El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El despertar del fuego
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El despertar del fuego

La luna se filtraba entre las copas altas del bosque en haces plateados que apenas alcanzaban la entrada de la cueva. El aire olía a tierra húmeda y corteza podrida, mezclado con el hierro de su propia sangre.

Rykan abrió los ojos con un quejido.

Cada músculo ardía como si tuviera brasas enterradas bajo la piel. Las hojas curativas que había pegado sobre sus heridas estaban rotas y empapadas; la fiebre había vencido cualquier intento de sanar.

Entonces lo escuchó.

Primero fue un crujido profundo, lento, como árboles partiéndose bajo un peso imposible. Después llegó un resoplido húmedo cargado de vapor caliente. Las pisadas que siguieron no solo golpeaban el suelo: lo hacían vibrar.

La tierra parecía dudar en sostenerlas.

Rykan se incorporó con dificultad, apoyando el antebrazo contra la roca áspera de la cueva.

Alzó la mirada.

La oscuridad le devolvió ojos.

Uno.

Luego otro.

Brillaban entre la niebla baja como carbones encendidos.

Lo estaban rodeando.

Del follaje emergieron las primeras siluetas.

Reptiles alargados, casi tres metros de largo, con cuerpos bajos y musculosos.

Sus escamas negras absorbían la luz y sus mandíbulas se abrían en filas interminables de dientes irregulares.

De sus fauces caía una saliva luminosa que chisporroteaba al tocar el suelo.

Cada respiración dejaba una estela verdosa en el aire, como un aliento venenoso que marcaba territorio.

Más atrás aparecieron los felinos.

Gigantes, desnudos de pelaje, con piel rojiza cubierta por placas escamosas que se tensaban sobre músculos fibrosos.

Caminaban agazapados, con una elegancia antinatural.

Sus colmillos, demasiado largos para su mandíbula, se curvaban hacia atrás mientras un veneno fosforescente goteaba lentamente de sus fauces.

Sus colas se balanceaban con calma.

Medían distancias.

Calculaban el salto.

No eran animales comunes. Eran recuerdos antiguos del bosque.

Criaturas que habían aprendido a cazar cuando el mundo aún no tenía nombre.

Una jauría. Una manada hambrienta.

Y él era la presa.

Rykan escupió sangre. El sabor metálico le llenó la boca.

Se puso de pie tambaleando.

El cuerpo entero le gritaba que se quedara en el suelo, que dejara que la oscuridad lo reclamara.

Pero no lo haría.

—No… —murmuró con voz rota—. No terminaré aquí.

Las criaturas comenzaron a moverse.

El primero saltó sobre él.

Rykan cayó de espaldas mientras las garras le abrían el hombro. Rodó por el suelo, lanzó un golpe desesperado contra el hocico del animal y logró apartarlo, pero otro lo embistió desde el costado y lo lanzó contra la pared de roca.

Su espalda crujió al impactar.

Cayó de rodillas.

Los gruñidos lo rodeaban.

Las voces también.

Las voces de su infancia.

“Eres débil.”

“Aunque seas hijo del jefe, no tienes la batalla ganada.”

“El débil perece.”

Palabras de instructores.

Palabras de su padre.

Palabras de toda una vida enterrada bajo ceniza.

Se obligó a levantarse otra vez. La sangre corría por su brazo.

Miró a las criaturas que lo rodeaban y por un instante dejó de ver bestias.

Vio enemigos.

Su padre Draavos, con su mirada de hierro.

Ignelion alejándose sin mirar atrás.

Kael, con esa calma fría que parecía congelarlo todo.

Y Thoren.

El gigante de tierra aplastándolo contra el suelo, rompiéndolo frente a todos.

La rabia le encendió las venas.

Rykan levantó las manos temblorosas.

Intentó convocar el fuego.

Solo surgieron chispas.

Débiles. Ridículas.

Las criaturas volvieron a rodearlo.

Los felinos rugieron.

Sus fauces goteaban saliva espesa mientras se cerraban en círculo. Cinco… tal vez seis. Sus espinas dorsales chisporroteaban mientras observaban a su presa.

Un hombre herido.

Tambaleante.

Apenas en pie.

Rykan se apoyó contra la pared de la cueva.

Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida.

—¿Creen que soy presa…?

Escupió sangre al suelo.

—No volverán a humillarme jamás.

La primera criatura saltó.

Fue tan rápida como un relámpago negro.

Rykan dio un paso al frente.

El fuego apareció. Como una explosión.

Su mano ardió de pronto, envuelta en llamas violentas. La hundió directamente en la garganta de la bestia. La criatura chilló mientras el fuego se expandía por dentro, consumiendo órganos y huesos hasta que su cráneo estalló en una nube de ceniza.

Otra criatura embistió por el costado.

Rykan giró sobre sí mismo. Su pierna se encendió y la patada que lanzó partió el torso del animal. Las entrañas se abrieron mientras el fuego las convertía en brasas.

La tercera bestia lo atrapó por la espalda.

Sus garras le rasgaron la carne.

Rykan rugió y su brazo se convirtió en una antorcha. Lo clavó en el pecho del animal. El fuego corrió por sus venas hasta que el cuerpo entero explotó en un halo de cenizas.

Otra criatura dudó. Retrocedió apenas.

Rykan avanzó.

La sujetó del cuello con ambas manos envueltas en fuego. La levantó en el aire mientras las llamas devoraban lentamente su carne y el animal pataleaba. La piel se derritió, el músculo se carbonizó, y los huesos cayeron al suelo convertidos en carbón quebradizo.

Las dos últimas atacaron juntas.

Rykan bajó la cabeza.

Sus ojos ardían como carbones vivos.

Corrió hacia la primera y la atravesó con una llamarada que la redujo a polvo ardiente. La segunda lo alcanzó y le mordió el brazo, desgarrando piel.

Rykan gritó.

De furia.

Sujetó al animal por la mandíbula y, con un esfuerzo brutal, abrió su cráneo mientras el fuego consumía sus entrañas.

La criatura cayó convertida en ceniza.

Todo ocurrió en segundos.

El silencio llegó después.

El bosque ardía.

Árboles convertidos en antorchas, ramas cayendo envueltas en fuego, la hierba negra reducida a polvo. Animales más pequeños huían entre las llamas mientras el incendio se extendía sin control.

El aire se volvió espeso, cargado de humo.

Rykan permaneció en pie en medio del caos.

Sangraba.

Estaba cubierto de hollín.

Pero no cayó.

No se arrodilló.

Levantó la mano.

En su palma giraba una esfera de fuego puro, viva como un pequeño sol. Su silueta parecía la de una criatura nacida de cenizas en el corazón de un infierno.

Sus ojos ardían.

Miró hacia la luna, apenas visible entre el humo.

Y habló con una voz ronca, cargada de odio y destino.

—Si el mundo quiere cenizas…

La esfera de fuego creció entre sus dedos.

—…yo se las daré.