EPÍLOGO
Un año después
El rugido de ciento cincuenta mil almas vibraba en el aire húmedo de Louisville, y una marea de sombreros extravagantes, trajes caros y copas de julepe de menta destellaban bajo el sol aquel primer sábado de mayo.
Churchill Downs era un hervidero de expectación, pero dentro de uno de los palcos privados, el mundo entero parecía haberse reducido a un silencio casi sagrado.
Había pasado un año. Un año en el que Trueno se había recuperado completamente y estaba listo para correr el Derby.
Gia se apoyó en la barandilla del palco, sintiendo el metal frío contra sus palmas sudorosas.
A su lado, Nate era una estatua de músculos en tensión.
Llevaba un traje oscuro que le sentaba de maravilla, pero su postura era la del vaquero que siempre sería, con los hombros rígidos, la mandíbula apretada, y los ojos fijos en la pista de arena.
Gia deslizó su mano sobre la de él, entrelazando los dedos.
El roce del anillo de bodas de Nate contra el suyo propio le envió una oleada de calidez al pecho.
Él giró el rostro hacia ella, y en sus ojos café, Gia vio el mismo torbellino de emociones que la consumía a ella, nervios, orgullo, y un amor tan inmenso que a veces le costaba respirar.
Detrás de ellos, el resto de «la familia de Millstone» lidiaba con los nervios a su manera. Y a ella se habían unido, emocionados, los padres de Gia, que había viajado desde Nevada.
Martha estaba sentada al borde de la silla, estrujando un programa de carreras hasta convertirlo en un cilindro de papel irreconocible, murmurando plegarias inaudibles.
Tommy no podía quedarse quieto, se mordisqueaba las uñas, asomándose por encima del hombro de Diego.
Incluso Diego, que siempre se enorgullecía de su fachada de indiferencia absoluta, estaba pálido, con los nudillos blancos de tanto apretar los prismáticos contra sus ojos.
Los demás mozos de cuadra se apiñaban en el fondo, conteniendo el aliento, detrás de sus julepes de menta.
Abajo, en la pista, el desfile hacia las gateras había comenzado. Y allí estaba él.
Trueno.
Era una visión que cortaba la respiración.
Su pelaje negro brillaba como obsidiana bajo el sol de la tarde, cada músculo de su imponente anatomía se marcaba con una definición perfecta, testimonio de una recuperación que muchos veterinarios habían catalogado de milagrosa, incluida Gia.
Caminaba con esa arrogancia regia que siempre lo había caracterizado, pero ahora había una serenidad nueva en él, una concentración letal.
Sobre su lomo, Jim, con el uniforme con los colores de Millstone, lucía la calma de un veterano, acariciando suavemente el cuello del animal, transmitiéndole confianza.
Mientras Nate observaba a su caballo ir hacia el arrancadero, un pensamiento fugaz pero muy satisfactorio cruzó su mente.
Pensó en Barron Drummond. Recordó su arrogancia, la forma en que había creído que el dinero y el poder lo eximían de las reglas del mundo.
Ahora, Drummond estaba pudriéndose en una celda, condenado por fraude deportivo, maltrato animal y extorsión.
La caída había sido estrepitosa. Cuando salió a la luz el escándalo de que había ordenado envenenar a Trueno, la repulsa fue total.
Sus socios e inversores, aquellos que antes le reían las gracias, le dieron la espalda de la noche a la mañana, huyendo de él como de la peste.
La comisión hípica no tuvo piedad. Le prohibieron de por vida pisar un hipódromo, ya fuera para competir o como propietario.
Y en cuanto a Daphne... su ambición le había costado cara.
Al verse acorralada, había colaborado con la justicia cantando como un canario para evitar la cárcel, pero había sido condenada a pagar una indemnización por ser cómplice de Drummond.
La justicia los había puesto en su sitio.
Pero hoy no se trataba de ellos. Hoy se trataba de la redención.
—Míralo —susurró Gia, con la voz temblorosa—. Está listo, Nate. Lo sabe. —El orgullo vibró en sus ojos.
—Sí —respondió él, con la garganta apretada—. Lo está.
Los padres de Gia se acercaron por detrás.
—¿Ese es Trueno? —preguntó su padre.
—Sí, papá. El caballo negro es Trueno.
—Es precioso —comentó su madre.
—Sí, realmente lo es. El caballo más precioso del mundo —dijo Gia.
La campana de aviso sonó, un tintineo agudo que hizo que el estómago de todos diera un vuelco.
Los caballos comenzaron a entrar en los cajones de salida.
En el cajón número cuatro, relinchando y pateando la arena con impaciencia, estaba Soberano, el purasangre de Sterling y Victoria.
Los rivales de siempre. Sterling estaba en un palco cercano, seguramente con su habitual sonrisa de suficiencia, pero Nate ni siquiera se molestó en mirar en su dirección.
—¡Vamos, muchacho, entra, entra! —murmuraba Tommy, sin dejar de morderse las uñas.
Trueno entró en el cajón número ocho con una docilidad sorprendente, como si comprendiera que aquel estrecho compartimento era solo el umbral hacia su gloria. Jim se acomodó en la silla, bajó las gafas sobre sus ojos y se inclinó hacia adelante.
El locutor del hipódromo alzó la voz, su tono resonó por los altavoces y rebotó en las gradas abarrotadas.
—Los caballos quedan en manos del juez de salida...
El silencio que cayó sobre Churchill Downs fue completo. Un vacío momentáneo cargado de emoción. Gia dejó de respirar. Nate apretó su mano con tanta fuerza que casi dolió, pero ella no se apartó.
—¡Tres, dos, uno…! —bramó el locutor.
Las compuertas se abrieron de golpe con un chasquido metálico.
Catorce toneladas de músculo, hueso y furia salieron disparadas hacia la pista.
El estruendo de los cascos golpeando la tierra fue como un trueno continuo que hizo temblar los cimientos del palco.
La multitud estalló en un grito ensordecedor.
—¡Ahí van! ¡Ahí van! —gritó Tommy, saltando.
En los primeros metros, la carrera fue un caos de polvo y colores. El caballo de Sterling tomó la delantera rápidamente, impulsado por una salida explosiva, pegándose al riel interior. Jim, en cambio, mantuvo a Trueno en el medio del pelotón, evitando los empujones y las encerronas.
—Tranquilo, Jim, tranquilo... —murmuraba Diego, con los prismáticos pegados a los ojos—. No lo quemes todavía.
La primera curva llegó y pasó. El ritmo era brutal, vertiginoso.
Los terrones de tierra volaban, golpeando las gafas de los jinetes.
A mitad de la carrera, Trueno iba en sexta posición.
Gia sentía que el corazón le iba a estallar en el pecho.
Miró a Nate, él tenía los ojos entrecerrados, siguiendo cada movimiento sutil de su jinete y su caballo.
Al entrar en la recta opuesta, Jim empezó a pedirle un poco más. Trueno respondió al instante. Con una fluidez que parecía desafiar la física, el caballo comenzó a devorar terreno por el exterior. Pasó al quinto, luego al cuarto.
—¡Miradlo! —sollozó Martha, con las lágrimas ya corriendo por sus mejillas—. ¡Miradlo volar!
Llegaron a la última curva, la curva que definía a los campeones.
Soberano seguía en cabeza, pero su jinete ya estaba usando la fusta, exigiéndole todo lo que le quedaba.
Y entonces, Jim encontró el hueco. No usó la fusta, simplemente se inclinó un poco más sobre el cuello de Trueno, y le susurró algo que solo el viento y el caballo escucharon.
Trueno cambió de marcha.
Fue como si le hubieran prendido fuego. Aceleró de forma repentina, tan devastadoramente poderoso, que un grito de asombro colectivo se elevó de las tribunas.
En cuestión de segundos, Trueno alcanzó a Soberano.
Durante unos instantes, corrieron emparejados.
Pero el caballo de Sterling no tenía nada que hacer contra la fuerza de la naturaleza que era el animal de Nate.
Trueno lo dejó atrás como si estuviera parado.
Entraron en la recta final. El locutor estaba perdiendo la cabeza.
—¡Es Trueno por el exterior! ¡Trueno toma la delantera! ¡Miren esa zancada, damas y caballeros, esto es historia!
En el palco, ya nadie estaba quieto. Diego gritaba a pleno pulmón, golpeando la barandilla.
Tommy abrazaba a los mozos de cuadra, saltando entusiasmado.
Martha lloraba a mares, con las manos en el rostro.
Gia y Nate estaban abrazados, gritando el nombre del caballo, con las voces rotas por la emoción.
Y los padres de Gia se encontraban con medio cuerpo fuera del palco, sin perderse ni un solo detalle. Todos vibraban.
Trueno cruzó la línea de meta con cinco cuerpos de ventaja.
El estadio entero pareció venirse abajo. Pero el locutor aún no había terminado.
—¡Y atención al reloj! ¡Atención al reloj! ¡Trueno no solo ha ganado el Derby de Kentucky, acaba de destrozar el récord hasta ahora! ¡Tenemos nueva leyenda en Churchill Downs!
El palco de Millstone explotó. Fue un caos de extremidades, lágrimas, risas nerviosas y abrazos.
Diego levantó a Tommy en el aire, Martha abrazó a Nate con tanta fuerza que casi lo derribó.
Gia primero abrazó a sus padres y después saltó a los brazos de su marido, y Nate la hizo girar en el aire, enterrando el rostro en su cuello, riendo y gritando al mismo tiempo.
Todo el sufrimiento del pasado se había desvanecido en aquellos dos minutos mágicos.
—¡Lo ha conseguido! —gritó Gia, sobre el ruido ensordecedor de la multitud—. ¡Nate, lo ha conseguido!
—¡Lo hemos logrado! —respondió él, bajándola y besándola con una pasión que dejó a ambos sin aliento.
No esperaron a que llegaran los oficiales. Como una marea imparable, todo el equipo de Millstone abandonó el palco y corrió por los pasillos del hipódromo, bajando las escaleras de dos en dos hasta llegar a la pista de arena.
El calor de la tarde, el olor a tierra removida y a sudor de caballo los recibió.
Allí, en el círculo de ganadores, rodeado de cámaras y periodistas, estaba Trueno.
Tenía las fosas nasales dilatadas, el pecho subía y bajaba como un fuelle, pero sus ojos brillaban con una inteligencia salvaje y orgullosa.
Sabía lo que había hecho. Jim, cubierto de barro de pies a cabeza, se deslizó de la silla y fue inmediatamente engullido por el abrazo de oso de Nate.
—Eres un genio, Jim. Un maldito genio —le dijo Nate, con la voz ahogada.
—No he sido yo, jefe —rio él, palmeando el robusto cuello del animal—. Hoy este chico tenía alas.
Todos rodearon al caballo. Martha acariciaba el hocico de Trueno, susurrándole palabras dulces mientras el animal resoplaba suavemente contra su mano.
Tommy no paraba de acariciar el flanco del campeón, con los ojos abiertos de par en par, sin creerse aún que estuviera tocando a una leyenda viva.
Diego, con una sonrisa que le partía la cara y que había borrado cualquier rastro de su habitual mordacidad, le daba palmaditas a Jim en la espalda.
Gia se acercó a la cabeza de Trueno. El inmenso animal bajó el cuello hacia ella, empujando suavemente su hombro con el hocico. Ella soltó una carcajada sonora, hundiendo los dedos en la crin húmeda.
—Buen chico, grandullón —susurró, apoyando su frente contra la del caballo—. Eres el mejor de todos.
Los fotógrafos se arremolinaron alrededor, pidiendo a gritos que miraran a las cámaras.
—¡Todos juntos! ¡Acercaos al caballo! —gritó un fotógrafo oficial de la carrera, levantando su enorme cámara.
La «familia de Millstone» obedeció. Se apretujaron alrededor de Trueno, que posó con las orejas erguidas, luciendo la guirnalda de rosas rojas que le acababan de colocar en el cuello, espléndido, invencible.
Martha y Tommy a un lado, junto a los padres de Gia. Diego y el resto de los mozos al otro, Jim sosteniendo las riendas con orgullo. Y en el centro, flanqueando al campeón, Gia y Nate.
Justo antes de que el flash estallara, inmortalizando aquel instante de felicidad para la eternidad, Nate pasó un brazo por la cintura de Gia, atrayéndola hacia su costado. Ella levantó la mirada hacia él, sus ojos brillaban vidriosos con lágrimas de alegría y emoción bajo el sol de Kentucky.
—Te quiero —le susurró Nate, rozando sus labios contra la sien de Gia, ajeno al caos de flashes y gritos que los rodeaba.
Gia sonrió, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo el calor del sol, el olor a rosas y a victoria, y la convicción de que por fin estaban exactamente donde debían estar. Donde tenían que estar.
—Yo también te quiero, vaquero —respondió.
Nate sonrió.
Y entonces, el flash iluminó el mundo, guardando para siempre la imagen de aquella familia elegida, coronada por la gloria de un caballo que, al igual que Gia y Nate, se había negado a rendirse.