El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Cenizas Errantes
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Cenizas Errantes

El bosque callaba.

No era un silencio limpio, sino un murmullo contenido: hojas que apenas se rozaban entre sí, raíces hundidas en la tierra como si también ellas contuvieran la respiración, ramas inmóviles bajo una luz enferma.

En medio de esa quietud, Rykan avanzaba cojeando, apoyándose a ratos en los troncos, con el cuerpo cubierto por vendas improvisadas: hojas anchas adheridas con resina, tiras de tela chamuscada arrancadas de su propia armadura quemada.

Cada paso le abría el costado. Cada respiración le raspaba el pecho como un hierro al rojo.

Se detuvo junto a un arroyo estrecho.

El agua le devolvió un reflejo que no reconoció de inmediato.

No vio al guerrero orgulloso de la tribu del fuego ni al portador que había crecido bajo la promesa de la llama.

Vio a un espectro. La piel estaba marcada por quemaduras recientes, el pecho manchado de sangre seca y hollín, el cabello pegado por el sudor y la fiebre.

Su respiración salió en un gruñido bajo.

—Lo hice por ti… —murmuró, como si hablara con alguien arrodillado al otro lado del agua—. Te estaban drenando. Te arrancaban el alma.

Se inclinó y hundió los dedos temblorosos en la corriente.

—¡León estúpido! —rugió de pronto, golpeando la superficie hasta romper el reflejo—. ¡Te salvé y me dejaste aquí! ¡Me abandonas como todos!

El eco murió entre los árboles.

No hubo respuesta.

Solo el jadeo de su propio cuerpo, agotado y brutal, subiendo y bajando como si cada aliento fuera una disputa contra la muerte.

Rykan cayó de rodillas y clavó las uñas en la tierra húmeda. El barro se le metió entre los dedos. El dolor del costado seguía ahí, la fiebre le cocía el cuerpo desde adentro, pero ninguna de esas heridas era la peor. Lo que de verdad lo devoraba era el vacío.

—Malditos todos… —escupió entre dientes—. Kael. Thoren. Mi padre. Mi tribu.

Los nombres salieron como brasas rotas, pequeñas explosiones que apenas vivían antes de apagarse.

Cerró los ojos.

Y entonces volvió a verlo.

El rostro severo de su padre, curtido por el fuego y por años de desprecio, mirándolo desde arriba como se mira una herramienta defectuosa.

No eres digno de esta sangre.

El fuego en ti es débil, Rykan.

El recuerdo no llegó como una imagen, sino como un hierro candente hundiéndose de nuevo en el pecho.

Abrió los ojos con rabia.

Se obligó a ponerse de pie.

Al hacerlo, se arrancó sin querer una de las hojas curativas del brazo. La herida volvió a abrirse y la sangre fresca le resbaló por la piel. Ni siquiera la miró. El dolor, al menos, tenía una virtud: seguía siendo suyo. Y mientras pudiera sentirlo, todavía no estaba del todo acabado.

Avanzó otra vez entre los árboles, tambaleándose, arrastrando una pierna más que la otra.

—No fui yo quien lo destruyó… —murmuró entre jadeos.

La frase sonó débil al principio, casi como una excusa, pero luego ganó peso.

—No pude. Y tampoco quise.

Sus manos se cerraron en puños.

—Y aun así… en sus ojos soy el monstruo.

El sendero terminó abriéndose en un claro.

La luz del sol atravesaba las ramas altas en haces de cobre, manchando el suelo con reflejos rojizos.

Rykan se detuvo allí, con el pecho subiendo y bajando de manera irregular, mirando el horizonte como si esperara ver surgir de entre la niebla una forma conocida: el lomo de Ignelion, la melena de magma, el cuerpo inmenso abriéndose paso entre el humo como un faro vivo.

No apareció nada.

Solo distancia.

Solo vacío.

La soledad lo recibió como una segunda herida.

El viento sopló débilmente a través del claro. Rykan apretó los dientes hasta hacerse daño. Había sobrevivido a perderlas, al drenaje, a la furia de los titanes, al odio de los suyos, al juicio de su padre y al peso insoportable de seguir vivo después de arrasar todo lo que tocaba.

Y seguiría sobreviviendo.

Aunque fuera a golpes.

Aunque fuera solo.

Se arrancó la última venda de la frente y dejó que el aire frío le mordiera la piel abierta. La sensación fue limpia, casi honesta.

—Soy hijo del fuego… —dijo en voz baja, con una gravedad que ya no buscaba convencer a nadie—. Pero no soy su sombra.

El bosque respondió con un crujido lejano.

No sonó a consuelo.

Sonó a advertencia.

Como si el mundo hubiera escuchado su juramento… y ya estuviera preparando el precio.