El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Hermanos de armas
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Hermanos de armas

El eco de las últimas transmisiones seguía golpeando las paredes de la sala como martillazos invisibles. Nadie hablaba. Solo se oían respiraciones tensas, el roce de botas inquietas sobre la piedra húmeda y el chisporroteo irregular de las radios aún encendidas.

Kael mantenía la cabeza baja sobre la mesa. Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos habían perdido el color. El temblor que recorría su cuerpo no venía del frío del túnel, sino de algo más profundo: impotencia.

—Escucharlos… y no poder hacer nada… —murmuró al fin, con la voz quebrada.

Thoren no respondió. Permanecía sentado contra la pared, los hombros rígidos, el rostro duro como una escultura.

No había gritado ni golpeado nada, pero la tensión de su mandíbula parecía capaz de partir una piedra.

Sus manos descansaban sobre las rodillas, marcadas por pequeñas heridas donde las uñas habían rasgado la piel.

Caldren observó a sus hombres.

Algunos mantenían la mirada fija en el suelo. Otros respiraban rápido, como si el aire del refugio se hubiera vuelto demasiado pesado. Nadie encontraba palabras. Nadie quería ser el primero en admitir que el enemigo estaba cerrando el cerco.

Entonces una figura se abrió paso entre la multitud.

Raeghan avanzó hasta el centro de la sala y dejó caer con violencia la culata de su lanza mecánica contra la roca. El golpe resonó como un trueno en el túnel.

—¡Basta!

Su voz llenó el lugar sin dejar espacio para réplica.

—¿Qué quieren hacer? ¿Quedarse aquí esperando a que nos encuentren? ¿Esconderse hasta que los drones atraviesen estas paredes como si fueran papel?

Nadie respondió.

Varios soldados bajaron aún más la cabeza.

Raeghan escupió a un lado con desprecio.

—Si prefieren morir como ratas, adelante. Pero yo voy a salir a buscar a los nuestros.

El silencio fue total.

Un soldado, joven y pálido, reunió el valor suficiente para hablar.

—Es suicidio… —dijo con la voz temblorosa—. No tenemos armas suficientes. Esas cosas nos destrozarán antes de llegar.

Raeghan avanzó un paso.

La sombra de su cuerpo cayó sobre el muchacho.

—Entonces ven conmigo —respondió con calma peligrosa—. Y si no peleas allá afuera… pelearás conmigo aquí mismo.

No era una amenaza vacía. En sus ojos había algo demasiado real para ignorarlo.

Los hombres se miraron entre sí. Uno levantó su arma oxidada. Luego otro. Después otro más.

Nadie quería enfrentarse a Raeghan.

Uno a uno, los soldados se cuadraron en silencio.

Entonces el túnel tembló.

Primero fue un rumor metálico, profundo y rítmico, como si la montaña misma estuviera rechinando los dientes en la oscuridad.

Luego aparecieron.

Seis siluetas emergieron de la penumbra con un movimiento bajo y ágil. Sus garras de acero raspaban la piedra, levantando chispas anaranjadas que iluminaban sus cuerpos por instantes. Sus ojos rojos no parpadeaban: brasas fijas clavadas en su presa.

Los primeros eran Veyriss.

Altos, musculosos, con placas reforzadas a lo largo del cuello y el pecho.

Sus cabezas alargadas terminaban en mandíbulas blindadas que vibraban con un zumbido interno constante.

Cuando uno de ellos abrió la boca, el sonido que salió no fue un rugido animal, sino el desgarramiento de metal bajo presión.

A su lado avanzaban los Drakthar.

Más pequeños. Más rápidos. Sus cuerpos parecían deslizarse entre las sombras del túnel, desapareciendo y reapareciendo con cada paso.

Las garras retráctiles se desplegaban con un chasquido seco y volvían a ocultarse, dejando surcos incandescentes en la piedra como si la roca fuera otra piel que pudiera abrirse.

Los últimos llegaron sin anunciarse.

Los Zyrnox no hacían ruido.

Sus motores estaban reducidos a un murmullo casi inexistente, y sus cabezas giraban con precisión quirúrgica, registrando cada movimiento, cada respiración, cada latido. No rugían ni amenazaban.

Cazaban.

Los soldados retrocedieron un paso por puro instinto.

No era miedo lo que recorría sus espaldas.

Era conocimiento.

Sabían que aquellas bestias no eran simples máquinas ni monturas obedientes. Eran armas vivas, depredadores diseñados para matar incluso a quienes no supieran dominarlos.

Exigían respeto.

Silencio.

Y sangre.

Entonces llegó el último.

El túnel se abrió para dejar paso a una silueta mayor.

Korrath, el Desgarrador Blanco.

El allosaurio metálico de Raeghan avanzó con pasos pesados que hacían vibrar la piedra.

Medía más de tres metros y medio de alto, y las placas lumínicas que recorrían su columna brillaban con una luz blanquecina, como brasas cubiertas por ceniza.

Sus mandíbulas se entreabrieron dejando escapar un gruñido bajo que resonó en el pecho de todos.

Raeghan montó sobre él con un movimiento fluido, como si la máquina y su jinete fueran un solo cuerpo.

Caldren avanzó para interceptarlo.

No hablaron al principio. Solo se miraron.

En ese silencio hubo más comprensión que en muchas palabras.

Ambos se sujetaron del antebrazo con fuerza.

Un gesto simple.

Un juramento antiguo.

—Veyr’ka tal nor —gruñó Raeghan en la lengua híbrida.

Caldren sostuvo su mirada.

—Khar ven drash.

Las palabras no necesitaban traducción.

Hasta el último golpe.

Ninguno retrocede.

Kael y Thoren observaron la escena en silencio. Por un instante se reconocieron en ese gesto: dos hombres que no eran hermanos por sangre, sino por la promesa que compartían.

Maeryn se acercó entonces.

Tocó el brazo de Raeghan con suavidad. Su expresión era firme, pero los ojos brillaban.

—Regresa con los tuyos —dijo—. O no regreses en absoluto.

Raeghan asintió una sola vez.

No necesitó más.

Hizo una señal.

Las bestias mecánicas respondieron con un rugido metálico que llenó el túnel. Los soldados montaron sobre ellas, algunos aún con el miedo dibujado en el rostro, pero ninguno retrocedió.

El estruendo de las criaturas se perdió poco a poco en la red de túneles mientras el grupo partía hacia la oscuridad.

La sala quedó envuelta en un silencio aún más pesado.

Caldren se volvió hacia la mesa.

—Mapas. Brújulas. Todo lo que tengamos. ¡Ahora!

Los hombres desplegaron pergaminos arrugados, instrumentos magnéticos que giraban erráticos bajo la influencia del campo. Las voces comenzaron a superponerse mientras intentaban trazar rutas, calcular distancias, imaginar salidas que no terminaran en un callejón de muerte.

Pero había más desesperación que claridad.

Kael se llevó las manos al rostro, intentando ordenar los pensamientos. Thoren cerró los ojos un instante, como si buscara respuestas en la oscuridad detrás de sus párpados.

El peso de la impotencia seguía aplastándolos.

Entonces una voz baja interrumpió el caos.

—Señor…

Un soldado señalaba hacia la entrada.

Todos siguieron su mirada.

En el marco de la puerta estaba Lira.

La capa de Kael cubría sus hombros, y su piel pálida resaltaba bajo la luz azulada de las lámparas. Caminaba con dificultad, cada paso parecía costarle un esfuerzo enorme, pero su postura seguía erguida.

Thoren fue el primero en reaccionar.

—Lira…

Corrió hacia ella y la sostuvo antes de que las piernas le fallaran. Lira se apoyó en él, respirando con dificultad. Cuando abrió la boca para hablar, toda la sala contuvo el aliento.

—Necesitamos… a nuestros titanes.

La frase cayó sobre la sala como un martillo.

Los mapas dejaron de crujir.

Las voces se apagaron.

Porque todos comprendieron de inmediato que ninguna brújula, ninguna máquina, ningún plan improvisado tenía el peso de esas palabras.

Y, aunque apenas podía mantenerse en pie, Lira había dicho la única verdad que quedaba.