El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El hijo del fuego
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El hijo del fuego

El sol ardía sobre las llanuras volcánicas, pero en la tribu Ignorrah nadie lo sentía como un regalo. Allí el calor no era vida: era castigo. La ceniza no era desecho, sino parte del alimento con el que endurecían el cuerpo y el espíritu.

Desde antes del amanecer, niños y jóvenes repetían movimientos con lanzas y espadas bajo la mirada vigilante de los instructores. Nadie hablaba más de lo necesario. El sonido dominante era el de las armas chocando y el de los cuerpos cayendo contra la tierra negra.

Rykan jadeaba.

Sus brazos estaban entumidos, las piernas temblaban. Aún no había despertado el don del fuego, y cada entrenamiento se encargaba de recordárselo. Un muchacho mayor lo embistió con el hombro y lo derribó sin esfuerzo. Cayó de espaldas, y la ceniza caliente se pegó a su piel sudorosa.

Una risa áspera recorrió el grupo.

No era alegría. Era la crueldad de quienes habían aprendido que sobrevivir significaba burlarse del que caía.

Rykan volvió a levantarse.

Siempre se levantaba.

La primera vez con dignidad. La segunda con esfuerzo. La tercera con apenas un hilo de voluntad. Y cada vez que lo hacía, la misma voz le martillaba la cabeza: no eres suficiente.

—¡Otra vez! —gritó uno de los instructores, golpeando el suelo con una vara de hierro.

El siguiente impacto lo derribó de costado. Su mejilla ardió contra la ceniza caliente mientras el aire se le escapaba del pecho.

Fue entonces cuando vio a una niña.

Era más pequeña que él. Un joven que casi le doblaba el tamaño la había arrojado al suelo con la lanza. Rodó entre la ceniza con el labio partido y un gemido ahogado.

Rykan reaccionó antes de pensar.

Corrió hacia ella y la ayudó a incorporarse.

—¡Déjala! —espetó, tratando de sostenerla.

La respuesta fue inmediata.

Uno de los jóvenes lo empujó por la espalda. Otro le clavó un rodillazo en el estómago. El aire desapareció de sus pulmones mientras lo tiraban de nuevo al suelo.

Los golpes llegaron entre carcajadas.

Lo arrastraron por la ceniza hasta que los instructores intervinieron. No para detenerlos.

Para hablar.

—El débil siempre perece —sentenció uno de ellos con una voz seca como la piedra volcánica—. Ni siquiera siendo hijo del jefe escaparás a esa verdad. Aquí no hay privilegios.

Clavó la vara en el suelo.

—Aquí el fuerte vive. El débil muere.

Rykan quedó tendido, jadeante, con la ceniza mezclándose con su sangre. El entrenamiento terminó poco después, entre sermones duros y miradas de desprecio. Los jóvenes se marcharon erguidos, orgullosos de haber sobrevivido a otro día.

Él se quedó unos segundos más en el suelo.

Miró a la niña que había intentado ayudar. Esperó, aunque fuera, una chispa de gratitud. Algo que justificara el golpe recibido.

Pero cuando sus ojos se encontraron, la niña le devolvió una mirada fría.

No debiste ayudarme. Eres débil.

El mundo de Rykan se quebró un poco más.

Se levantó con esfuerzo y emprendió el camino a casa. A cada paso, el dolor en las costillas le recordaba la paliza, pero había algo peor que el dolor físico.

La voz dentro de su propia cabeza.

Eres débil. Siempre lo serás.

Cuando llegó a su hogar esa tarde, arrastraba los pies. La ceniza se había pegado a la sangre seca de su mejilla y cada respiración le dolía.

Esperaba silencio.

En lugar de eso, escuchó voces.

Se detuvo antes de abrir la puerta.

—Esto no es lo que prometiste —decía su madre con una voz quebrada, pero llena de rabia—. Eran hombres y mujeres libres, Draavos. Tenían canciones, risas… futuro. Y ahora no son más que sombras encadenadas a tu ambición.

—¡Calla, Elrya! —rugió su padre.

La voz parecía surgir de las entrañas del volcán.

—El mundo no se gana con ternura. El poder es lo único que importa. Quien no lo entiende… muere.

Rykan apretó los puños.

Ese discurso lo había escuchado toda su vida: fuerza, dominio, fuego.

Abrió la puerta.

La escena lo golpeó como un martillazo.

Su madre, Elrya Teyr, estaba de pie con una maleta en la mano. Su rostro noble estaba agotado, como si llevara años cargando una guerra invisible. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

Su padre, Draavos Teyr, parecía una estatua tallada en lava negra. Alto, ancho, con la barba tiznada de humo y una mirada que ardía como carbón vivo.

Ambos se volvieron hacia Rykan al mismo tiempo.

El peso de la maleta no estaba en lo que llevaba dentro, sino en lo que significaba.

—Rykan… —susurró Elrya.

Extendió la mano hacia él.

—Nos vamos de aquí. Este lugar no es para un niño. No quiero que tu vida sea ceniza como todo lo demás. Ven conmigo. Ahora.

Rykan miró a su padre.

Draavos no dijo nada. No hacía falta.

La mirada bastó: firme, dura, la advertencia silenciosa de lo que ocurría con quienes desobedecían.

El corazón de Rykan golpeaba como un tambor.

El miedo lo oprimía.

Y aun así, lo que salió de su boca fueron palabras afiladas.

—¡No! —escupió, primero débil, luego con fuerza—. Esta es mi vida. ¡Mi honor está aquí! ¡Soy un guerrero, no un fugitivo!

Elrya se estremeció como si le hubieran atravesado el pecho.

Se acercó y lo abrazó con desesperación.

—No sabes lo que dices, hijo… —susurró—. Esto no es vida. Es una muerte lenta. No quiero perderte.

Rykan permaneció rígido.

Sus brazos no se movieron.

El olor a ceniza y lágrimas lo partía por dentro, pero el miedo a la mirada de su padre era más fuerte.

—Vete —murmuró.

Una sola palabra.

Una sentencia.

Elrya lo soltó.

Las lágrimas que había contenido finalmente recorrieron sus mejillas. Retrocedió tambaleante, como si aquel rechazo pesara más que cualquier otra herida.

Luego se dio la vuelta.

Rykan quiso detenerla. Quiso decirle que no se fuera.

Pero el miedo lo mantuvo inmóvil.

Elrya cruzó la puerta. Afuera la esperaba un pequeño grupo de hombres y mujeres dispuestos a huir. No miró atrás. Sabía que, si lo hacía, no podría marcharse.

Rykan observó cómo su figura se perdía entre la bruma roja del volcán.

A su lado, Draavos cruzó los brazos. Parecía satisfecho.

El silencio que quedó en la casa era más pesado que cualquier grito.

Rykan no dijo nada.

Solo apretó los dientes, tragó saliva con esfuerzo y dejó que el pensamiento que ardía en su pecho se clavara como hierro.

Nunca quise que te fueras…

Pero nunca te lo dije.