El pacto roto #2
Samvarg saltó y mordió el cuello de Valgor. El bisonte se sacudió con un bramido atroz y lo arrojó contra una ladera. La montaña estalló en un alud de piedra y nieve que sepultó al lobo por un instante e hizo temblar los dientes de todos los presentes.
—Hay que sacarlos del anillo —dijo Kael, sin apartar la vista.
—Sin poderes —se burló un guardia.
—Con algo mejor —replicó Thoren—. Con nosotros.
El emisario hizo un gesto y dos arqueros levantaron ballestas pesadas, con brazos de hueso y resortes metálicos. Las flechas tenían puntas silbantes, huecas, talladas para cortar el aire con un chillido extraño.
—Tenemos lanzas de viento y trompas de raíz. Si no funcionan, dispararemos a las articulaciones.
Kael giró hacia él con los ojos ardiendo.
—No.
—Es eso o dejar que Aerothis los detecte —respondió el emisario.
El suelo bufó bajo sus pies como una bestia.
Una nueva onda de choque cruzó el claro y arrojó a varios de rodillas.
En el horizonte, Valgor había descargado sus cascos a la vez, y Samvarg, en respuesta, había tejido un arco de escarcha en el aire que partió la onda en dos antes de estallar en miles de cuchillos cristalinos.
—¡Basta de hablar! —gruñó Thoren, incorporándose—. Necesitamos separarlos.
—¿Cómo? —escupió uno de los guardias.
Kael respondió de inmediato.
—Corredores. Canalicen el viento hacia el norte, ábranle una ruta a Samvarg. Para Valgor, ruido y vibración a la espalda: golpes rítmicos, trompas golpeando el suelo, cualquier cosa que lo arrastre al oeste. Si no los obligamos a elegir direcciones opuestas, van a matarse aquí mismo.
El emisario dudó.
No porque dudara del plan, sino porque sabía que no tenían otro.
—¿Y quién se pone delante para guiarlos? —preguntó.
Kael y Thoren se miraron.
No hizo falta decirlo.
—Nosotros.
Un guardia sonrió.
—¿Encadenados?
—Con la voz basta —dijo Kael—. Me va a oír.
—Y a mí —añadió Thoren, con la voz negra como piedra mojada—. No es la primera vez que hago entrar en razón a una montaña a gritos.
Un murmullo cruzó entre los captores, a medio camino entre la incredulidad y el miedo.
—Si fallan —advirtió el emisario—, disparamos.
Thoren alzó la barbilla.
—Y si acertamos, nos deben algo.
El emisario no respondió. Chasqueó los dedos.
Sus hombres se desplegaron de inmediato.
Algunos levantaron cometas de tela reforzada con costillas metálicas para capturar corrientes.
Otros clavaron estacas en el suelo y las golpearon con mazos huecos, arrancándole a la tierra pulsos graves y rítmicos.
Dos cuadrillas arrastraron trineos llenos de tubos; al abrirlos, desplegaron un coro de flautas y trompas que empezaron a moldear el viento en chorros dirigidos.
El claro se transformó en una máquina improvisada.
A Kael y Thoren les soltaron los grilletes de los tobillos, pero mantuvieron las muñecas unidas. Una guardia de ojos tormentosos, con tatuajes en forma de hojas sobre el antebrazo, les ajustó los brazaletes con un gesto experto.
—Si intentan canalizar, caen —dijo sin emoción—. Y yo me reiré.
Kael no respondió.
En el horizonte, Samvarg y Valgor chocaron otra vez. El aire mismo se agrietó con el impacto. El lobo rodó, se alzó en un enorme salto, y durante un latido pareció mirar hacia el claro.
Kael sintió que algo dentro de él se rompía.
—Samvarg…
A su lado, Thoren susurró el nombre de Valgor con una ternura brutal que nadie le conocía.
—¡Ahora! —ordenó el emisario.
Las trompas rugieron. Las cometas se tensaron. El viento se volvió una lengua helada empujando hacia el norte. Al mismo tiempo, la tierra empezó a latir con un patrón grave, tres-cuatro, tres-cuatro, como un corazón subterráneo llamando al oeste.
Kael y Thoren avanzaron hasta el borde del claro, con la cadena tirando entre sus muñecas.
—¡SAMVARG! ¡VALGOR! —rugió Kael con todo lo que le quedaba.
Por un instante, algo cambió.
Los ojos de Samvarg titilaron.
Valgor dudó en un paso.
Pero entonces el anillo cantó.
Un zumbido profundo, subterráneo, afinó el aire como una amenaza escondida bajo la tierra. Samvarg se sacudió la vacilación y volvió a lanzarse. Valgor respondió levantando una pared de roca que reventó el corredor de viento como si fuera vidrio.
—No bastará —murmuró la guardia de ojos tormentosos.
—Entonces acérquennos —dijo Kael sin apartar la vista—. Acérquenos más. Necesito verle los ojos.
—Ni loco —cortó el emisario—. Un paso en falso y nos entierran a todos.
El suelo retumbó otra vez. Una grieta se abrió entre Kael y Thoren, separándoles las botas. La cadena entre sus muñecas se tensó y les mordió la piel. De la abertura brotó un aliento tibio, metálico, como si el propio campo de Aerothis respirara debajo de ellos.
Samvarg saltó.
Valgor bajó la cabeza.
Y en ese medio latido en que el mundo contuvo el aire, Kael supo que no tenían más margen.
—Thoren —dijo, apenas un hilo de voz—. A la vez.
Thoren apretó la cadena.
—A la vez.
El emisario levantó la mano, atrapado entre dar la orden de retirada o la de fuego.
No alcanzó a decidir.
El cielo, la tierra y el hielo se partieron en un solo rugido.
Kael y Thoren gritaron otra vez los nombres de sus titanes, y por un instante feroz, por encima del caos, sus voces lograron escucharse.