El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) El despertar en la celda
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El despertar en la celda

Un zumbido constante fue lo primero que Kael percibió al recuperar la conciencia.

No era un sonido natural. Era rítmico, profundo, como engranajes gigantescos girando en algún lugar detrás de los muros.

Durante unos segundos creyó que aún estaba soñando, atrapado en alguna de las visiones fragmentadas que lo habían perseguido los últimos días.

Pero el frío de la piedra contra su espalda disipó cualquier duda.

La realidad regresó de golpe.

Inspiró con dificultad. El aire era pesado, cargado de humedad, hierro y óxido. Tenía un sabor metálico que raspaba la lengua y se pegaba en la garganta.

La oscuridad era casi total.

Solo algunos resplandores anaranjados, incrustados en las paredes, iluminaban el lugar con un brillo débil y enfermizo. No había ventanas. No corría aire. La sensación era la de estar enterrado bajo toneladas de roca.

Kael se incorporó bruscamente.

El movimiento produjo un sonido metálico seco.

Miró su muñeca.

Un brazalete de hierro ennegrecido rodeaba su brazo como un grillete. Del aro salían pequeñas tuberías de cobre que serpenteaban sobre la superficie, conectadas a placas con símbolos apagados grabados en espiral. Cuando intentó moverlo, un hormigueo agudo recorrió su brazo hasta el hombro.

—¿Qué… demonios es esto…?

Intentó arrancarlo.

El dolor fue inmediato.

Una descarga le atravesó el brazo como una cuchilla ardiente. Kael soltó el metal con un gruñido ahogado, apretando los dientes mientras el dolor retrocedía lentamente.

Entonces los recuerdos regresaron.

La emboscada.

El caos.

La sensación clara de que todo había sido preparado.

Kael se puso de pie y se lanzó contra las rejas de la celda.

—¡¿Quién está ahí?! —rugió, golpeando el metal con los puños—. ¡Suéltenme!

El sonido rebotó por el pasillo de piedra.

Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido de las máquinas lejanas… y el goteo constante de agua en algún punto del techo.

Entonces una voz respondió desde la oscuridad.

—Deja de gastar fuerzas. No sirve de nada.

Kael se congeló.

Reconocería esa voz en cualquier parte.

—¿Thoren?

Al otro lado del pasillo, tras otra celda apenas visible en la penumbra, una figura se movió. Thoren estaba sentado contra la pared con los brazos apoyados sobre las rodillas. Sus ojos brillaban débilmente en la oscuridad.

—Sí —respondió con calma cansada—. Ya lo intenté todo.

Señaló su propio brazalete.

—Las rejas no ceden… y estos malditos grilletes apagan lo que somos.

Kael cerró los ojos y trató de convocar el hielo.

Nada respondió.

El vacío dentro de él fue absoluto.

El vínculo con Samvarg… no estaba.

Kael golpeó la pared con rabia.

—¡No puede ser!

Thoren no se movió.

—Créeme —dijo—. Yo también reaccioné así.

El silencio volvió a asentarse entre ellos.

Kael apoyó la frente contra las barras.

—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?

Thoren observó el suelo húmedo de su celda.

—No hay forma de saberlo. Aquí abajo no existe el día ni la noche.

Se pasó la mano por la barba.

—Pero diría… cinco días.

Kael levantó la cabeza.

—¿Cinco?

—Yo desperté hace dos.

La idea cayó como una piedra.

Habían estado atrapados… inconscientes… durante días.

Kael respiró hondo. Entonces otro pensamiento lo golpeó.

Giró hacia Thoren.

—Lira.

La palabra salió como un susurro.

—¿Dónde está Lira?

El eco de su voz se perdió en el pasillo.

Thoren no respondió de inmediato. Bajó la mirada.

—No lo sé.

La pausa fue demasiado larga.

—No la he visto desde antes de que nos atraparan.

Kael apretó los barrotes hasta que los nudillos se le entumecieron.

Entonces lo sintió con claridad.

El vínculo con Samvarg estaba completamente en silencio.

—Samvarg… —murmuró.

Thoren levantó la vista.

—Valgor tampoco responde.

Las palabras flotaron entre ellos.

Sin los titanes, la sensación era extraña… incompleta. Como si les hubieran arrancado una parte del cuerpo.

Kael golpeó las rejas otra vez.

—¡Malditos sean los que nos trajeron aquí!

Thoren lo observó.

—Mantén la cabeza fría, hermano. Perderla aquí es justo lo que quieren.

Kael respiró profundamente, obligándose a calmarse.

Entonces ocurrió algo.

Un estruendo metálico sacudió el pasillo.

Una puerta gigantesca se abrió en la distancia con un chirrido grave que vibró en las paredes.

Voces.

Pasos.

Algunos eran humanos.

Otros… no sonaban del todo humanos.

Kael y Thoren se miraron.

Ambos se pusieron de pie.

Aunque estuvieran desarmados… no pensaban recibir a nadie como prisioneros.

Los pasos se acercaban.

El sonido era rítmico, acompañado por el siseo de vapor y el golpeteo de metal.

La primera figura emergió finalmente de la oscuridad.

No era un soldado de Aerothis.

Al menos, no como Kael los había imaginado.

El hombre llevaba una armadura irregular hecha de placas de hueso endurecido y madera reforzada. Sobre ella crecían enredaderas secas entrelazadas con metal. Sus brazos estaban cubiertos de tatuajes verdes que parecían raíces, y plumas blancas colgaban de los bordes de su capa.

Otros aparecieron detrás de él.

Cada uno llevaba variaciones del mismo estilo: plumas, ramas secas, piezas metálicas grabadas con espirales.

Una mezcla imposible.

Naturaleza.

Viento.

Selva.

Cielo.

Kael frunció el ceño.

—¿Qué demonios…?

Los hombres se detuvieron frente a las celdas.

El que parecía líder habló.

—Rashaan-vor elnira. Shatal ven orak.

El idioma era extraño.

Kael reconocía fragmentos: raíces de la lengua de la naturaleza, sonidos del dialecto del viento… pero la mayoría se le escapaba.

Era una lengua híbrida.

Thoren escupió al suelo.

—No entiendo una maldita palabra.

El líder repitió con más dureza.

—Vor elnira.

Kael golpeó las rejas.

—¡Hablen claro! ¿Quiénes son?

Los hombres intercambiaron miradas.

Uno soltó una risa corta.

Otro murmuró algo.

—Shaal ven torim… errante…

Kael se tensó.

Esa palabra sí la entendió.

—¿Qué dijeron del Errante? —rugió—. ¡Respóndanme!

No respondieron.

El líder simplemente hizo un gesto.

Dos hombres avanzaron con bandejas de madera.

Las deslizaron por las ranuras de las celdas.

Pan duro.

Carne seca.

Una pasta verdosa de olor agrio.

Comida para prisioneros.

Kael miró el plato y luego levantó la vista.

—¿Así nos tratan? ¿Como animales?

Los captores no reaccionaron.

Uno sonrió con desprecio.

Kael golpeó las rejas con furia.

El brazalete chisporroteó.

El dolor lo atravesó, pero no se detuvo.

—¡Díganme dónde está Lira!

El líder inclinó la cabeza.

Murmuró algo en su lengua.

Luego se dio la vuelta.

Los demás lo siguieron.

Sus pasos se alejaron lentamente por el pasillo.

El zumbido de las máquinas volvió a dominar el silencio.

Kael respiraba con furia contenida.

Thoren observó el plato de comida… pero no lo tocó.

—No son de Aerothis —dijo finalmente.

Kael apretó la mandíbula.

—Entonces…

Miró el pasillo oscuro.

—¿Quiénes demonios son?

Nadie respondió.

Solo el zumbido constante de las máquinas… y el eco distante de engranajes que parecían mover toda una ciudad bajo tierra.