El último tramo #2
La frase cayó sobre Kael y Thoren como un respiro después del ahogo.
Otro ocelote habló desde la sombra de un árbol cercano.
—Los Primordiales esperan. Más allá de la frontera del campo.
Maeryn se atrevió a preguntar:
—¿Por qué ayudarnos?
El primer ocelote alzó la mano, mostrando las astillas de la flecha rota entre sus garras.
—No ayudamos. No seguimos. Solo guiamos a quienes comparten el vínculo.
Los Fayne entendieron enseguida. No se trataba de un pacto. Ni de una alianza. Era algo más antiguo y menos negociable: un cruce de caminos que existía con ellos o sin ellos.
Kael dio un paso más.
—Entonces guíennos. Déjennos verlos otra vez.
Un murmullo recorrió el bosque, como si docenas de gargantas felinas pronunciaran el mismo juicio entre las hojas.
Finalmente, el ocelote líder se volvió y señaló con su lanza hacia la espesura.
—Sigan nuestras huellas. Hasta los Portadores del Mundo.
Comenzaron a avanzar juntos.
Uno a uno, los ocelotes descendieron de los árboles y dejaron de ser sombras.
Sus cuerpos iban adornados con collares de jade, obsidiana y hueso tallado.
Portaban lanzas de piedra negra, cuchillos curvos y escudos de madera reforzada con madera caoba.
No había torpeza en sus movimientos; caminaban con una seguridad silenciosa, como criaturas nacidas del bosque y no simplemente habitantes de él.
Caldren alzó la voz para tranquilizar a los suyos.
—Mantengan la calma. No son enemigos… eso espero.
La columna siguió avanzando entre ellos, con la hierba húmeda crujiendo bajo las botas y el eco de rugidos lejanos guiándolos hacia algo que ninguno alcanzaba a comprender del todo.
Durante el trayecto, Kael rompió el silencio.
—¿Por qué son así? —preguntó al ocelote que lideraba la escolta—. ¿Por qué pueden hablar, pensar… como nosotros? En nuestros libros no existe nada sobre ustedes.
El felino lo miró de reojo. Sus pupilas se estrecharon.
—Porque sus libros callan más de lo que cuentan. Los humanos escriben lo que desean recordar… y entierran lo que les asusta.
Thoren intervino, con cautela.
—¿Entonces evolucionaron después de que la humanidad se ocultó?
El ocelote asintió.
—Pasaron siglos. Nosotros volvimos a nuestras raíces. Aprendimos a cazar, a forjar, a construir. Como ustedes alguna vez hicieron. No todas las bestias lo lograron. Algunas se perdieron en el hambre y la sangre. Nosotros recordamos el orden.
No añadió nada más.
Y, sin embargo, bastó.
Después de caminar varios minutos, el bosque se abrió hacia una explanada custodiada por estructuras colosales, casi invisibles bajo la espesura.
No eran templos ni fortalezas, sino bloques de metal y piedra abrazados por raíces y musgo, como si un antiguo búnker hubiera decidido dejarse devorar por la selva sin desaparecer del todo.
El ocelote principal levantó la mano.
—Aquí descansan sus Primordiales. Fuera del alcance de Aerothis. Nadie puede rastrearlos. Nadie puede arrebatarlos.
El claro estaba iluminado por antorchas verdes que parecían brotar de las raíces mismas.
Allí los esperaban otros seres: altos, esbeltos, vestidos con plumas largas de verde esmeralda y azul celeste, adornados con oro envejecido y turquesa.
Sus rostros eran serenos, sus ojos profundos.
No portaban armas de guerra, sino bastones de cristal y obsidiana.
Quetzales humanoides.
Los ocelotes avanzaron primero. Hubo un intercambio de palabras rápidas en lenguas antiguas, sonoras como tambores lejanos. Los humanos no entendieron nada, pero sí el peso de cada gesto.
Respeto.
Jerarquía.
Acuerdo.
Finalmente, el ocelote líder se volvió hacia Kael y Thoren.
—Ya pueden pasar. Nuestros Primordiales los esperan.
Kael bajó la mirada un instante.
—Los libros nunca dijeron nada de esto… ¿cuántas verdades más nos negaron?
El ocelote giró la lanza hacia el claro.
—No importa lo que escriban sus libros. Importa lo que hagan sus pasos.
Y entonces los portadores cruzaron.
Lira fue la primera en verlo.
Su corazón dio un vuelco. Avanzó con pasos rápidos, casi tropezando, mientras sus padres corrían con ella. Entre los muros vivos del refugio, una silueta luminosa emergió de la penumbra.
Lume.
El titán irradiaba una luz suave, cálida, como si llevara un amanecer atrapado en el pecho.
—Lume… —susurró ella, y las lágrimas le resbalaron sin resistencia.
El titán se inclinó. Su resplandor la envolvió como un abrazo largamente contenido. Lira levantó una mano temblorosa y sintió ese calor atravesarle la piel.
Kael y Thoren siguieron adelante hacia sus propios titanes. Samvarg y Valgor inclinaron la cabeza en una reverencia silenciosa de hermandad. Los dos portadores comenzaron a rodearlos, examinando el estado de sus cuerpos.
La mejoría era evidente.
Pero las heridas seguían ahí.
Grietas heladas en el pelaje cristalino del lobo. Hendiduras abiertas en las placas rocosas del bisonte. Hielo y piedra todavía manchados por una sangre elemental que no pertenecía al mundo de los hombres.
Lira lo vio todo con claridad.
Y el aire se le partió en el pecho.
—No… —susurró.
Corrió hacia ellos. Samvarg bajó la cabeza, como si entendiera de inmediato por qué lo miraba así. Valgor permaneció erguido, pero sus ojos, de magma apagado y roca cansada, la siguieron con una gravedad inmensa.
Lira se aferró al pelaje agrietado del lobo y lo abrazó con fuerza, hundiendo el rostro entre los cristales helados.
—¿Qué les hicieron? —sollozó—. ¿Por qué están así?
Kael le apoyó una mano en el hombro.
—Fue el campo. Aerothis los corrompió. Los obligó a pelear entre ellos.
Thoren añadió, con la mirada fija en Valgor:
—No fue culpa suya. Ni nuestra. Fue ese maldito campo.
Pero eso solo la desgarró más.
Se volvió hacia los titanes, temblando.
—No voy a permitir que se queden así. No voy a perderlos también.
Samvarg y Valgor intercambiaron una mirada. Luego sus voces resonaron en las mentes de todos.
«Hija de la naturaleza… nuestras heridas son profundas. Lume y nuestros anfitriones han hecho cuanto han podido. Hasta para Lume esto ha sido agotador. Sanaremos con el tiempo. No te arriesgues.»
Valgor inclinó los cuernos lentamente.
«Tu cuerpo aún se recupera. Si insistes, te quebrarás.»
Lira negó con vehemencia.
—Prefiero quebrarme yo antes que verlos sangrar.
La luz brotó de sus manos.
Verde.
Viva.
Ardiendo como raíces que despertaban después de un invierno demasiado largo.
Lume apareció junto a ella, irradiando pulsos de esmeralda. Entre ambos tejieron un manto de energía que comenzó a cubrir las heridas del lobo y del bisonte.
Kael dio un paso, queriendo detenerla, pero la determinación en el rostro de Lira lo obligó a quedarse quieto. Thoren apretó los puños, atrapado entre el orgullo y el miedo.
Caldren observó la escena con asombro.
Algo en su rostro, endurecido por demasiadas batallas, cedió. Los tatuajes tribales de sus brazos se encendieron con un fulgor verde que parecía olvidado. Dio un paso al frente y extendió la mano.
—No cargarás sola con esto.
Su energía se unió a la de Lira.
Maeryn lo vio… y también avanzó, solo como apoyo, ya que no tenía el mismo don.
Luego otro más.
Y otro.
Uno a uno, portadores de la Alianza que llevaban años dejando dormir su don bajo el peso de la guerra cerraron los ojos y lo llamaron de nuevo. Al principio fueron apenas chispas débiles. Después, un coro de raíces, ramas, savia y luz comenzó a envolver a los titanes.
Los ocelotes observaron en silencio.
Los quetzales inclinaron la cabeza.
Samvarg exhaló un soplo de aire helado. Las grietas de su pelaje comenzaron a cerrarse lentamente con un crujido de escarcha viva. Las placas de Valgor dejaron de sangrar magma y la roca volvió a solidificarse.
Lira se tambaleó hacia atrás.
Kael y Thoren la sostuvieron antes de que cayera.
Aun así, entre el cansancio y las lágrimas, ella sonreía.
Entonces las voces de los titanes se alzaron al unísono.
«Deténganse. Han hecho más de lo que pedíamos. Nos devolvieron la calma.»
Caldren bajó las manos, jadeando. Los demás hicieron lo mismo, sudando, respirando con esfuerzo.
Valgor inclinó la cabeza.
«Este acto será recordado. No por las armas. Por la unión.»
Samvarg cerró los ojos con solemnidad.
«Las guerras pueden consumirlo todo. Pero hoy nos recordaron que también se puede sanar.»
Un silencio reverente cubrió la explanada.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Solo quedó la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, no estaban divididos.
En medio de todos, Lira apoyó la frente contra el pecho de Kael mientras Thoren se mantenía a su lado y Lume emitía pulsos suaves de luz, ya tranquilos.
Los titanes no estaban curados del todo.
Pero habían dejado de romperse.
Y eso bastaba.
Entonces aparecieron más quetzales.
Descendieron desde la penumbra del claro con plumajes iridiscentes que reflejaban la luz de la luna en tonos verdes y turquesa. Vestían túnicas ligeras de fibras naturales, adornadas con jade, oro viejo y obsidiana. Sus movimientos eran fluidos, serenos, medidos hasta en el menor gesto.
Uno de ellos habló con una voz clara, musical.
—Este lugar no pertenece a la guerra de los hombres. Por ley resguardamos a los Portadores del Mundo y a sus titanes. Preservamos. No alzaremos armas contra Aerothis… salvo que los Primordiales lo exijan.
El ocelote líder añadió, mirando a humanos y titanes por igual:
—Pero mientras respiren aquí, estarán a salvo. Nadie tocará este lugar.
Samvarg y Valgor respondieron con un silencio cargado de aceptación. Lume emitió un pulso de luz agradecida que iluminó a todos.
Caldren dio un paso al frente.
—Hablan con sabiduría. Les damos las gracias en nombre de los nuestros.
El quetzal mayor asintió.
—Entonces prepárense. Esta noche se encenderán los fuegos. Habrá cantos y comida. Un festín en honor a la llegada de los portadores… y de los Primordiales.
A lo lejos, una a una, comenzaron a encenderse las antorchas.
Como si el bosque entero despertara para recibirlos.