El Santuario Bajo la Selva
El grupo no se detuvo.
Avanzaron a toda prisa entre árboles abiertos a la fuerza por el paso de los colosos, con los motores rugiendo bajo la niebla y los titanes marchando detrás como sombras vivas. La tensión viajaba con ellos, aferrada al aire, tensa como una cuerda a punto de reventar.
Tras varios minutos de avance alcanzaron un claro amplio, cubierto por una bruma más espesa que en el resto del bosque. Allí la tierra estaba marcada por arrastres profundos, ramas partidas y una costra de hojas secas aplastadas contra el barro helado.
Y en medio de todo yacía Lume.
El titán de la naturaleza estaba tendido sobre el suelo, cubierto de polvo de corteza, hojas marchitas y nieve vieja.
Su cuerpo, que otras veces parecía respirar luz propia, irradiaba apenas un resplandor verde pálido, tan débil que por momentos daba la impresión de extinguirse.
Las ramas que nacían de su cornamenta estaban quebradas en varios puntos, como si hubieran soportado una carga demasiado brutal incluso para él.
Kael fue el primero en saltar de la nave.
—¡Lume!
Thoren cayó a su lado un instante después.
El titán no se movió.
No había ascenso en el pecho. No había respuesta en la luz. Su cuerpo parecía más cerca de la madera muerta que de algo vivo.
Thoren cayó de rodillas y apoyó ambas manos sobre su torso.
—No… —murmuró, y la palabra salió irreconocible, rota antes de completarse.
Kael se inclinó sobre él y golpeó con ambas manos la superficie de madera luminosa, desesperado.
—¡Respira! ¡Vamos, Lume, despierta!
Su voz se raspó contra el aire como si estuviera gritándole a una pared de piedra.
A su alrededor, el claro entero quedó inmóvil. Hasta los guerreros de la Alianza bajaron las armas por un instante. Samvarg y Valgor se aproximaron con cautela, y el solo peso de sus cuerpos hizo temblar la tierra endurecida bajo la escarcha.
Samvarg inclinó la cabeza.
El aliento que salió de sus fauces levantó una ventisca baja alrededor de Lume, esparciendo hojas y nieve.
«Cuando lo dejamos… seguía respirando.»
Valgor lo confirmó con un bramido sordo.
«No debió apagarse así.»
Kael no dejó de insistir. Sus tatuajes brillaban apenas, a medias, como si el miedo mismo hubiera debilitado el fulgor del vínculo.
Empujó otra vez.
Nada.
—¡No puedes caer ahora! —rugió—. ¡No después de todo esto!
Nada cambió.
Lume siguió inmóvil.
El silencio que cayó sobre el claro fue distinto al de otros momentos. No era paz ni contención. Era ese silencio pesado que aparece cuando todos comprenden, al mismo tiempo, que están a un paso de perder algo demasiado grande.
Entonces alguien rompió el círculo.
Caldren Fayne avanzó con pasos firmes, dejando atrás la sombra de Maeryn y el resoplido metálico del allosaurio de Raeghan. Su expresión seguía siendo dura, pero ahora había en ella algo más desnudo: decisión.
—Aléjense.
Kael alzó la vista de inmediato.
—¿Puedes ayudarlo?
Caldren respiró hondo antes de responder.
—Hace mucho que no uso mi don de esta forma. Cerca del campo, uno aprende a desconfiar de cualquier cosa que venga de dentro. Pero si aún queda vida en él… puedo llamarla de vuelta.
No pidió permiso.
Se arrodilló junto a Lume y apoyó ambas manos sobre el torso del titán.
La reacción fue inmediata.
Los tatuajes de Caldren se encendieron con un resplandor verde profundo, no brillante ni suave, sino denso, como si raíces luminosas avanzaran bajo su piel buscando una salida.
El aire vibró alrededor de él. La hierba endurecida bajo sus rodillas reverdeció por un instante, desafiando el frío, y pequeños brotes asomaron entre la escarcha antes de marchitarse otra vez.
—Aerothis no solo destruye —murmuró mientras canalizaba la energía—. Corrompe. Apaga. Siembra miedo en todo lo que toca. Ese campo fue hecho para romper el vínculo desde dentro.
Kael lo miraba sin pestañear. Thoren mantenía los puños cerrados, inmóvil, como si cualquier interferencia pudiera deshacer el hilo mínimo que aún los unía a Lume.
La luz de Caldren comenzó a extenderse por el cuerpo del titán.
Primero fue un destello débil.
Luego, un pulso.
Después otro.
El resplandor corrió a través de las ramas, subió por la cornamenta quebrada y descendió de nuevo hacia el pecho.
Lume se agitó apenas. Un crujido de madera viva recorrió su cuerpo.
De pronto, una oleada de luz brotó desde el centro de su torso y sacudió el claro entero con un estallido verde que obligó a varios a cubrirse los ojos.
—¡Vamos! —gruñó Caldren, apretando más fuerte—. ¡Respira!
El cuerpo de Lume tembló.
Su luz palpitó una vez.
Luego otra.
Y finalmente, con un sonido parecido al de un árbol estallando desde dentro al inicio de la primavera, sus ojos se abrieron.
No de golpe, sino con el temblor de algo que regresa desde muy lejos.
La luz en su interior ardía desordenada, agitada, como un corazón desbocado buscando ritmo.
Kael y Thoren se lanzaron hacia él al mismo tiempo.
—Tranquilo… tranquilo… —susurró Kael, apoyando una mano sobre su cuello.
—Estamos aquí —dijo Thoren, con una firmeza áspera que apenas ocultaba el temblor que llevaba dentro.
Lume respiró.
Al principio fue un jadeo irregular, casi doloroso. Después el pulso de su luz comenzó a estabilizarse poco a poco, descendiendo de aquel frenesí de supervivencia a un ritmo más calmo. Sus ramas crujieron al intentar incorporarse, y Kael lo ayudó a alzar la cabeza.
El alivio recorrió el claro como una marea contenida.
Kael apoyó la frente contra el cuerpo tibio y luminoso del titán. Thoren soltó el aire como si acabara de descargar una montaña entera de los hombros. Detrás de ellos, Samvarg y Valgor inclinaron la cabeza con una solemnidad que no necesitaba palabras.
La calma, sin embargo, duró poco.
Lume giró el rostro de golpe.
Su luz comenzó a palpitar otra vez, esta vez no por dolor, sino por una urgencia distinta. Buscaba. Reclamaba. Llamaba.
Lira.
Kael lo entendió antes incluso de pensarlo.
—Lo sabemos… —dijo, con la voz apagándosele al final.
Thoren cerró el puño contra el suelo.
—No está aquí. Pero vamos a traerla de vuelta. Te lo juramos.
La luz de Lume vaciló, como si quisiera resistirse a esa verdad, hasta que por fin se aquietó en un pulso lento, resignado.
Entonces Raeghan habló desde su montura, mientras el allosaurio mecánico exhalaba un resuello de vapor entre los árboles.
—No basta con despertarlos. Si los dejamos aquí, Aerothis encontrará su rastro. Siempre lo hace.
Maeryn asintió.
—Necesitan esconderse. Mantenerse lejos del campo. Si caen otra vez dentro de su radio, no tendremos otra oportunidad como esta.
Samvarg soltó un gruñido bajo, claramente contrario a la idea. Valgor bufó y pateó la tierra con fuerza, abriendo una grieta breve entre piedras y raíces.
Caldren dio un paso al frente.
—Si luchan a nuestro lado ahora, los condenamos. Lo que debemos hacer es preparar el terreno. Nosotros volveremos. Encontraremos a Lira. Y si Aerothis es la raíz de este veneno, la arrancaremos desde dentro.
El emisario, con la capucha aun proyectándole sombra sobre el rostro, añadió con tono severo:
—El Martillo tiene razón. Somos pocos, pero sabemos sobrevivir en el borde del monstruo. Si unimos lo que cada uno sabe, quizá podamos abrir una grieta real.
Kael escuchó aquello sin despegar los ojos de Samvarg. Todavía tenía clavada en el cuerpo la imagen del lobo lanzándose contra él bajo el efecto del campo. Miró después a Valgor, luego a Lume, y por fin al resto.
—Entonces no hay otro camino —murmuró—. Aerothis no caerá con uno solo. Tendrán que ser humanos, titanes… y todos los que aún sigan dispuestos a pelear.
Thoren se cruzó de brazos.
—No me importa cómo quieran llamarlo. Si vamos juntos, los derrumbaremos.
Las miradas comenzaron a cruzarse en silencio.
Raeghan golpeó con el puño el lomo metálico de su bestia, como si sellara una decisión.
Maeryn inclinó la cabeza.
Caldren exhaló lentamente, como quien acepta por fin un peso que llevaba demasiado tiempo intentando cargar solo.
Lume respondió a todo aquello con un pulso de luz más fuerte. El resplandor iluminó los rostros reunidos, volvió más profundas las sombras del bosque y arrancó reflejos verdes sobre las placas de las naves.
Entonces Samvarg alzó el hocico y aulló.
El sonido se expandió entre los árboles como una promesa helada.
Valgor respondió con un bramido que hizo vibrar el suelo.
Y en ese instante todos entendieron la misma verdad:
nadie saldría de aquello solo.
El plan seguía incompleto, pero ya era más de lo que tenían antes. Los titanes se ocultarían. Los demás volverían. Y cuando llegara el momento, marcharían juntos contra Aerothis.
Kael levantó la vista hacia Samvarg.
—Tenemos que despedirnos… por ahora.
El lobo gruñó de inmediato, negándose.
Valgor golpeó la tierra otra vez, como si prefiriera abrir un abismo antes que aceptar la separación. Incluso Lume, todavía débil, tensó las ramas de su cornamenta como si quisiera incorporarse del todo y seguirlos.
Thoren se adelantó y apoyó la mano sobre el flanco de Valgor.
—No hay otra opción, hermano. Si entran al campo, volverán a caer. Y esta vez quizá no estemos ahí para despertarlos.
Samvarg bajó la cabeza hacia Kael. Había en sus ojos una tristeza tan fría y profunda que al muchacho le dolió sostenerle la mirada.
«No me pidas que espere.»
Kael alzó la mano y acarició el cuello agrietado del lobo.
—No es esperar —susurró—. Es confiar.
El silencio que siguió se quebró solo con el paso del viento entre los árboles.
Al final, uno por uno, los tres titanes inclinaron la cabeza.
Aceptaban.
No con gusto.
No con paz.
Pero sí con la certeza amarga de que separarse era la única forma de volver a encontrarse.
Los portadores se apartaron lentamente. Cada paso pesaba como un adiós.
Caldren se puso de pie con visible cansancio; el brillo de sus tatuajes se apagaba ya, hundiéndose otra vez bajo la piel. Maeryn se acercó y le ofreció apoyo sin decir palabra.
Kael miró una última vez a Samvarg.
Thoren hizo lo mismo con Valgor.
Y ambos hablaron al mismo tiempo, con una firmeza que sonó más a juramento que a promesa:
—Volveremos… con Lira.
Los titanes respondieron con un rugido bajo.
No era furia.
Era lealtad.
El claro quedó marcado por aquella despedida como queda marcada la tierra tras una batalla: abierto, doliente, imposible de olvidar.