El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El vuelo de la resistencia
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El vuelo de la resistencia

El bosque se abrió poco a poco en claros más amplios, como si la propia tierra hubiera cedido ante el paso de los gigantes.

Samvarg y Valgor avanzaban detrás del grupo, moviéndose entre los árboles con una mezcla de fuerza y cautela.

Cada paso hacía temblar el suelo y sacudía raíces enterradas desde hacía siglos.

El aire olía a resina, nieve húmeda y metal caliente: una mezcla imposible entre naturaleza viva y maquinaria desgastada por demasiadas guerras.

Caldren Fayne levantó la mano.

El gesto bastó para detener el movimiento de toda la columna.

—¡Dividámonos! —ordenó con voz firme—. Un grupo regresará a los refugios. Informen a todos y mantengan los canales abiertos.

Hizo una pausa breve antes de añadir:

—Y más importante… protejan a la muchacha. Es una orden.

Los guerreros no dudaron. Varias máquinas se separaron del grupo y giraron hacia el norte entre los árboles, desapareciendo rápidamente en la niebla del valle.

El resto permaneció allí: un núcleo pequeño pero sólido.

Los Fayne, Raeghan montada sobre su bestia, y los dos forasteros que apenas unos minutos antes habían dejado de ser prisioneros.

Caldren se giró hacia ellos.

—Ustedes, conmigo.

No era una invitación.

Kael vaciló apenas un instante y miró hacia Samvarg. El titán se mantenía erguido entre los árboles, su silueta recortada contra la nieve como un fragmento de montaña viva. Thoren apoyó una mano en su hombro.

—Subamos —dijo—. No es momento para discutir.

Corrieron hacia la nave que aguardaba a unos metros.

Era una máquina híbrida, pesada y tosca, diseñada más para resistir que para volar con elegancia.

Sus patas metálicas recordaban a las de un saurópodo gigantesco, reforzadas con placas de cobre y acero oscuro.

Sobre el lomo llevaba un casco blindado donde cabían varios pasajeros.

El motor rugía con un sonido grave y desigual, acompañado por chasquidos eléctricos que recordaban al gruñido de una criatura mecánica.

Cuando todos estuvieron dentro, la nave arrancó con un salto brusco que sacudió el suelo. Los árboles cercanos se inclinaron bajo la vibración.

Caldren y Maeryn permanecían erguidos en la plataforma central, como si aquel temblor no significara nada para ellos.

Fue Maeryn quien habló primero.

—Somos la Alianza.

Su voz era tranquila, pero tenía la dureza de un acero trabajado demasiadas veces en el fuego.

—Un conjunto de tribus, desertores y sobrevivientes. Para Aerothis somos traidores. Para nosotros… somos lo único que queda.

El emisario tradujo cada palabra, aunque no ocultó el respeto que le inspiraban.

Caldren continuó.

—Nuestro objetivo es derribar Aerothis. Pero nos falta algo esencial.

Su mirada recorrió a Kael y Thoren.

—Nuestra Titán de la Naturaleza. Thae’Lun.

El nombre quedó flotando entre ellos.

—Nos abandonó —dijo finalmente—. Y sin ella nuestra resistencia se vuelve más débil cada año.

Kael se inclinó hacia adelante.

—Nosotros convivimos con quienes escaparon de ese lugar —explicó—. Personas que lograron huir… gracias a ustedes.

Los Fayne se miraron de inmediato.

Una chispa de esperanza cruzó sus rostros.

—¿Siguen vivos? —preguntó Maeryn con urgencia—. ¿Sobrevivieron?

Kael sintió cómo las palabras se le quedaban atascadas en la garganta.

Thoren apartó la mirada.

El recuerdo regresó con brutal claridad: la huida desesperada, las llamas, los gritos ahogados por el humo, y la matanza que había seguido después.

—Ellos… —intentó decir Thoren.

Un crujido cortó la frase.

La radio del vehículo estalló en estática.

—¡Drones…! ¡De Aerothis…! ¡Nos encontraron!

El mensaje se quebró entre interferencias. Luego llegó un impacto seco, un ruido metálico que atravesó la transmisión.

Y después… silencio.

Dentro de la nave nadie habló.

El valle entero pareció contener el aliento.

No pasaron más de unos minutos antes de que la niebla comenzara a agitarse.

Primero fue apenas un temblor en el aire, como si algo invisible se moviera detrás del velo de bruma. Luego aparecieron los destellos rojos: puntos intermitentes que perforaban la niebla con una precisión inquietante.

Drones.

Tres al principio.

Se desplazaban en silencio absoluto, flotando entre los claros del bosque mientras sus núcleos luminosos escaneaban el terreno.

Después aparecieron seis.

Luego doce.

El enjambre creció con rapidez, moviéndose en patrones geométricos perfectos. No parecían máquinas improvisadas: eran cazadores diseñados para rastrear.

—¡Contacto! —gritó uno de los pilotos.

Las órdenes de los Fayne atravesaron el caos con claridad.

La Alianza respondió al instante.

Los transportes pesados avanzaron primero. Eran máquinas enormes, blindadas, con la silueta de saurópodos mecánicos. Sus pasos hacían vibrar el suelo mientras se abrían paso entre los árboles. Desde sus costados surgieron descargas de energía que atravesaron el aire como lanzas incandescentes.

Las explosiones iluminaron el cielo con breves destellos.

Entre los troncos, algo se movió con velocidad imposible.

Las naves híbridas irrumpieron como depredadores metálicos.

Sus cuerpos articulados se desplazaban a ras del suelo con saltos violentos, esquivando árboles y cráteres.

Corrían como velocirraptores mecánicos, impulsándose con patas reforzadas mientras disparaban ráfagas de plasma desde sus mandíbulas abiertas.

Cada aterrizaje dejaba el suelo marcado por quemaduras humeantes.

Sobre ellos, el cielo comenzó a vibrar.

Las naves aladas descendieron desde lo alto con un zumbido agudo. Sus alas de cristal reforzado cortaban el viento mientras giraban con elegancia letal. Desde el aire disparaban ráfagas de fuego azul que caían sobre los drones con precisión quirúrgica.

Cada impacto iluminaba la niebla desde dentro.

Nada de aquello era perfecto.

Las máquinas de la Alianza llevaban las cicatrices de su origen: cables colgando como venas abiertas, placas soldadas de forma irregular, piezas recuperadas del desecho de Aerothis.

Pero avanzaban.

Firmes.

Obstinadas.

Como los guerreros que las pilotaban.

El cielo estalló cuando llegaron más drones.

El enjambre descendió en oleadas.

Los titanes ya estaban defendiendo a todos.

El lobo saltó entre los árboles como un fragmento de tormenta viva. Sus garras destrozaron varios drones en un torbellino de hielo que congeló el aire alrededor. Los restos metálicos cayeron al suelo convertidos en fragmentos helados.

Valgor embestía todo a su paso.

El impacto de su cuerpo contra la tierra abrió grietas que se extendieron como relámpagos bajo el suelo. Dos drones fueron tragados por las fisuras antes de poder reaccionar.

Las heridas de los titanes aún sangraban, pero ninguno se detuvo.

Kael extendió las manos.

El aire se llenó de escarcha.

Una explosión de hielo atrapó a tres drones en pleno vuelo, inmovilizándolos antes de que cayeran hechos pedazos.

Thoren golpeó el suelo con el pie.

La tierra respondió.

Piedras brotaron desde debajo del suelo como lanzas vivas, atravesando el casco de varios drones que descendían demasiado bajo.

La batalla terminó casi tan rápido como había comenzado.

Cuando el último dron cayó en llamas entre los árboles, el bosque volvió a quedar en silencio.

Caldren observó el cielo durante unos segundos más.

Luego habló, con el ceño fruncido.

—No vinieron a destruirnos.

Maeryn terminó la frase sin apartar la vista del horizonte.

—Vinieron a encontrarnos.

El viento volvió a soplar entre los árboles.

Y en algún lugar más allá del valle, algo más grande que aquellos drones ya había comenzado a moverse.