El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Sombras de la verdad
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Sombras de la verdad

La oscuridad de las celdas se había vuelto un reloj sin manecillas. Allí abajo el tiempo no avanzaba: se acumulaba. Se medía en gotas que golpeaban la piedra, en el zumbido opresivo de engranajes ocultos tras los muros y en el aire húmedo que olía a óxido.

Kael y Thoren habían terminado por aceptar que no sabrían si era día o noche. Lo único que les quedaba era la certeza de su propia respiración… y, de vez en cuando, la voz del otro para no dejar que el encierro les borrara el juicio.

Kael, sentado con la espalda contra el muro, rompió la quietud.

—Thoren… ¿y si Lira está muerta?

La palabra quedó suspendida entre las rejas, cruda, imposible de adornar.

Thoren tardó demasiado en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó firme, pero su silencio previo lo delató.

—No lo está.

Kael se inclinó hacia adelante y cerró las manos alrededor de los barrotes.

—No me mientas. Tú también lo piensas.

Thoren negó con la cabeza, lento.

—Pienso que si alguien puede sobrevivir a esto… es ella.

Kael bajó la mirada. La incertidumbre le pesaba más que el frío de Skarnheim, más que cualquier herida que hubiera soportado entrenando. No era dolor físico. Era una espera que se comía el aire.

Un chirrido metálico quebró la intimidad del pasillo.

La gran puerta se abrió y el sonido de botas y voces se derramó hacia las celdas. Esta vez no era una ronda rutinaria. Los pasos venían con calma, medidos, como si supieran que aquí abajo nada podía detenerlos.

Varias figuras se detuvieron frente a las rejas.

Entre ellas, uno destacaba.

Era más alto, más quieto. Llevaba el rostro parcialmente cubierto por una máscara de hueso pulido, decorada con plumas dispuestas en espiral. Su pecho estaba protegido por un peto de madera endurecida y cobre, tallado con símbolos que parecían raíces entrelazadas con remolinos de viento.

No era un guardia.

Era un emisario.

Habló primero en aquella lengua híbrida que Kael apenas empezaba a reconocer en fragmentos.

—Vor shael… errante… ven althar.

Los demás respondieron con inclinaciones breves, casi automáticas. Luego el emisario cambió al lenguaje común, con una voz seca, sin prisa.

—No están aquí por azar. Sus pasos los trajeron a esta celda… y sus nombres no son secretos para nosotros.

Kael se pegó a los barrotes.

—Entonces dime dónde está Lira.

El emisario no respondió de inmediato. Sus ojos —oscuros bajo la máscara— se movieron con calma, evaluando. A un lado, uno de los guardias murmuró algo en su idioma. Kael no entendió el significado, pero sí la intención: sonó como cuando alguien pronuncia un nombre que pesa.

Kael estiró el brazo entre las barras.

—¡Hablen claro!

El brazalete chisporroteó.

El dolor subió por su muñeca como una descarga. Kael contuvo el gruñido, pero no apartó la mano.

Los guardias dieron un paso al frente, listos para responder con violencia.

—¡Kael! —la voz de Thoren estalló desde la celda opuesta.

No fue un grito de pánico. Fue una orden.

Kael lo miró. En los ojos de su amigo había una advertencia clara: aquí abajo, reaccionar sin pensar era exactamente lo que esperaban de él.

El emisario levantó una mano.

Los guardias se detuvieron de inmediato.

—No teman —dijo—. No somos de Aerothis.

Kael apretó los dientes.

—Entonces, ¿quiénes son?

El emisario guardó silencio, como si la respuesta no fuera para ellos. La tensión creció, espesa, pegándose a la piel como humedad.

Y entonces el mundo tembló.

No fue un pequeño movimiento: fue un golpe profundo que sacudió el pasillo. La piedra crujió; el suelo vibró como si algo inmenso hubiera pisado directamente sobre el techo. Polvo gris cayó desde las juntas y las lámparas anaranjadas parpadearon, titubeando.

Kael se incorporó por instinto.

—¡Samvarg!

La palabra le salió sin pensar, como si el nombre pudiera abrirle el vínculo.

Pero el vacío dentro de él respondió igual que antes: nada.

Los captores se giraron al unísono. Sus miradas no fueron de simple sorpresa. Fue reconocimiento. En ese instante entendieron lo que tenían frente a ellos: no eran prisioneros comunes.

El temblor continuó, como si dos fuerzas colosales estuvieran arrancándole los huesos a la tierra.

Un guardia apareció corriendo desde el fondo del corredor, jadeando, con el rostro desencajado.

—¡Dos colosos! —gritó—. ¡Se han encontrado cerca del límite!

Kael sintió que el pulso se le congelaba.

—Nos están buscando —susurró, convencido.

Thoren también se tensó. Por primera vez, su calma se quebró apenas.

El guardia negó con la cabeza, tragando saliva.

—No… no los buscan a ustedes.

Miró al emisario, como si necesitara permiso incluso para decirlo.

—Se están destruyendo entre ellos.

El silencio que siguió fue peor que el temblor.

Porque si dos titanes estaban chocando allá arriba… y no era por ellos…

entonces algo más grande estaba moviéndose en el mundo.