El pacto roto
El chirrido de la puerta volvió a resonar en las entrañas de la prisión.
Esta vez no entraron simples guardias. Con ellos venía el mismo emisario de máscara hecha de hueso pulido y plumas en espiral, su silueta recortada bajo la luz anaranjada de las lámparas como una amenaza más antigua que el hierro.
Kael se puso de pie al instante. Los nudillos se le pusieron blancos sobre los barrotes.
—¡Quítenme este maldito brazalete! —exigió, con la voz rota por la rabia—. ¡Déjenme salir!
El emisario se detuvo frente a él sin alterarse.
—Si los liberamos, ¿cómo sabremos que no serán ustedes quienes destruyan lo poco que sigue en pie?
En la celda opuesta, Thoren avanzó un paso. Su voz salió grave, contenida.
—Sin nosotros, ustedes tampoco podrán detener lo que ocurre afuera. ¿O de verdad creen que esas armas suyas bastarán para calmar a un titán?
El emisario no respondió de inmediato. Giró apenas la cabeza hacia sus hombres y pronunció una orden corta en aquella lengua mezclada de aire y raíces. El sonido fue seco, cortante.
Los barrotes se abrieron con un chasquido de engranajes.
Varios guardias entraron de golpe. Kael intentó resistirse, pero lo sujetaron entre tres y le colocaron nuevos grilletes de hueso endurecido y cobre, decorados con trazos opacos que latían con una luz débil.
A Thoren le hicieron lo mismo, aunque él soportó el proceso con una quietud tensa, como una roca que sabe esperar.
—Esto es un error —gruñó Kael, forcejeando.
La culata de un arma le golpeó el hombro. El impacto lo obligó a doblarse.
—No ahora, Kael —murmuró Thoren, apenas audible.
Kael entendió. Si se lanzaban en ese momento, morirían bajo tierra sin siquiera averiguar qué ocurría con sus titanes.
Les cubrieron el rostro con capuchas de cuero húmedo, impregnadas de moho y encierro. La oscuridad cayó de golpe. Luego empezaron a empujarlos.
Caminaron.
Sus pasos resonaron sobre piedra desnuda, perdiéndose en un laberinto de túneles que parecían curvarse sin fin. A medida que ascendían, el aire se volvía más fresco, pero también más denso por el olor a raíces quebradas, tierra mojada y roca recién abierta.
Kael perdió pronto la noción del tiempo.
Entonces sintió el primer temblor.
No fue una sacudida constante, sino una vibración irregular, profunda, como si el suelo latiera con el corazón de algo demasiado enorme para pertenecer a un solo ser. Las ondas subían por sus piernas, se alojaban en su pecho y alteraban el ritmo de su respiración.
Luego llegó el frío.
No el frío limpio de Skarnheim, sino otro más agresivo, más afilado, como un aliento vivo deslizándose por los túneles. Kael lo reconoció sin necesidad de verlo.
Samvarg.
El hielo del lobo se estaba filtrando incluso a kilómetros de distancia, endureciendo la humedad de los muros, cubriendo de escarcha las grietas de la piedra. Kael sintió el vello erizársele en los brazos.
Thoren también lo notó. Su paso se volvió más pesado, más cargado, como si la tierra misma lo estuviera llamando con cada sacudida.
Los captores empezaron a murmurar.
Ya no sonaban dueños de la situación. Había nerviosismo en su lengua híbrida: órdenes mal cortadas, maldiciones, preguntas dichas demasiado rápido. Uno tropezó. Otro lo empujó para que siguiera avanzando.
El temblor aumentó.
Entonces llegó un estruendo sordo, descomunal, que recorrió toda la bóveda subterránea como el rugido de una montaña partiéndose. Pequeñas piedras cayeron del techo. El aire se llenó de polvo y de una electricidad estática que se pegaba a la piel.
Kael lo supo de inmediato.
Aquello no era una simple pelea.
Era una guerra de titanes.
Incluso encadenados, incluso privados de la vista, sus cuerpos lo entendían.
La violencia que estallaba allá arriba no solo estaba rompiendo el mundo visible; estaba desgarrando la tierra desde dentro, como si algo hubiera logrado contaminar un pacto que llevaba vivo más tiempo que la memoria de los hombres.
Cuando por fin les arrancaron las capuchas, la luz los golpeó con violencia.
Parpadearon varias veces antes de enfocar.
Estaban en un claro abierto, rodeado por montañas lejanas.
Sobre ellos se extendía un cielo inmenso, azul en algunos puntos y desgarrado en otros por nubes negras que se movían con una agitación antinatural.
El aire vibraba. La nieve se levantaba en remolinos erráticos.
El suelo bajo sus botas parecía respirar.
Y entonces lo vieron.
A lo lejos, entre escarcha rota y llanuras destrozadas, Samvarg y Valgor se estaban enfrentando.
Kael sintió que el corazón se le partía.
No por miedo.
Por incredulidad.
Porque en ese instante comprendió la magnitud de lo que había comenzado… y lo poco que aún podían hacer para impedirlo.
El choque de sus cuerpos levantaba columnas de nieve, roca triturada y polvo helado. Cada embestida era una sacudida sísmica. Cada colisión arrancaba un nuevo pedazo del paisaje.
Samvarg se movía como una tormenta hecha de cristal, pelaje erizado, aristas de hielo creciendo sobre su lomo, la mandíbula abierta en dentelladas que dejaban surcos congelados en el aire.
Valgor respondía como una cordillera viva: un bisonte colosal de roca y tierra compacta, con placas pétreas abriéndose sobre su cuerpo como si bajo ellas respirara magma.
—No… —susurró Kael, incapaz de apartar la vista.
Thoren tampoco se movió.
—Ellos no harían esto —dijo, con la voz quebrada por una furia contenida—. Nunca entre ellos. Nunca así.
Los guardias miraban el combate con el mismo espanto. Incluso el emisario guardaba silencio, rígido bajo la máscara.
Kael apretó los grilletes.
—¡Samvarg! ¡Valgor! —gritó.
Su voz se perdió en el cataclismo.
Los titanes no respondieron.
Ni una mirada.
Ni un titubeo.
Seguían atacándose con una brutalidad desconocida, como si hubieran olvidado quiénes eran.
El suelo volvió a sacudirse.
Una nube de nieve cubrió la visión por un instante, y cuando el aire se despejó, Samvarg ya estaba saltando en un arco imposible.
El lobo cayó sobre Valgor con las fauces abiertas y le arrancó parte del hombro en una lluvia de roca, tierra y cristales de hielo.
El rugido del bisonte sacudió la llanura; del impacto nacieron grietas que corrieron por el suelo como relámpagos oscuros.
Valgor respondió clavando ambos cascos contra la tierra.
La llanura se plegó.
Una ola de piedra se levantó como una muralla viva y barrió la nieve, los árboles lejanos y el hielo acumulado. Samvarg patinó sobre placas que él mismo congeló al tocar el aire, y de su paso crecieron lanzas cristalinas que frenaron a medias el avance del coloso.
No eran golpes.
Eran elementos desatados.
Samvarg exhaló una ráfaga glacial que envolvió media colina en una costra de cristal. Valgor embistió el suelo y liberó un anillo sísmico que pulverizó la escarcha y volvió metralla cada fragmento. Donde hielo y roca chocaban, nacían nubes de vapor gris que tiznaban el cielo con un tono enfermo.
Otra colisión.
El pelaje de Samvarg se manchó de una sangre pálida, casi luminosa.
Las placas de Valgor mostraron fisuras encendidas, venas anaranjadas latiendo bajo la piedra.
Un colmillo del lobo quedó incrustado en el flanco del bisonte.
Uno de los cuernos de Valgor se astilló y salió disparado contra la llanura, clavándose en la tierra como una torre rota.
—No se están conteniendo —murmuró Thoren.
No era una observación.
Era una sentencia.
—¡Tenemos que hacer algo ya! —la voz del emisario cortó la parálisis.
Su máscara devolvió un brillo huesudo bajo la luz opaca.
—Si siguen elevando la resonancia, Aerothis detectará el pico. Mandarán a sus celadores… y encontrarán este refugio.
Uno de los guardias masculló algo en la lengua mezclada:
—Vor-alar… anillo despierto.
—Cállate —le espetó otro, esta vez en la lengua común.
El emisario se volvió hacia Kael y Thoren.
—¿Tienen alguna idea? Porque si no, acabaremos con ambos.
Thoren escupió a la nieve.
—¿Con sus juguetitos? Ya te lo dije: sin nosotros no podrán. ¿O creen de verdad que sus armas calman a un titán?
La máscara se inclinó apenas.
—No hay titán que no sangre si lo atraviesas lo suficiente.
—¡Ni se te ocurra! —Kael dio un paso al frente; la cadena entre sus muñecas repicó—. Son nuestros.
—Entonces dime cómo —replicó el emisario—. Cada rugido es un faro para Aerothis. Y no voy a dejar que encuentren este lugar.
Un nuevo choque cubrió el claro de agujas de hielo y cascotes. Kael apenas parpadeó.
—Quítennos esto. Déjennos llamar lo que somos.
El emisario soltó una risa seca. Alzó su muñeca: llevaba el mismo aro de hierro ennegrecido, con tuberías de cobre y símbolos adormecidos. Uno a uno, los guardias mostraron los suyos.
—No te apagan, muchacho. Te sostienen.
Su voz se volvió más dura, más explicativa.
—Están en el borde del campo magnético de Aerothis. Aquí los portadores pierden el vínculo. El anillo lo drena. A los seres pequeños… humanos incluidos… los duerme. Sin estos brazaletes, se desploman.
Señaló con el mentón a un guardia más atrás, tendido en la nieve, sudando, con el aro mal ajustado y los ojos medio perdidos.
Kael recordó la descarga, el vacío, el intento imposible de llamar al hielo.
—Pero duele cuando intento canalizar.
—Porque intentas forzar un puente roto —respondió el emisario—. El anillo te vacía. El brazalete te mantiene en pie a golpes. No es una cárcel para tu don. Es un remedio brutal para que no caigas como el resto.
Thoren señaló la llanura, donde Valgor levantaba una cresta de tierra que segó de raíz un bosque lejano.
—¿Y ellos?
—A los titanes el anillo no los duerme —dijo el emisario—. Los envenena. Cuanto más adentro estén, más se deforman sus sentidos. Olvidan pactos. Olvidan nombres. Olvidan hermandades.
El silencio que siguió fue de plomo.