Las ruinas del plan
La luz azulada de las lámparas de cristal apenas alcanzaba a sostener la sala subterránea. El resplandor oscilaba con cada corriente de aire, como si incluso aquellas llamas temieran respirar demasiado hondo en un lugar donde el silencio pesaba más que la piedra.
Lira descansaba sobre un camastro improvisado, cubierta con mantas de lana áspera.
Su rostro seguía pálido, los labios aún resecos, pero ya no era la sombra quebrada que habían desatado en la celda.
Había bebido agua, había logrado comer un poco, y aunque el cuerpo seguía débil, sus ojos entreabiertos permanecían atentos a todo lo que se decía, como si temiera perder una sola pieza del mundo mientras intentaba volver a él.
Thoren estaba a su lado.
Había pasado la noche entera velándola, acomodándole la manta cuando un escalofrío la sacudía o sujetándole la mano cuando el sueño la agitaba con recuerdos que no alcanzaban a nombrarse.
No hablaba. No hacía falta. Su silencio era de esos que parecen muro, pero bastaba mirar la rigidez de sus hombros para entender la tormenta que llevaba dentro.
En el centro de la estancia, una mesa de piedra reunía a Kael con los Fayne y con Raeghan.
Kael mantenía los brazos cruzados y el rostro endurecido, todavía atravesado por la visión de Samvarg lanzándose contra él bajo el veneno del campo.
Frente a él, Caldren parecía tallado en hierro: inmóvil, firme, casi demasiado controlado para ser humano del todo.
Maeryn permanecía erguida a su lado. Había serenidad en su postura, pero no en los ojos.
Cada vez que miraba hacia Lira, algo en su expresión cedía apenas: un temblor mínimo, una pena contenida, el impulso evidente de acercarse y tomarle la mano, y la misma resistencia interna que le impedía hacerlo.
Raeghan, de pie junto a la mesa, golpeaba la piedra con un dedo metálico a intervalos regulares, como si necesitara oír algo sólido para no dejar que el silencio se lo tragara también.
Fue Maeryn quien habló primero.
—Perdimos a nuestra hija cuando apenas era una niña.
Su voz se mantuvo firme, aunque por debajo corría una grieta clara.
—Lo que vimos… lo que todos creímos… fue que murió en un accidente. Una catástrofe que arrasó con miles de vidas en un solo día.
Kael bajó la mirada. El recuerdo le golpeó de inmediato: el polvo metálico suspendido en el aire, la garganta arañada por cada respiro, los hologramas flotando sobre la ruina como si la mentira necesitara decorarse para ser creída. Ya había visto ese lugar. Ya lo había sentido pegado a la piel.
Caldren se inclinó ligeramente hacia adelante. Los tatuajes apagados sobre sus brazos parecían cicatrices enterradas.
—Con el tiempo descubrimos que no fue un accidente —dijo—. Y ahora esto… esto lo confirma. Fue algo fabricado. Una tormenta química. Una nube de muerte diseñada para erradicar sin dejar rastro.
Hizo una pausa breve antes de pronunciar el nombre.
—Lo llamamos el Sendero de los Cinco Soles.
El silencio cayó pesado e insoportable. Nadie habló durante un momento.
Raeghan apretó la mandíbula.
—Aerothis lo cubrió con ilusiones —continuó Caldren—. Proyectaron imágenes de armonía, de un futuro perfecto sobre los cielos. Prometieron paz mientras envenenaban la tierra.
Maeryn cerró los ojos apenas un instante. Cuando los abrió, ya había una lágrima deslizándose por su mejilla.
—“Suban con nosotros. Aquí habrá unidad. Los titanes volverán a ser hermanos.” —Repitió las palabras con una amargura que les quitaba toda luz—. Mentiras. Solo mentiras para cubrir una masacre.
Kael apretó los puños sobre la mesa.
—Nosotros vimos los hologramas —dijo—. El “Pacto de los Cielos”. El mismo discurso flotando sobre cadáveres.
Raeghan soltó un gruñido áspero.
—Lo han repetido por generaciones. Aerothis no sana nada. Lo corrompe todo y luego vende el veneno como si fuera orden.
Caldren retomó la palabra.
—Eso fue solo el principio. Aerothis crece con el dolor ajeno.
Cada año la isla flotante es más grande, sus máquinas son más precisas, sus celdas más profundas.
Antes lográbamos rescatar decenas. Ahora, si sacamos a unos pocos, ya lo consideramos una victoria.
Siempre con pérdidas. Siempre dejando algo atrás.
Su mirada se endureció aún más.
—Y cuando la Titán de la Naturaleza nos dio la espalda, empezamos a menguar de verdad. Desde entonces, cada año somos menos.
Kael alzó la vista.
—¿Entonces siguen infiltrándose ahí?
—Sí —respondió Maeryn—. Entramos, salimos, escondemos, robamos tiempo. Pero ya no alcanza.
Sus ojos grises se clavaron en él.
—Estos refugios no los construimos nosotros. Son túneles antiguos, excavados por quienes huyeron cuando los titanes despertaron por primera vez. Nosotros solo los encontramos. Los reparamos. Los convertimos en escondites. Y mientras existan… resistimos.
Raeghan se irguió un poco más antes de hablar.
—Pero no por mucho. Si Aerothis encuentra uno, los demás caerán detrás. Y cuando eso ocurra, no va a quedar dónde ocultarse.
La frase quedó suspendida sobre todos como una lápida.
Nadie respondió.
Desde el camastro, Lira se movió apenas. Thoren inclinó la cabeza hacia ella de inmediato, asegurándose de que siguiera tranquila antes de volver a prestar atención a la mesa. Ese pequeño gesto, casi invisible, le devolvió por un instante algo humano a la dureza del cuarto.
Entonces la radio empotrada en el muro crujió con una descarga de estática.
Todos giraron al mismo tiempo.
Una voz irrumpió entre el ruido metálico, áspera, ahogada, deformada por la interferencia.
—¡Señor! ¡Los drones nos encontraron! ¡Están sobre el grupo del sur, vienen hacia—!
La transmisión se partió en un chillido insoportable.
Después, nada.
Kael se puso de pie de golpe.
El pulso le golpeó con violencia en la garganta. Thoren cerró la mano alrededor de la de Lira, y ella abrió más los ojos, alerta, aunque el cuerpo todavía no pudiera seguir el miedo.
—No… —susurró Maeryn, llevándose una mano a la boca.
Raeghan maldijo y descargó el puño contra la mesa con tanta fuerza que la piedra crujió. El golpe hizo que Lira se estremeciera en el camastro. Caldren ya tenía la radio en la mano.
—¡Respondan! —ordenó, apretando el botón—. ¡Respondan! ¡Díganme su posición!
Solo regresó la estática.
Fría.
Sorda.
Definitiva.
Caldren bajó lentamente el aparato. Cuando levantó la vista, algo en él se había endurecido de forma irreversible.
Miró a cada uno de los presentes antes de hablar.
—Aerothis ya nos localizó. El sur está perdido.
La frase no sonó a miedo.
Sonó a cálculo.
A verdad.
—No tenemos más tiempo.
El aire de la sala se volvió más denso, casi imposible de respirar. El refugio, que hasta ese momento había podido fingir ser un respiro, dejó de parecer un santuario y mostró lo que realmente era: un blanco marcado bajo tierra.
Y todos lo entendieron al mismo tiempo.