La tensión del claro
El hombre y la mujer avanzaron un paso.
No fue un gesto brusco ni agresivo, pero bastó para que todo el círculo se tensara. La ventisca había desaparecido casi por completo y el silencio del valle resultaba más inquietante que cualquier tormenta. El hielo bajo las botas crujía con cada movimiento, amplificando el peso de aquel momento.
El hombre habló primero.
—Repitan ese nombre.
Su voz era dura, firme, como metal golpeado contra piedra.
Kael sostuvo la mirada sin apartarse.
—Lira —respondió—. Nuestra compañera.
Durante un instante nadie se movió.
Entonces uno de los guerreros de la Alianza se inclinó hacia Caldren y murmuró algo en voz baja, creyendo que el viento ocultaría sus palabras.
—Se dice que no es del todo humana… que el campo ni siquiera pudo dormirla del todo.
Kael escuchó cada sílaba.
Avanzó un paso.
La temperatura del aire pareció descender con él.
—Llévennos con ella ahora mismo —dijo con una calma helada—. No es una petición.
Las armas comenzaron a levantarse alrededor.
Raeghan tensó las riendas de su allosaurio mecánico y la criatura respondió con un gruñido metálico que hizo vibrar la nieve. Varias ballestas se alzaron en silencio. Algunos guerreros dieron medio paso adelante.
Kael no retrocedió.
—Lira no es suya para juzgarla.
El claro entero quedó suspendido en una tensión tan frágil que parecía bastar una palabra equivocada para romperla.
Fue Thoren quien se movió.
Avanzó hasta quedar entre Kael y los lideres, sin mirar a ninguno de los dos. Su rostro era inexpresivo, una máscara de roca, pero sus ojos tenían una gravedad distinta.
—No jueguen con su nombre —dijo con voz grave—. Si está viva, la encontraremos. Si no lo está… entonces nada de esto importa.
La serenidad con la que habló pesó más que cualquier amenaza.
Kael lo miró de reojo. Entendió al instante que su compañero no hablaba por orgullo ni por desafío. Lo hacía por ella.
Detrás de ellos, los titanes reaccionaron.
Samvarg bajó la cabeza lentamente. Los cristales de su pelaje chocaron entre sí con un sonido seco, como hielo rompiéndose en un lago profundo.
Valgor golpeó el suelo con una pezuña.
El impacto levantó astillas de piedra y un temblor breve recorrió la tierra.
La nieve se elevó en una nube fina.
El hielo y la roca se alineaban con sus portadores.
Por un momento el destino del claro pendió de un hilo invisible.
La mujer fue quien lo cortó.
Avanzó con un paso tranquilo, como si aquella tensión no existiera.
—Basta —dijo con suavidad—. No estamos aquí para pelear entre nosotros.
Su voz no era fuerte, pero atravesó el aire con la firmeza de algo inevitable.
Los murmullos se apagaron poco a poco.
Ella observó primero a Kael, luego a Thoren, y finalmente a los titanes que se alzaban detrás de ellos como montañas vivas.
—Si buscamos lo mismo —continuó—, entonces no tiene sentido enfrentarnos.
El emisario golpeó el suelo con la base de su lanza.
Su voz retumbó en el claro.
—Ante ustedes: Caldren Fayne, el Martillo del Aire. Maeryn Fayne, la Sombra de los Niveles. Raeghan Stormbreaker, la Muralla de la Resistencia.
Los guerreros de la Alianza repitieron los nombres en su lengua híbrida. El sonido colectivo se extendió por la llanura como un eco antiguo.
Kael sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Aquellas personas no eran solo líderes. Eran símbolos.
Aun así, no bajó la mirada.
Maeryn inclinó levemente la cabeza.
—Ahora ustedes.
El hielo comenzó a brillar en los tatuajes de Kael. Bajo las botas de Thoren la tierra vibró con un pulso casi imperceptible.
Kael respondió.
—Somos Kael Vorias y Thoren Tavros. Portadores de Samvarg y Valgor.
Hizo una pausa breve antes de continuar.
—Nuestra misión es reunir a los titanes… para enfrentar al Errante.
El murmullo recorrió las filas de la Alianza como una onda eléctrica.
Algunos intercambiaron miradas incrédulas. Otros observaron a los titanes con respeto contenido.
Raeghan señaló el horizonte.
—Entonces saben que no podemos quedarnos aquí —dijo—. Aerothis rastrea cada movimiento. Cada segundo nos acerca a que nos encuentren.
Caldren asintió.
—Primero debemos alejarnos del campo.
Kael negó lentamente.
Su mirada estaba fija en las heridas de Samvarg.
Las grietas de escarcha que recorrían el cuello del titán parecían vidrio quebrado bajo la luna.
—No —dijo con firmeza—. Lo primero es sanar sus heridas.
Thoren apoyó una mano en el flanco de Valgor.
—Tiene razón. Si seguimos así, se quebrarán antes de llegar a cualquier parte.
El silencio regresó.
Kael levantó la vista.
—Debemos encontrar a Lume.
Sus ojos recorrieron el círculo de guerreros.
—Solo la Naturaleza puede sanar esto.
Caldren permaneció inmóvil un instante.
—Algunos de nosotros podemos cerrar heridas —respondió—. Reparar grietas.
Se detuvo.
—Pero…
Samvarg gruñó.
El sonido fue profundo, antiguo, como un glaciar resquebrajándose en la oscuridad.
Su voz apareció en la mente de Kael.
«No, hijo del hielo.»
Kael se quedó inmóvil.
«El camino exige dolor. No huyas de él.»
Los ojos azules del lobo se clavaron en los suyos.
Valgor movió lentamente la cabeza. El suelo tembló bajo su peso.
Su voz resonó en la mente de Thoren.
«La tierra se quiebra antes de renacer. Así también nosotros.»
Thoren apretó el puño.
Maeryn observó en silencio.
—Se niegan —dijo finalmente.
Caldren exhaló con frustración contenida.
—Podríamos ayudarlos… pero no lo permitirán.
Thoren frunció el ceño.
—¿Por qué?
Maeryn cerró los ojos un instante, como si escuchara algo que el viento traía desde lejos.
—Porque saben lo que significa detenernos ahora.
Samvarg inclinó su enorme cabeza hacia Kael.
«Tu dolor no pesa tanto como su vida. Avanza.»
Valgor bufó con gravedad.
«Te sostuve cuando eras niño. Ahora sostendrás mis pasos.»
Las palabras de los titanes atravesaron a ambos portadores.
Caldren habló otra vez.
—Sanarán cuando ellos lo decidan.
Kael bajó la mirada.
—No quiero romperlos para salvarla.
Thoren apoyó una mano en su hombro.
—Ellos ya eligieron.
El viento levantó un remolino breve de nieve.
El mundo pareció contener el aliento.
—No voy a retrasarme —dijo Kael al final.
—Samvarg no resistirá mucho más —respondió Thoren.
Kael apretó los dientes.
Finalmente asintió.
—Está bien.
Levantó la vista hacia el horizonte.
—Pero cuando estén a salvo… iremos por ella.
Samvarg levantó el hocico.
Su aullido atravesó el valle entero como una grieta en el cielo.
Valgor respondió con un bramido profundo que hizo vibrar la tierra bajo los pies de todos.
La marcha comenzó.
La nieve crujió bajo decenas de pasos. Las naves ascendieron lentamente, escoltando el avance de los titanes.
El viento arrastró consigo un juramento silencioso.
Thoren se quedó atrás un momento más.
Miró el horizonte.
Y murmuró apenas:
—Lira.