El juramento de los hermanos
La última noche en Skarnheim ardió distinta.
En el círculo central se elevaba un fuego más alto de lo habitual, una columna de llamas azuladas que los ancianos habían encendido para despedir a quienes partían y recordar a quienes ya no volverían.
La luz se reflejaba en los puentes de hielo y en las torres cristalinas de la aldea, pintando la nieve con destellos fríos que parecían moverse con el viento.
Las familias rodeaban el fuego en silencio.
Algunos murmuraban palabras antiguas en la lengua de los glaciares, frases breves que hablaban de fortaleza, de claridad de mente y de resistencia en el camino.
No eran plegarias ni ceremonias formales, sino costumbres nacidas de generaciones que habían aprendido a despedirse sin dramatismo.
El viento soplaba con fuerza, pero no lograba apagar las antorchas. Al contrario: las llamas parecían aferrarse al aire helado como si el propio hielo quisiera preservar ese momento.
Kael permanecía de pie junto a Thoren, mirando el fuego.
Sentía el orgullo de portar el don de Samvarg, la herencia que había pertenecido a su padre y a Darien. Pero también sentía el peso de dejar atrás a su tío y a Seryn, de abandonar el único lugar que había conocido como hogar.
No era miedo.
Era la certeza de que el camino que comenzaba esa noche no tendría regreso fácil.
Uno a uno, los miembros de la tribu se acercaron. Colocaban las manos sobre los hombros de Kael y Thoren en un gesto sencillo, breve, cargado de significado. Algunos tenían los ojos húmedos; otros mantenían el rostro duro, como si quisieran transmitirles su fortaleza en ese instante.
Iskar Vorias fue el último en acercarse.
El herrero observó a su sobrino en silencio durante unos segundos antes de hablar.
—Eres el último de los Vorias que lleva la fuerza de tu padre en la sangre. Haz que valga la pena, Kael. Pero recuerda algo: no eres solo hielo ni batalla. También eres carne… y la carne puede romperse.
Kael inclinó la cabeza.
—Lo sé, tío. Y cuando regrese, te lo demostraré.
Iskar lo abrazó con fuerza. Fue un gesto corto, áspero, como todo lo que hacía el herrero, pero cargado de afecto. Luego se apartó sin mirar atrás, como si prolongar la despedida fuera más difícil que dejarlo ir.
Yhara se acercó después.
Su mirada se detuvo en ambos jóvenes.
—Recuerden bien esto —dijo con voz firme—. Su misión es reunir a las tribus y a sus titanes. Nada más. Si encuentran al Errante antes de tiempo, no lo enfrenten.
Kael y Thoren intercambiaron una breve mirada y asintieron.
No hacía falta decir más.
Horas después, cuando el fuego comenzó a disminuir y la mayoría de la tribu regresó a sus chozas, Kael, Thoren y Seryn se alejaron del círculo.
Se sentaron en una de las pasarelas de hielo que miraban hacia las montañas. Desde allí podían ver la llanura extendiéndose bajo la aurora nocturna, mientras el viento recorría los puentes con un silbido largo y constante.
A lo lejos, dos siluetas colosales vigilaban el horizonte.
Samvarg.
Valgor.
Nadie habló durante un rato. El silencio no era incómodo; era una pausa necesaria antes de lo inevitable.
Thoren fue el primero en romperlo.
—Cuando partamos, no habrá espacio para dudas —dijo mirando la llanura—. El Errante no espera… y tampoco perdona.
Su voz se volvió más firme.
—Así que, pase lo que pase, no seremos carga el uno para el otro.
Kael lo miró y asintió.
—Ese es nuestro juramento.
Seryn guardó silencio. Sus ojos grises se movieron entre ambos, como si intentara memorizar cada detalle de ese momento.
Entonces llevó la mano a su cuello.
De allí retiró el amuleto que siempre llevaba consigo: una piedra azul clara que brillaba como un fragmento de aurora atrapado en cristal. Lo sostuvo unos segundos entre sus dedos antes de colocarlo en la mano de Kael.
—Llévalo contigo —dijo con calma—. No porque lo necesites… sino porque quiero que recuerdes algo.
Kael observó el cristal.
—¿Qué cosa?
—Que incluso el hielo más duro necesita una raíz para sostenerse.
Kael sintió un nudo en la garganta. Cerró la mano alrededor del amuleto y levantó la mirada hacia ella.
No encontró palabras.
Seryn sonrió apenas, una sonrisa tranquila, sin dramatismo.
—Prométeme algo, Kael.
Sus ojos se clavaron en los de él.
—Pase lo que pase allá afuera… vuelve. Aunque seas el último, vuelve.
Kael sostuvo el amuleto contra su pecho.
—Lo prometo.
La promesa quedó suspendida en el aire frío de la montaña, mezclándose con el viento y con el sonido lejano de la escarcha resquebrajándose bajo la noche.
Más tarde, cuando incluso Thoren regresó a su choza, Kael permaneció solo junto al fuego que aún crepitaba en el círculo central.
Miraba la piedra azul en su mano.
La voz de Seryn seguía resonando en su mente.
Aunque seas el último, vuelve.
El fuego fue apagándose lentamente. Las chispas se elevaron una última vez antes de desaparecer en la oscuridad.
Poco a poco, las imágenes de la noche comenzaron a desvanecerse: el rostro de Seryn, las palabras del consejo, el abrazo de su tío. Todo se volvió distante, como si el recuerdo se alejara arrastrado por la ventisca.
Solo una cosa permanecía.
La promesa.
Kael sintió un tirón en su conciencia, una sensación extraña, como si el hielo lo estuviera arrancando de ese recuerdo para devolverlo al presente.
Supo que estaba a punto de despertar.
Y justo antes de abrir los ojos, la voz de Seryn volvió a escucharse, clara en la oscuridad de su mente.
—Vuelve.