El Corazón Perfecto (La Guerra de los Eternos 2) Consejo de la escarcha
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Consejo de la escarcha

El invierno siguió su curso implacable, y con él crecieron los rumores.

Viajeros que llegaban desde aldeas lejanas hablaban de tierras devoradas por la oscuridad.

Decían que donde el Errante pasaba nada quedaba en pie: ni ciudades, ni bosques, ni caminos.

Algunos juraban haber visto, a lo lejos, un reflejo metálico cruzando el horizonte cuando la ventisca se detenía…

como si algo enorme arrastrara cadenas por el mundo.

En Skarnheim, el miedo no se pronunciaba, pero se respiraba. Y los sabios lo sabían: el silencio no era un escudo. Era una pausa.

La sala del consejo era un domo de cristal y roca, sostenido por columnas talladas en hielo que brillaban como estrellas atrapadas.

Antorchas de llama azul iluminaban el recinto y, en el centro, un círculo de piedra marcaba el lugar de los sabios.

Allí se encontraba la más anciana: Yhara Tallen, consejera de mirada severa, maestra de Kael desde niño y cercana a Khaelor en tiempos de calma.

A un costado estaba Iskar Vorias, con las manos manchadas de hollín y escarcha, observando a su sobrino con una mezcla de orgullo y preocupación que no intentaba ocultar.

Kael, Thoren y Seryn permanecían cerca del círculo, junto al resto de la tribu. En la entrada, inmóviles e imponentes, Samvarg y Valgor ocupaban el umbral como si fueran parte del propio domo. Sus presencias pesaban más que cualquier discurso.

Yhara se puso de pie con ayuda de su bastón.

—El Errante sigue avanzando. Ocultarnos nos da tiempo, pero no nos da vida. Tarde o temprano llegará aquí.

Su voz, firme, rebotó en las paredes de hielo.

—Solo hay un camino: unir a las tribus, unir a los titanes… y enfrentarlo juntos.

Un murmullo cruzó la sala como una ráfaga. Algunos asentían con determinación; otros retrocedían con miedo.

—¡Es suicidio! —exclamó un anciano—. Ni Samvarg pudo detenerlo. ¿Qué esperanza tenemos los hombres?

—¡Ocultémonos! ¡Aguantemos! Somos hijos del hielo, no conquistadores —protestó otro, y varios lo apoyaron.

Yhara golpeó el suelo con el bastón.

El sonido fue breve, pero suficiente para cortar las voces.

—No sobreviviremos eternamente escondidos. Si no actuamos, pereceremos como las demás tribus. Ese ser solo destruye lo que tanto nos ha costado restaurar.

El silencio se asentó pesado e insoportable. Nadie habló.

Entonces Kael dio un paso al frente.

Los trazos luminosos que Samvarg le había marcado aún brillaban levemente sobre su piel, como grietas de escarcha bajo la carne. Su mirada recorrió el círculo sin desafío, pero con una determinación que ya no necesitaba permiso.

—Entonces yo iré —dijo—. Llevaré la voz de Skarnheim a las demás tribus.

El murmullo creció de nuevo. Seryn lo miró con los ojos muy abiertos. Iskar apretó la mandíbula. Yhara negó con un cansancio que no era debilidad, sino experiencia.

—Kael Vorias… eres el último de tu linaje junto con tu tío. Si caes, ¿qué quedará de los Vorias?

Iskar se levantó de inmediato.

—Tu padre y tu hermano dieron su vida contra el Errante. No cometerás la locura de seguir el mismo camino.

Kael los miró con respeto, pero no cedió.

—No es locura, tío. Es deber. No hay hielo lo bastante fuerte para esconderse de esa sombra.

A su lado, Thoren avanzó un paso.

—Si Kael va, yo voy con él.

Varias miradas se clavaron en él. No pertenecía a Skarnheim. No llevaba el don del hielo ni de la tierra. Aun así, su voz no tembló.

—¿Qué puedes ofrecer tú, extranjero? —le gritó un hombre desde la multitud.

Thoren apretó los puños.

—Todo lo que soy. Todo lo que tengo —respondió—. No seré menos que los caídos.

Kael lo miró un instante y asintió. No era un gesto de aprobación grandilocuente. Era un acuerdo silencioso, de esos que se sostienen con hechos.

Fue entonces cuando Samvarg habló.

Con una presión antigua en la mente de Kael, una voz que no pedía permiso.

«Tu amigo aún no oye estas palabras. Pero el destino lo llama. Valgor ha decidido.»

Kael tragó saliva y levantó la vista hacia los ojos del lobo.

—Samvarg habla —anunció.

El recinto quedó inmóvil.

A su lado, Valgor dio un paso adelante y la piedra bajo los pies de los presentes vibró con un temblor profundo. El aire pareció hacerse más denso.

La voz del titán de la tierra resonó en Kael como un golpe lento.

«Este hijo de Vorghal guarda resentimiento hacia mí.» «Pero también guarda voluntad.» «Si se ofrece… le daré mi don.»

Kael giró hacia Thoren con el pulso acelerado.

—Valgor quiere darte su poder —dijo—. Quiere que seas su portador.

Thoren lo miró como si no hubiera escuchado bien.

—¿Qué?

—No lo oyes porque aún no eres uno de ellos —explicó Kael—. Pero yo sí. Y te lo digo claro: Valgor te lo está ofreciendo.

Thoren apretó los dientes. Miró a Kael, luego al coloso. En su pecho se encendieron recuerdos que jamás se habían apagado: Vorghal arrasada, la Prueba que lo quebró, el peso de no haber sido elegido… y el odio hacia Valgor por no haberlos protegido.

Lo odiaba.

Y aun así entendía algo peor: rechazarlo no devolvería a nadie.

Dudo por varios segundos.

—Está bien… —dijo al fin, con voz grave y la mirada baja—. Lo acepto.

Valgor inclinó la cabeza.

El suelo tembló.

Desde el pecho del titán brotó una luz terrosa, densa, como magma cubierto de roca. Se extendió hacia Thoren en un torrente que parecía arrastrar el peso del mundo.

Thoren cayó de rodillas.

La fuerza lo atravesó como un trueno contenido.

La piel se tensó, las venas ardieron, y sobre sus brazos y pecho surgieron líneas oscuras, angulosas, como grietas tectónicas grabándose en carne viva.

La piedra crujió bajo él; pequeñas fracturas se abrieron en el suelo del consejo como respuesta instintiva a aquel despertar.

Thoren apretó los puños.

Resistió.

Cuando alzó la vista, sus ojos verde musgo brillaban con un fulgor nuevo: profundo y pesado, como roca bajo el hielo.

Valgor bramó.

El rugido hizo vibrar las columnas y apagó algunas antorchas por un instante.

«Ahora no estás solo.» «Eres mi portador.»

Kael lo observó con una mezcla de respeto y alivio. Seryn apenas respiraba, como si el mundo acabara de inclinarse y ella intentara entender hacia dónde.

Yhara se enderezó.

—Entonces está decidido —dijo—. Kael Vorias, portador de Samvarg. Thoren Tavros, portador de Valgor. Ustedes llevarán la voz de Skarnheim a las tribus.

Seryn dio un paso al frente.

—Yo también iré. He entrenado con ellos. No soy menos.

Yhara negó con severidad.

—Aún no tienes el don. No cargarás una misión que ni siquiera los elegidos pueden asegurar.

Seryn bajó la mirada, frustrada. Sus manos temblaron, pero no discutió. Tragar la rabia también era una forma de disciplina.

Kael esperó a que los ancianos retomaran su lugar y se acercó a ella. No dijo nada de inmediato. Solo se detuvo a su lado, lo bastante cerca para que sintiera que no estaba sola en ese golpe.

—No es un rechazo —murmuró al fin—. Es tiempo.

Seryn apretó los labios.

—El tiempo siempre pide paciencia —respondió, sin mirarlo.

Kael asintió con suavidad.

—Y tú la tienes. Más de la que crees. Hoy no caminas con nosotros… pero sigues siendo parte de esto. De nosotros.

Seryn levantó la vista. La dureza en sus ojos cedió apenas, lo justo para que su respiración se estabilizara.

—Regresen —dijo, simple.

Kael asintió. No fue una promesa grandiosa; fue un entendimiento.

Samvarg inclinó la cabeza hacia Kael, como sellando la decisión. Valgor permaneció inmóvil, pesado como una montaña, pero atento.

El consejo terminó con un silencio que lo envolvía todo.

La misión estaba marcada: unir tribus y titanes para enfrentar al Errante.

Y en Kael y Thoren, el juramento se afiló sin necesidad de palabras: caminar juntos, aunque el mundo intentara quebrarlos con cadenas invisibles.