados de la Alianza se interpusieron. Ninguno lo hizo con insolencia. Sus rostros mostraban respeto, pero también una decisión tan firme como la del propio Fayne.
Uno de ellos, con el rostro cruzado por cicatrices viejas, habló en nombre de todos.
—No, mi señor. Si ustedes caen, la Alianza se desmorona. Sin la Raíz y el Aliento no quedará nada que levantar. Déjenos cargar con ese riesgo.
Caldren lo observó en silencio. No estaba acostumbrado a que lo contuvieran, y menos aún quienes le juraban lealtad. Sin embargo, en sus ojos apareció un destello breve de reconocimiento. Al final asintió, sin necesidad de añadir palabra alguna.
La decisión quedó tomada.
Un ingeniero dio un paso al frente con un maletín de cobre. Lo abrió con cuidado y, tras accionar un mecanismo interno, liberó un enjambre de Nympha: pequeños drones insectoides del tamaño de un puño, con alas traslúcidas y ojos eléctricos que chisporroteaban como luciérnagas azules.
Las criaturas se elevaron en una nube vibrante, llenando el túnel con un zumbido fino que rebotó en las paredes y se perdió hacia la salida. Todos los siguieron con la mirada hasta que la oscuridad se los tragó.
El tiempo se tensó.
Nadie respiraba fuerte. Nadie se atrevía a moverse. Solo el zumbido distante, cada vez más apagado, se mezclaba con el latido de sus corazones.
Finalmente, uno de los Nympha regresó.
Descendió con un titilar irregular y, al posarse frente al grupo, desplegó desde su pecho un holograma rudimentario, vibrante, apenas estable. Mostró un claro abierto, hierba alta agitándose con el viento y, más allá, un bosque espeso levantándose como una muralla natural.
El explorador alzó la mano.
—Despejado.
Cinco soldados avanzaron de inmediato, ajustándose las armas al hombro. Esta vez nadie intentó detenerlos. Subieron los últimos escalones y cruzaron hacia la superficie.
El impacto fue inmediato.
El aire fresco les golpeó el rostro como un muro. Después de tantas horas bajo tierra, aquella libertad dolía. La hierba alta se movía en oleadas bajo el viento y el cielo abierto, limpio, inmenso, los hacía sentirse expuestos, desnudos, demasiado visibles.
—Campo abierto… —murmuró uno de los exploradores con la voz tensa.
La decisión fue instantánea: debían moverse hacia el bosque frondoso que se extendía al costado del claro. Allí, al menos, los árboles servirían de techo y de escudo.
Cuando dieron la señal, las máquinas comenzaron a salir por una rampa lateral que activaron junto a las escaleras. No era un ejército inmenso, pero sí una columna que imponía respeto.
A los flancos marchaban dos Rex-Sonic, depredadores metálicos de silueta primitiva, con motores rugiendo bajo la piel de acero.
No iban al frente; su función era proteger los costados y sembrar intimidación.
Detrás de ellos emergió la Iron-Tower, lenta y gigantesca, más torre ambulante que bestia de guerra.
Sus pasos hacían vibrar la tierra y nadie dudaba de que sería la última en caer si todo se venía abajo.
Los Fayne y los tres portadores viajaban juntos en una nave ligera, alargada y baja como un depredador construido para huir o matar con rapidez.
En el trayecto, Thoren rompió el silencio.
—¿Por qué estas bestias?
Maeryn mantuvo la vista fija en el bosque mientras respondía.
—En los túneles encontramos fragmentos de escritos muy antiguos, de una era perdida.
Hablaban de criaturas colosales, anteriores incluso al despertar de los titanes.
Eran cazadores, reyes de su tiempo. Las adoptamos no por estética, sino porque representan algo que entendimos demasiado tarde: el poder antiguo exige respeto.
Lo salvaje sobrevive cuando lo demás se derrumba.
Kael bajó la mirada, pensativo.
—Un recordatorio de que el pacto con los titanes aún significa algo.
El avance se volvió meticuloso. Nadie corría.
Nadie hablaba más de lo necesario. Los soldados abandonaban la cueva uno a uno mientras las máquinas levantaban un polvo que el viento dispersaba enseguida.
Cuando toda la columna quedó por fin bajo el cielo abierto, el bosque comenzó a tragárselos poco a poco.
La maleza cerró la luz sobre ellos. El mundo se transformó en un laberinto de hojas, sombras y ramas húmedas. El silencio era una orden estricta, aunque de vez en cuando el rugido lejano de los Rex-Sonic recordaba que no eran presa fácil.
Tras varios minutos de marcha, el aire cambió.
Los Fayne lo sintieron primero. Los portadores lo confirmaron después: habían cruzado el límite del campo electromagnético.
Kael cerró los ojos, buscando a Samvarg.
Thoren hizo lo mismo con Valgor.
Lira se quedó quieta, atenta, esperando sentir a Lume del otro lado del vacío.
No llegó nada.
Ni un eco.
Ni una chispa.
Kael abrió los ojos de golpe.
—No los siento…
La frase salió en un susurro helado.
—Esto no puede ser —añadió Lira, endureciendo el rostro.
La columna entera se detuvo. Los soldados intercambiaron miradas rápidas. Maeryn se acercó un paso.
—¿Qué significa eso?
Kael apretó una mano contra su pecho.
—Samvarg y Valgor deberían estar conmigo. Fuera del campo el vínculo tendría que volver de inmediato. Pero no hay nada… como si no existieran.
La inquietud se extendió por el grupo como una corriente helada. El bosque dejó de sentirse como refugio y pasó a parecer una trampa verde, viva, expectante.
Entonces se escuchó.
Primero un crujido, ramas partiéndose bajo un peso que nadie veía.
Luego pasos suaves, demasiados, moviéndose al mismo tiempo.
Después, un silbido breve que viajó con el viento. No sonaba a ave. No sonaba a máquina. Sonaba a lenguaje.
Todos levantaron las armas.
Los Nympha subieron en círculos, rastreando copas y sombras, pero no devolvieron nada útil. Solo ramas agitándose con demasiada violencia para ser obra del viento. Los Rex-Sonic giraron la cabeza de un lado a otro; sus sensores estaban activos, pero no fijaban blanco.
No veían a nadie.
Y, aun así, todos sentían lo mismo: estaban rodeados.
El primer destello llegó desde la maleza. Dos ojos dorados brillaron un instante entre las hojas.
Caldren alzó una mano.
—No bajen la guardia.
Los soldados formaron un círculo apretado, ballestas tensas y lanzas listas. Las bestias mecánicas vibraban bajo la luna con los ojos rojos encendidos como brasas. Nadie hablaba, pero la ansiedad se oía en cada respiración contenida.
Los ruidos continuaron.
Crujidos sobre las ramas.
Pasos ligeros que parecían multiplicarse.
Sombras demasiado rápidas para seguirlas con la vista.
Y otra vez aquel silbido grave, como un canto tribal que se repetía desde distintos puntos del bosque.
—Nos rodean… —susurró uno de los soldados.
—Mantengan posiciones —ordenó Caldren, firme, sin levantar la voz—. Y no pierdan la calma.
La oscuridad parecía llena de ojos.
De pronto, una voz grave y profunda se alzó desde la espesura.
—¿Quiénes caminan bajo la sombra del pacto?
El silencio se volvió todavía más pesado.
Caldren avanzó un paso.
—Somos viajeros, no enemigos. Buscamos pasar por estas tierras.
La respuesta tardó en llegar, y cuando llegó lo hizo desde otro punto del bosque.
—No son pasos de viajeros. Son pasos de guerra.
La tensión se tensó como un arco al límite.
Entonces ocurrió.
Uno de los soldados de la Alianza, incapaz de soportar más la presión de aquel asedio invisible, disparó por puro nervio. La flecha silbó en la oscuridad… y se detuvo con un chasquido seco.
El bosque entero enmudeció.
Todos se prepararon para lo peor. Kael, Thoren y Lira convocaron sus poderes con cautela, apenas lo justo para responder si era necesario.
Entonces algo cayó de entre las ramas altas.
Primero fueron los ojos dorados.
Luego la silueta enderezándose bajo la luna.
Y al fin la forma completa.
Un ocelote humanoide.
Su cuerpo, de casi cuatro metros de altura, era musculoso y elegante a la vez, cubierto por un pelaje moteado que brillaba bajo la luz plateada.
Sobre la espalda y los hombros llevaba plumas verdes y azules mezcladas con collares de hueso, jade y piedra tallada.
En la mano derecha sostenía la flecha disparada.
La alzó despacio… y la partió en dos con un simple gesto.
El sonido seco del quiebre retumbó como un trueno.
Los guerreros de la Alianza levantaron más las armas. Los Fayne no retrocedieron, pero tampoco atacaron. Kael y Thoren se colocaron hombro con hombro frente a Lira.
El ocelote dio un paso al frente.
Su postura era la de un rey en territorio propio.
—Ustedes caminan con pasos ajenos… pero llevan el eco de los Primordiales.
Nadie respondió de inmediato.
Caldren mantuvo el arma baja, aunque lista.
—No buscamos guerra. Solo respuestas.
El felino inclinó apenas la cabeza, como si probara el sabor de esas palabras.
—Las respuestas no se entregan. Se ganan.
Kael avanzó medio paso. La desesperación le quebró apenas la voz.
—Nuestros titanes… ¿dónde están? ¿Por qué no los sentimos?
Los ojos del ocelote se clavaron en él con una quietud insoportable.
—Nuestro campo los protege —dijo al fin—. A ustedes… y a ellos.
Thoren apretó los puños.
—¿Pero siguen con vida?
El felino inclinó la cabeza una sola vez.
—El vínculo no muere. Solo se oculta.