Sombras que se apagan
La cámara de piedra se volvió insoportablemente estrecha.
No era que el espacio hubiera cambiado de tamaño; era la noticia la que había reducido el aire. El silencio pesaba tanto que hasta respirar parecía una falta. Caldren Fayne fue el primero en romperlo.
—Salgamos de aquí. Lira no debe escuchar esto.
La voz le salió seca, áspera, como si cada palabra hubiera tenido que abrirse paso entre piedras.
Kael y Thoren entendieron de inmediato. Lira estaba demasiado débil para cargar con otra herida, y ellos mismos apenas se sostenían en pie.
Salieron de la cámara sin mirar atrás, escoltados hacia la sala principal, donde el murmullo de las radios crepitaba como si varias gargantas rotas intentaran hablar al mismo tiempo.
El primer grito llegó sin aviso.
—¡Nos superan! ¡No alcanzan las balas! ¡Caen los muros! ¿Cómo es posi—!
La transmisión se cortó con un chasquido violento de estática. El eco de aquella voz quedó suspendido en la estancia, llenándolo todo con un vacío más brutal que el silencio.
Raeghan golpeó la pared con el puño. El sonido metálico del impacto se mezcló con el gruñido que escapó de su garganta. Caldren permaneció erguido, pero las manos, ocultas junto a los costados, le temblaban apenas.
Otra radio cobró vida.
—¡Drones! ¡Demasiados! ¡Las torretas no sirven! ¡Necesitamos—!
Un estruendo.
Un chillido de metal desgarrado.
Nada.
Thoren cerró el puño con tanta fuerza que los nudillos le crujieron.
La piel se abrió y un hilo de sangre le resbaló entre los dedos.
Kael respiraba de forma corta, irregular, sin poder apartar de la mente las imágenes que la voz no alcanzaba a completar: hombres atravesados por descargas azuladas, mujeres corriendo con niños en brazos antes de caer, refugios subterráneos convertidos en hornos de chispas y metralla.
No necesitaba ver nada.
Ya había visto suficiente en otras tierras para completar el resto.
Un soldado irrumpió en la sala con otra radio entre las manos.
—¡El punto norte también cayó! Están entrando por todos lados…
No terminó de hablar.
Una tercera frecuencia estalló al mismo tiempo.
—Aquí la colina este… ¡son más de los que jamás—!
Silencio.
El patrón empezó a repetirse con una crueldad insoportable. Las voces aparecían, gritaban, suplicaban, se quebraban. Luego nada. Después otra. Y otra.
Como un tambor funerario golpeando sobre la piedra.
Cada transmisión arrancaba algo.
—¡Basta! —rugió Kael de pronto, con los ojos encendidos—. ¡Tenemos que salir! ¡Tenemos que ayudarlos!
Raeghan se volvió hacia él con una furia que no necesitaba levantar más la voz.
—¿A qué? —espetó—. ¿A morir como ellos? Ni siquiera llegaríamos a tiempo.
Thoren lo miró con rabia contenida, pero no respondió. Sabía que tenía razón.
Y la razón, en aquel momento, era peor que el miedo.
La radio principal volvió a encenderse.
Esta vez no llegó un grito, sino una respiración agitada. Luego una voz baja, temblorosa, al borde de quebrarse.
—Estoy… estoy escondido…
Toda la sala contuvo el aire.
—No se han ido… se mueven muy rápido… solo veo rayos azules… no son drones…
Caldren se inclinó hacia el aparato, la mandíbula tensa.
—Resiste. ¿Qué ves exactamente?
Al otro lado se oyó un golpe. Algo arrastrándose. Un jadeo.
Y entonces habló otra voz.
No humana.
—¿Dónde están los Traidores del Cielo Blanco?
La frase cayó sobre la sala como una cuchilla helada. Era uno de los nombres que Aerothis usaba para señalar a los Fayne, a Raeghan y a todos los que se les hubieran unido. Pero lo peor no fue el apodo.
Fue la voz.
Fría.
Metálica.
Sin respiración.
No sonaba como un dron.
Sonaba como algo peor.
El hombre escondido soltó un gemido ahogado.
—Nunca… nunca te lo diría…
La voz volvió a hablar. Más cerca. Más nítida. Más cruel por su exactitud.
—¿Dónde está Kael? ¿Dónde está Thoren?
Los dos se miraron.
Por un instante, el mundo se detuvo.
Escuchar sus nombres en la boca de aquella transmisión fue como oír una sentencia ya escrita.
El hombre al otro lado sollozó.
—¿Quiénes?… no sé quiénes son… y aunque lo supiera, tampoco te lo di—
No terminó.
Lo interrumpió un estruendo de metal desgarrando piedra. Luego llegaron los gritos. No largos. No heroicos. Gritos cortos, rotos, arrancados como carne bajo hierro caliente. Después un golpe seco.
Y nada.
La radio quedó muda.
En la sala no habló nadie. Solo el chisporroteo de la estática ocupó el vacío. Una a una, las otras radios empezaron a apagarse también, como si alguien estuviera soplando estrellas desde el cielo.
Maeryn se llevó ambas manos a la cabeza, intentando contener algo más grande que el llanto. Raeghan apretó la empuñadura del arma hasta hacer rechinar el metal bajo sus dedos. Caldren cerró los ojos un segundo, apenas uno, y cuando volvió a abrirlos ya no había duda en su mirada.
—Ya no nos cazan a todos —murmuró.
Su voz era baja, pero más pesada que cualquier orden.
—Nos cazan a nosotros.
Kael sintió un frío antiguo recorrerle la espalda, como si la distancia no bastara para impedir que el eco de Samvarg le rozara los huesos. Thoren bajó la cabeza; por primera vez en mucho tiempo ya no parecía roca ni fuerza ni ira.
Solo un hombre entendiendo el tamaño del desastre.
Aerothis sabía sus nombres.
Y ahora que los sabía, no quedaba refugio lo bastante profundo como para seguir llamándolo escondite.