CAPÍTULO 57
Mientras Nate ajustaba las riendas de Trueno e intentaba que el corazón no se le saliera por la garganta, se dio cuenta de que había algo en lo que nunca sería bueno, decir algo realmente importante cuando había que hacerlo.
Había cerrado negocios millonarios. Había intimidado a competidores con una mirada capaz de hacer que reconsideraran sus decisiones de vida.
Pero, de alguna manera, pedirle a una mujer que pasara el resto de su vida con él era lo único que hacía que le sudaran las manos y el corazón le fuera a mil por hora.
El cielo se extendía sobre el rancho con un tono dorado que se desvanecía hacia ese rosa pálido que solo aparece antes del anochecer.
Las nubes parecían pintadas, como pinceladas perezosas sobre un mundo que, por una vez, se sentía en calma (en calma de verdad).
El aire olía a lluvia inminente, a hierba fresca y a esa paz que te hace darte cuenta de que estás viviendo la vida con la que antes solo soñabas.
Gia cabalgaba a su lado, con la postura relajada y el pelo suelto al viento.
Sonreía con dulzura y complicidad. Y en su rostro había esa expresión que delataba que sospechaba algo pero que fingía no saberlo.
Nate conocía bien esa mirada. Era la misma que le había dirigido la primera vez que había pisado el rancho, cuando diagnosticó acertadamente laminitis a una de las yeguas.
—Bueno —dijo en un momento dado, rompiendo el silencio—, este paseo no me parece sospechoso en absoluto.
Nate tosió.
—¿Sospechoso? —repitió.
Gia le dedicó una sonrisa de medio lado.
—Tú y yo solos, sin llamadas de emergencia, sin órdenes y sin caballos intentando comerse los postes de la cerca. O se acaba el mundo o pasa algo.
—¿No puede un hombre llevar a su futura esposa a dar un paseo sin que se convierta en un interrogatorio? —preguntó Nate, fingiendo enfado mientras sujetaba las riendas con demasiada fuerza.
—Por supuesto que sí —respondió Gia con naturalidad—. Pero acabas de decir «futura esposa», vaquero.
Nate parpadeó, sorprendido.
—¿Lo he hecho?
—Sí, lo has hecho —afirmó Gia, conteniendo una sonrisa.
Nate sacudió la cabeza. ¿Qué le pasaba? ¿Cómo era posible que fuera tan torpe?
Carraspeó.
—Bueno, algún día lejano serás mi esposa, ¿no? —trató de disimular.
Gia lo miró de reojo.
—Claro, un día lejano —repitió.
Cabalgaron hasta que el terreno empezó a ascender y los campos abiertos dieron paso a las colinas que dominaban todo el horizonte. Era el mismo lugar donde, meses atrás, Nate le había hablado de su padre.
Nate desmontó primero. Sus botas aterrizaron con un golpe seco en la tierra. Miró a Gia.
—¿Puedes quedarte aquí un segundo? —le pidió.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Vas a proponerme matrimonio o a pelear con un oso? —le preguntó.
Él se quedó paralizado, debatiéndose entre las ganas de reír y las de desaparecer.
—Ninguna de las dos —respondió. Luego, al darse cuenta de cómo sonaba, añadió—: Bueno, quizá una de las dos.
Antes de que pudiera decir nada más, Trueno resopló y sacudió la cabeza, molesto por una repentina ráfaga de viento que barrió la colina con fuerza.
—Pues espero que no sea pelear con un oso —dijo Gia.
Las nubes empezaron a moverse, la luz se desvaneció y, como si el clima le estuviera gastando una broma cruel, la primera gota de lluvia golpeó el ala del sombrero de Nate.
¡Mierda!
En cuestión de segundos, empezó a llover a cántaros. No era una simple llovizna ni un aguacero de primavera. No, que va. Era una tormenta al estilo de Kentucky. Estruendosa, implacable y casi bíblica.
Gia se echó a reír mientras se secaba la lluvia de la cara.
—¡Joder! —exclamó Nate.
—¡Oh, vamos! ¿Has planeado proponerme matrimonio en pleno campo durante la temporada de monzones?
—¡Consulté el pronóstico del tiempo! —gruñó Nate, parpadeando para quitarse el agua de las pestañas—. ¡Decía que solo estaría parcialmente nublado!
—«Parcialmente nublado» en Kentucky significa que prepares un bote salvavidas, Nate —respondió Gia, sin poder contener la risa.
Corrieron a refugiarse bajo el gran roble que había al borde de la colina. Ambos estaban empapados y reían a carcajadas. Los caballos se sacudieron a su lado.
El pelo oscuro de Nate goteaba y su camisa se le pegaba al pecho, aumentando su atractivo.
¿Cómo podía ser tan jodidamente sexy?, se preguntó Gia.
Se lo tiraría allí mismo, con tormenta y todo.
Nate se pasó una mano por la cara y murmuró algo entre dientes sobre la mala suerte que tenía.
Entonces, como si recordara lo que aún le quemaba en el bolsillo, sacó la cajita de terciopelo.
Estaba mojada, manchada de barro y apenas se mantenía cerrada.
Pero no iba a dejar pasar un minuto más para encontrar el momento perfecto.
Gia soltó un grito ahogado, entre horrorizada y divertida.
—Nate, ¿llevabas eso encima en medio de una tormenta?
Él se encogió de hombros, empapado.
—No tenía previsto que lloviera. Solo quería un momento romántico al atardecer.
La situación, cómica se viera desde la perspectiva que se viera, hizo reír tanto a Gia, que casi se dobló en dos, con el agua corriéndole por las mejillas. Cuando por fin recuperó el aliento, su voz se suavizó y su tono burlón se transformó en algo mucho más cálido.
—Dilo, Nate. Lo que sea que hayas venido a decirme. Dímelo ya —lo animó.
Él abrió la caja. Dentro había un anillo de oro. Sin diamantes, sin ostentación. Solo algo firme y sólido. Como él. Y como le gustaba a Gia.
Nate se aclaró la garganta, mirando el anillo durante unos instantes antes de mirarla a ella. Su voz sonó ronca al principio y las palabras se le atascaban en la garganta, como si llevaran demasiado tiempo guardadas en su pecho.
—Gia Clarke —dijo—. Entraste en mi rancho y me volviste loco desde el primer momento. Desafiaste todo lo que yo creía saber. Y en algún momento, entre odiar tu terquedad y darme cuenta de que la necesitaba... me enamoré de ti.
La lluvia seguía cayendo, ahora de forma constante y suave, como si les estuviera dando privacidad. Gia parpadeó con los ojos brillantes y el pelo pegado a la cara. Parecía salvaje, libre y completamente fuera del control de él, algo con lo que, por primera vez, Nate estaba conforme.
—No necesito lujos —continuó Nate—. No necesito que nada sea perfecto. Solo te necesito a ti. Cada mañana, en cada tormenta y cada vez que me dices que me equivoco...
—Porque casi siempre tengo razón —lo interrumpió Gia con una sonrisa.
Nate sonrió y negó con la cabeza.
—Sí. ¿Lo ves? A eso me refiero. Lo necesito en mi vida. —Respiró hondo, como si se quitara el peso del mundo de encima de los hombros—. Entonces... ¿quieres pasar el resto de tu vida conmigo?
No sabía si era la frase que había ensayado más de un millón de veces, pero era la que le había salido del alma.
Gia no lo dudó. Lo agarró por el cuello de la camisa y lo besó antes de que terminara de hablar. El agua les resbalaba por la cara, y las risas se colaban en las pausas donde debían tomar aire. El beso sabía a lluvia, a viento y a anhelo. Cuando por fin se apartó, sonrió, sin aliento.
—Sí —respondió simplemente—. Claro que sí. ¿De verdad creías que te diría que no después de todo esto? —dijo, mirando al cielo.
Nate parecía aturdido, intentando procesar todavía lo que ella acababa de decir.
—No estaba seguro —dijo—. Eres impredecible.
—Pues abróchate el cinturón, vaquero —murmuró Gia, acariciándole la mandíbula con los pulgares—. Acabas de firmar un contrato para toda la vida.
Nate se echó a reír.
—El mejor contrato —dijo.
Cuando regresaron a Millstone, estaban empapados y con una risa bobalicona en el rostro. La lluvia había disminuido hasta convertirse en una llovizna suave.
El cielo se abría con el tenue resplandor de la luna a través de las nubes deshilachadas, y los cascos de Trueno y Daisy, la yegua en la que iba Gia, producían un sonido húmedo contra el suelo fangoso. El olor a heno mojado y a aire limpio los envolvía.
Martha estaba en el porche, regando las plantas.
—¡Dios mío! —exclamó al verlos—. ¡Parecéis un par de zarigüeyas ahogadas! ¿Le propones matrimonio en medio de una tormenta, Nate? ¿Qué es lo siguiente, la luna de miel en medio de un tornado?
Gia se rio, apartándose el pelo mojado de la cara, y Nate suspiró, con el aspecto de un hombre cuya dignidad lo había abandonado por completo.
—Se suponía que no iba a llover —murmuró resignado.
Martha negó con la cabeza.
—El tiempo no entiende de pedidas de matrimonio, muchacho. Ya deberías saberlo —dijo.
Detrás de ella, Jim estaba apoyado en el marco de la puerta con una de sus sonrisa engreídas y exasperantes.
—Entonces —dijo, ladeando la cabeza—, ¿ya ha sucedido?
Gia miró a Nate con una sonrisa y luego levantó la mano izquierda. La luz del porche se reflejó en el anillo dorado, todavía salpicado de gotas de lluvia, y durante un instante todo el rancho pareció detenerse para contemplar la escena.
Martha soltó un grito de alegría tan fuerte que habría despertado al condado vecino. Diego salió corriendo de la cocina, con una lata de cerveza a medio beber en la mano.
—Espera, espera, ¿eso significa que a partir de ahora tengo llamarte señora Kenwood?
Gia gimió.
—De momento, no —dijo.
Nate se echó a reír. Tomó la mano de Gia y la atrajo hacia sí, sin importarle que ambos estaban llenando el porche de charcos.
Martha, por supuesto, aplaudía como si estuviera ya en la boda.
—¡Ay, qué bonito! ¡Mañana comeremos estofado para celebrarlo!
—Nada es tan romántico como un estofado —dijo Diego.
—Cállate, Diego —respondió Martha—, que tú bien te chupas los dedos y te relames cuando lo hago. —De pronto, se le iluminó el rostro—. Ah, y prepararé una tarta de chocolate y menta, la preferida de Gia.
—Ya es hora, porque me la debes —dijo ella.
—Cierto, te prometí que te haría una tarta si aguantabas la primera semana sin tirarle algo a la cabeza a Nate, y creo que has aprobado con nota —rio.
—¿Con nota? Se ha sacado matrícula de honor —intervino Nate.
—Sí, porque aguantarte a ti es para que nos santifiquen a todos, jefe —dijo Jim.
—¿Sabes que puedo despedirte? —replicó Nate.
—Sí, pero no lo vas a hacer —respondió Jim.
La pequeña celebración se desarrolló con ruido, caos y emoción. Hubo estofado, tarta de chocolate y menta, y risas que se filtraban por las ventanas abiertas. Y también hubo un motivo para brindar.
Y en medio de todo, Nate y Gia se miraban como si el resto del mundo fuera solo ruido de fondo. Él acariciaba el dorso de la mano de ella con el pulgar. Gia sonreía, con aquel brillo en los ojos azules que se había convertido en el refugio de Nate.
—¿Sabes qué es gracioso? —dijo Gia.
—¿Qué? —murmuró Nate.
—Que la tormenta lo mejoró todo —respondió Gia—. O sea, fue un desastre total, truenos, barro, el pelo hecho un asco... pero fue real. Desordenado, impredecible... muy nosotros.
Nate la observó durante unos segundos. Esos instantes que parecen una eternidad condensada en un latido.
No se molestó en buscar las palabras perfectas, simplemente se acercó lo suficiente como para que ella pudiera sentir el calor que emanaba de su piel.
Se inclinó y presionó sus labios contra la sien de Gia, de forma lenta y cariñosa.
—Eres mi hogar, Gia —dijo, con voz grave y suave a la vez.
Ella sonrió, apoyando la cabeza en su pecho.
—Más te vale —murmuró—. Porque ahora estás atrapado conmigo, vaquero.
Nate soltó una carcajada y apoyó la barbilla sobre la cabeza de Gia.
—No lo cambiaría por nada del mundo.
Se quedaron así un rato. El silencio los envolvió como una manta, sin necesidad de palabras ni planes.
Y al otro lado de la ventana, Trueno levantó la cabeza en el prado, moviendo las orejas al oír sus voces. Emitió un pequeño bufido de satisfacción antes de volver a bajar la cabeza, tranquilo y contento.