El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El lazo que no puede romperse
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El lazo que no puede romperse

La ventisca había cedido.

No desapareció del todo; en aquellas tierras el viento nunca se marchaba por completo. Pero ahora se movía con menos furia, como si el propio mundo contuviera la respiración después del rugido que había sacudido la llanura.

Samvarg y Valgor permanecían inmóviles a cierta distancia del claro.

Sus cuerpos colosales estaban marcados por la batalla.

El pelaje del lobo estaba surcado de grietas donde la escarcha se había quebrado como vidrio; entre los cristales rotos asomaban vetas oscuras, sangre pálida que se congelaba antes de caer al suelo.

Valgor no estaba mejor. Varias placas de roca se habían abierto bajo los impactos y por las fisuras aún escapaban pulsos de calor, restos del fuego interno que el campo había despertado en su interior.

Aun así, ambos titanes seguían en pie.

Y miraban a sus portadores.

Kael fue el primero en moverse.

Sus rodillas temblaban después del esfuerzo, pero dio un paso hacia adelante, respirando con dificultad. El aire seguía siendo frío, cortante, y cada inhalación le raspaba los pulmones como escarcha.

Samvarg inclinó ligeramente la cabeza cuando lo vio acercarse.

El gesto fue pequeño, pero suficiente.

Kael alzó la mano y la apoyó sobre el pelaje agrietado del titán. El frío lo atravesó de inmediato, una corriente helada que le recorrió los brazos hasta el pecho. No se apartó.

—Pensé… que me habías olvidado —murmuró.

El lobo cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, su voz resonó en la mente de Kael con la profundidad de un glaciar desplazándose.

«Nunca. Cuando perdí el rastro de ustedes, algo nos arrancó el vínculo. Avancé para encontrarlos… pero cada paso borraba mis pensamientos. Cuando quise recordar quién era, solo quedaba furia.»

Kael apretó los dientes. Pasó la mano con cuidado sobre el cuello del titán, sintiendo los cristales rotos como cicatrices abiertas.

—Ya estás aquí —dijo—. Eso es suficiente.

A unos metros, Thoren avanzó hacia Valgor.

Sus pasos eran más pesados, como si todavía cargara el eco del campo magnético dentro de los huesos. Cuando llegó frente al coloso, apoyó ambas manos sobre la roca caliente de la pata del titán.

Valgor lo observó en silencio.

—Pensé que me habías dejado atrás —dijo Thoren con voz baja—. Otra vez.

El bisonte emitió un bramido grave. No fue un rugido de guerra, sino un sonido profundo que vibró bajo la tierra como un eco antiguo.

«Nunca te abandonaría.»

Las palabras resonaron en la mente de Thoren con el peso de una montaña.

«Ese lugar era veneno. Primero fue un zumbido… luego un vacío. Cuando entramos en él supe que no debíamos detenernos. Lume cayó casi de inmediato. Samvarg y yo lo arrastramos fuera del campo tanto como pudimos. Después… los recuerdos comenzaron a desaparecer.»

Thoren cerró los ojos un instante.

—¿Lume…?

Valgor inclinó lentamente la cabeza.

«Sigue con vida.»

El nombre cayó entre los portadores como una piedra lanzada al agua.

Kael levantó la mirada hacia Samvarg.

—¿Está vivo?

El lobo asintió.

«Cayó dormido cuando el campo lo alcanzó. Pero respira. Está más atrás, fuera de la zona donde el anillo se vuelve más fuerte.»

Kael exhaló lentamente. El alivio no fue completo —nada lo era ya— pero bastaba para mantener el mundo en pie un momento más.

Thoren apoyó la frente contra el pecho de Valgor.

Las heridas sanarían. Los titanes siempre encontraban la forma de levantarse.

Pero la memoria de verlos al borde de matarlos permanecería.

Una cicatriz invisible.

Entonces los colosos se miraron entre sí.

Samvarg inclinó la cabeza primero. El azul de sus ojos ya no ardía con furia; ahora era un brillo cansado, profundo.

«No debimos romper el pacto.»

Valgor respondió con un bramido bajo que recorrió la llanura.

«No fue tu culpa ni la mía. Ese lugar nos distorsiona. El vínculo fue lo único que nos trajo de vuelta.»

El silencio que siguió fue pesado, pero no hostil.

Los dos titanes inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

Una disculpa entre hermanos.

Un perdón que no necesitaba más palabras.

Kael y Thoren sintieron aquel gesto atravesar el vínculo que compartían con ellos. No fue una emoción concreta. Fue algo más simple y más fuerte: un juramento silencioso.

Aquello no volvería a repetirse.

Un crujido metálico rompió el momento.

Las naves híbridas descendieron en formación alrededor del claro, cerrando un perímetro defensivo. Sus motores emitían un zumbido grave que vibraba en el aire frío. Las máquinas que aún funcionaban se reagruparon en posiciones de vigilancia.

En la plataforma principal permanecían las dos figuras que habían disparado antes.

El hombre alto sostenía el rifle con la misma calma con la que lo había usado minutos atrás. A su lado, la mujer seguía observando a los titanes con atención absoluta, como si esperara cualquier señal de que la tormenta no había terminado.

Más cerca del suelo, el tercer guerrero avanzó montado sobre el allosaurio mecánico blanco. La criatura dejó escapar un rugido metálico mientras sus patas de acero crujían sobre la nieve.

El emisario se adelantó hacia los portadores.

—Lo vieron con sus propios ojos —dijo—. Si no los hubiéramos desviado, ahora estarían muertos.

Thoren no se apartó de Valgor cuando respondió.

—¿Qué saben ustedes del campo? —preguntó con dureza—. ¿Qué nos hicieron exactamente?

El hombre del rifle bajó el arma lentamente.

No respondió.

Fue la mujer quien habló primero en la lengua híbrida. Su voz era clara, precisa. El emisario tradujo sin perder un segundo.

—Dicen que ustedes no son lo importante —explicó—. Lo importante son ellos.

Señaló a los titanes.

—Si los titanes caen, no tendremos oportunidad alguna contra Aerothis.

Kael apretó los puños.

—Entonces debemos encontrar a Lume —dijo—. Él puede curar sus heridas.

Samvarg respondió de inmediato.

«Lo dejamos fuera del campo cuando cayó.»

El emisario asintió.

—Exactamente lo que dije antes. El campo no mata a los pequeños. Los duerme.

El alivio fue breve.

Thoren respiró hondo antes de hacer la pregunta que ninguno había querido pronunciar.

—¿Y Lira?

El nombre quedó suspendido en el aire.

La reacción fue inmediata.

El hombre del rifle se tensó como si alguien le hubiera clavado una aguja en la espalda. La mujer bajó el arma apenas unos centímetros, y por primera vez su expresión cambió.

—¿Qué nombre dijiste? —preguntó él.

No necesitó traductor.

Kael sintió un escalofrío.

—Lira —repitió—. Nuestra amiga. ¿Dónde está?

El silencio cayó pesado e insoportable.

El viento cruzó el claro arrastrando nieve fina entre las botas de los presentes.

Y en ese silencio, algo en la mirada del hombre dejó claro que el destino de todos acababa de inclinarse en una dirección inesperada.