Bajo tierra, donde aún respira la esperanza
Kael fue el segundo en acercarse. Habló en voz baja, como si temiera quebrar el equilibrio frágil que sostenía a todos en pie.
—¿Cómo te sientes?
Lira levantó la mirada. Seguía pálida, pero en sus ojos había una firmeza que no se parecía en nada a la debilidad de su cuerpo.
—Estoy bien… —respondió con una leve sonrisa cansada—. Mejor de lo que parezco. No quiero ser una carga.
Thoren frunció el ceño, aunque no dijo nada. Simplemente la sostuvo con más cuidado. Lira se apoyó en él y dio unos pasos con esfuerzo. Su respiración era pesada, pero se mantenía erguida, como si el orgullo le prohibiera ceder ante la fragilidad.
Caldren observó la escena y asintió con decisión.
—Puede caminar. Eso basta. Debemos movernos ya.
La prisa que siguió fue silenciosa y disciplinada. Cada uno tomó lo que podía cargar: armas, herramientas, provisiones. Fragmentos de metal útiles, piezas recuperables, todo aquello que pudiera servir más adelante. Lo demás quedó atrás. No había espacio para recuerdos ni para lujos.
—Sean prácticos —ordenó Maeryn con firmeza—. Si algo estorba más de lo que ayuda, se queda.
Cuando todos estuvieron listos, los Fayne dieron la señal.
Los soldados activaron las cargas que ya habían colocado en puntos estratégicos del refugio años atrás: columnas debilitadas, soportes corroídos, bóvedas agrietadas por años de humedad.
Las bombas fueron cebadas con manos firmes y rostros tensos.
Cada chispa encendida parecía otro clavo en el ataúd de aquel lugar que durante tanto tiempo había sido refugio.
Las máquinas fueron preparadas en silencio.
—Bestias listas —anunció uno de los emisarios por el comunicador—. Abriremos camino.
Las criaturas mecánicas respondieron con gruñidos metálicos.
Velociraptores de acero, ágiles y veloces, cubiertos de placas de cobre oscurecido por el uso.
Sus ojos ardían como carbones encendidos, y sus colas articuladas golpeaban el aire con impaciencia.
Entre ellos destacaban Veynar, el Colmillo Rojo, y Thryss, la Sombra Rápida, máquinas curtidas por incontables salidas de combate.
Los jinetes montaron sobre sus lomos con la naturalidad de quienes ya habían sobrevivido demasiado juntos.
La columna comenzó a avanzar.
Solo cuando estuvieron a una distancia segura llegaron las explosiones.
El estruendo recorrió la tierra como un trueno enterrado. Uno tras otro, los túneles colapsaron detrás de ellos. Las bóvedas se hundieron, las columnas cedieron y el refugio quedó sellado bajo toneladas de roca.
El eco de las detonaciones se prolongó durante largos segundos, apagándose poco a poco hasta convertirse en un murmullo lejano.
Era el sonido de un entierro.
Kael no pudo evitar mirar atrás. El aire tenía un sabor metálico, como hierro y ceniza mezclados. Thoren, en cambio, no se volvió. Su mano seguía firme sobre el hombro de Lira, recordándole sin palabras que el único camino posible ahora era hacia adelante.
La columna continuó descendiendo por las galerías subterráneas.
Las luces montadas en los cascos de las máquinas proyectaban sombras largas sobre los muros húmedos, creando la ilusión de que un ejército de espectros caminaba junto a ellos.
Algunas monturas eran veloces y delgadas como depredadores, con mandíbulas de acero y motores nerviosos.
Otras eran más grandes, pesadas y blindadas, saurios mecánicos capaces de transportar varios pasajeros sobre plataformas reforzadas con placas remendadas.
Cada engranaje visible, cada soldadura irregular, hablaba de años de resistencia construida a partir de restos robados a Aerothis.
Lira viajaba en uno de esos transportes grandes, recostada sobre una litera improvisada.
Su respiración seguía débil, pero estable.
El agua, el descanso y el movimiento constante habían devuelto algo de vida a su rostro.
Aún parecía frágil, como si un soplo demasiado fuerte pudiera quebrarla, pero sus ojos permanecían abiertos, atentos.
Caldren estaba de pie junto a ella, rígido como una estatua.
Maeryn, en cambio, le sostenía la mano.
Durante varios minutos nadie habló. Fue Maeryn quien lo hizo.
—Pensamos que te habíamos perdido.
No adornó la frase.
—Ese día… lo vimos todo. El veneno lo devoró todo. Creímos que no quedaba nada que enterrar.
El zumbido constante del motor llenó el espacio que dejó su voz.
Caldren se inclinó ligeramente.
Lira asintió apenas.
—Lo vi… —murmuró—. Caminamos por ese lugar. El aire raspaba la garganta.
Cerró los ojos un instante.
—Sentí que ya había estado ahí antes. Como si alguien me tomara de la mano y me dijera que todo iba a estar bien. Pero no recuerdo su rostro. Solo la voz… muy lejos.
Maeryn apartó con cuidado un mechón de su frente.
—Nosotros no estuvimos —dijo con un peso imposible de ocultar—. Aquella mañana teníamos una extracción. Personas que la Alianza había marcado para sacar de la Ciudadela. Nos dividimos… y cuando regresábamos, la tormenta ya había comenzado.
Respiró hondo.
—Te buscamos después. En cada rincón. Pero no encontramos nada.
Caldren apoyó la mano sobre el borde de la litera con fuerza.
—Es algo que me repito cada noche —dijo—. No estuvimos. Y no sé si alguna vez dejaré de repetirlo.
Lira lo miró directamente.
—Estoy aquí.
Se incorporó un poco, con esfuerzo.
—Estoy aquí porque ellos me encontraron.
Sus ojos se movieron hacia Kael y Thoren.
—Si no fuera por ustedes… no estaría viva.
Caldren inclinó la cabeza con respeto.
—Entonces les debemos la vida de nuestra hija.
Maeryn añadió con voz más suave:
—Gracias.
Kael se removió incómodo.
—No hicimos nada que ustedes no hubieran hecho —respondió.
La frase quedó incompleta, atrapada en el lugar donde vive la culpa.
Thoren sostuvo la mirada de Caldren durante un segundo y asintió con brevedad, como dos combatientes que se reconocen en la misma línea de guerra. Después volvió a acomodar la capa sobre los hombros de Lira.
Ella apoyó la mano sobre su muñeca un instante.
—Quisiera recordar todo —confesó—. Para explicar quién me ayudó aquel día. Para entender cómo escapé. Pero solo tengo sombras.
Se mordió el labio.
—Cuando cruzamos el Sendero, uno de los bordes se iluminó. Alguien me ayudó. Alguien que sabía abrir puertas que no deberían abrirse… pero no puedo ver su rostro.
Caldren intercambió una mirada con Maeryn.
—Perdimos a muchos ese día —dijo finalmente—. Y a otros los perdimos mucho antes, aunque siguieran caminando a nuestro lado.
No añadió nombres.
No hizo falta.
El vehículo se sacudió al tomar una curva cerrada. Los remaches protestaron mientras el túnel se abría hacia una galería más amplia. Por la radio interna llegaron órdenes breves.
«Ajustar luces.»
«Galería sin cartografiar.»
«Mantener formación.»
—Cuando podamos —dijo Maeryn con suavidad— quiero que me cuentes lo que recuerdes. No para herirte… sino para que no tengas que cargarlo sola.
—Gracias —respondió Lira.
El convoy ascendía cada vez más.
Las ruedas dentadas mordían la roca mientras los túneles se abrían hacia regiones desconocidas. Un explorador informó por el comunicador que el mapa dejaba de coincidir con las vetas antiguas. Estaban entrando en territorio sin cartografía.
—Por abajo no nos verán —dijo una voz desde la cabina—. Por abajo llegaremos más cerca.
Lira respiró hondo.
—Cuando lleguemos… quiero enfrentar lo que venga. No quiero que vuelvan a usarme como arma.
Miró a todos.
—Si hay que subir… subiremos juntos.
Una sonrisa quebrada apareció en el rostro de Maeryn.
—No eres una carga —dijo—. Eres la razón por la que seguimos moviéndonos.
Caldren se enderezó.
—Si alguien organizó el Sendero, también organizó la desaparición de una niña. Eso no se improvisa. Alguien trabaja detrás de todo esto.
Su voz bajó.
—Y lo encontraremos.
Kael levantó la mirada.
—Y cuando lo hagamos… no quedará piedra sobre piedra.
Las luces delanteras parpadearon al entrar en una cámara enorme. El techo estaba cubierto de minerales que devolvían destellos como un cielo de estrellas apagadas. El convoy cruzó lentamente un puente reforzado de madera y hierro que crujió bajo el peso de las máquinas.
Pero resistió.
Atrás, muy atrás, el refugio destruido ya era solo un recuerdo enterrado bajo toneladas de roca.
Durante un rato nadie habló.
No era el silencio del miedo ni el de la derrota.
Era otra cosa.
Una calma frágil.
La primera respiración profunda después de salir a la superficie.
Allí abajo, bajo kilómetros de tierra olvidada por el mundo, la esperanza seguía respirando.