El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 56
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CAPÍTULO 56

Había algunas cosas que Nathaniel Kenwood podía manejar sin ningún esfuerzo.

¿Domar caballos salvajes? Sin problema.

¿Arreglar vallas que las tormentas destrozaban como si fueran de papel? Como si fuera algo rutinario.

¿Entrenar sementales para carreras? Pan comido.

Pero ¿proponerle matrimonio a la mujer que amaba?

Al parecer, ahí era donde Nate se convertía en un manojo de nervios, con los hombros rígidos, las manos inquietas y sudorosas y maldiciendo en voz baja.

En el fondo, sabía que aquello no debería ser tan difícil. Era solo una pregunta. Cuatro palabritas. Pero cada vez que la ensayaba, se le secaba la garganta y sentía como si se hubiera tragado un puñado de clavos. Como era de esperar, ese tipo de reacción era muy típica en él.

Era temprano en Millstone, una de esas mañanas cuyo paisaje parecía pintado por unas manos virtuosas.

El cielo tenía un color miel y estaba despejado, y la brisa era fresca.

Los caballos pastaban, moviendo sus colas perezosamente al ver la primera luz reflejada en la hierba cubierta de rocío.

La madera del establo chascaba mientras se asentaba, y el olor a heno, polvo y caballo llenaba la atmósfera.

Dentro, Nate contemplaba una pequeña caja de terciopelo para anillos que descansaba en la palma de su mano, mirándola como si lo hubiera insultado.

—Se supone que debes ayudarme —murmuró—, no burlarte de mí.

Frente a él, Diego se apoyaba en un paquete de paja, con el sombrero echado hacia atrás y mordisqueando un palillo. Su sonrisa era abierta y mostraba diversión.

—No me estoy burlando de ti, jefe. Estoy... observando. Como un científico que estudia una especie rara. El escurridizo vaquero nervioso.

Nate le lanzó una mirada fulminante.

—¿Ya has terminado?

—Ni de lejos —respondió Diego en tono socarrón.

Nate exhaló con fuerza, cerró la caja de golpe y se la guardó en el bolsillo de la camisa como si fuera a explotar en cualquier momento.

—Solo quiero que todo salga bien, ¿vale? Ella se lo merece. Lo es todo para mí —dijo.

Hubo un silencio. Diego se enderezó un poco y su sonrisa se desvaneció.

—Vaya —dijo, soltando un silbido—. Eso es lo más romántico que te he oído decir. Casi me haces creer que tienes corazón bajo toda esa ropa vaquera y ese mal humor.

Nate gruñó.

—No hagas que parezca raro.

—Jefe… —dijo Diego, riendo—, ya es raro. Estás dando vueltas por un establo a las siete de la mañana hablando con una joya.

—Estoy planificando cómo pedirme a Gia que se case conmigo —lo corrigió Nate.

—Vale. Entonces, ¿ya tienes un plan?

—Será algo sencillo —explicó Nate—. Privado. Solo ella, yo y Trueno. Él forma parte de esto, le guste o no.

Diego sonrió.

—¿Quieres a un caballo temperamental como padrino? ¡Qué apropiado para un rancho!

Nate lo fulminó con la mirada. Por segunda vez.

A media tarde, el rancho bullía de vida.

Los campos brillaban bajo la luz del sol.

La voz de Jim se oía desde la cerca, gritando algo sobre que un caballo había lanzado una coz y había tirado una valla, y Tommy corría tras una gallina que se había escapado y que claramente parecía estar entrenando para las olimpiadas.

Martha estaba en la cocina fingiendo meterse en sus asuntos mientras escuchaba a escondidas, e incluso los mozos de cuadra sabían, de alguna manera, que Nate tramaba algo.

Todos excepto Gia.

Ella estaba en el establo, con los brazos hundidos en el saco de comida de Trueno, tarareando una canción country y completamente ajena a que su novio intentaba prepararle una emboscada romántica, con la misma pericia de un hombre que trata de esconder un tractor detrás de una cortina. Es decir, con ninguna.

Olía ligeramente a cítricos y heno, llevaba el pelo recogido en una coleta alta y tenía una mancha de polvo en la mejilla de la que no se había dado cuenta.

Si Nate la hubiera estado mirando (que probablemente lo estaba haciendo desde alguna ventana), se habría vuelto a enamorar perdidamente de ella.

En ese momento, entró Diego.

En defensa de Diego, hay que decir que realmente intentó guardar el secreto. Lo logró… antes de que su boca lo delatara.

Gia levantó el rostro al verlo entrar.

—Hola, Diego, ¿has visto a Nate? —le preguntó, con esa sonrisa sencilla y encantadora que transmitía a partes iguales calidez y curiosidad—. Ha estado actuando raro todo el día. Aún más raro de lo habitual. ¿Hay algo que deba saber?

Y eso fue todo. Eso fue todo lo que Diego necesitó. La sonrisa, la pregunta y la ligera inclinación de cabeza de Gia.

Diego se quedó paralizado como si acabara de pisar una serpiente de cascabel. Sus ojos reflejaron pánico, como un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.

—Eh... No —respondió demasiado rápido—. Es un día normal. No está planeando nada. Y desde luego, no está planeando ninguna sorpresa para ti.

Gia entrecerró los ojos.

—¿Te das cuenta de que acabas de decir la palabra «sorpresa»?

Diego cerró los ojos y gimió.

—Mierda —masculló entre dientes.

Hubo una larga pausa. Gia se cruzó de brazos y levantó una ceja, esperando a que él siguiera cavando su propia tumba.

—¿Entonces está planeando algo? —dijo.

Diego abrió los ojos y miró al techo del establo, como si esperara una intervención divina o algo parecido.

—Mira, solo te diré que, si hablo, soy hombre muerto. Martha ha amenazado con dejarme de por vida sin su famoso estofado si digo algo, y no puedo correr ese riesgo.

Los labios de Gia se curvaron en una sonrisa.

—¿Martha también lo sabe?

—Por supuesto.

—Ya veo. Entonces, ¿es una sorpresa? —insistió, como el que no quiere la cosa.

—Yo no he dicho nada —se defendió Diego, retrocediendo hacia la puerta con las palmas de las manos en alto—. Esta conversación nunca ha ocurrido. Olvida que me has visto.

Gia sonrió más ampliamente, disfrutando de la situación.

—Demasiado tarde. Te he pillado —dijo.

Diego la señaló con el palillo que llevaba en la boca.

—Eres malvada, Gia Clarke.

—Quizás —respondió ella en tono ligero—. Pero ahora tengo mucha curiosidad.

—Entonces finge que no la tienes —suplicó Diego—. Por el amor de Dios, deja que ese hombre tenga su momento de gloria.

Gia se rio y sacudió la cabeza mientras Diego se retiraba, murmurando algo sobre «que no deseaba morir, que aún era joven».

En la cocina, Nate caminaba de un lado a otro otra vez, repasando su plan por la que probablemente era la quincuagésima vez.

Ya había elegido el lugar en la que se lo pediría.

La cima de la colina a la que tanto le gustaba ir, donde el atardecer era como un lienzo pintado por un artista y el canto de los grillos ahogaba el ruido del mundo.

Todo estaba listo.

Solo que, en ese momento, escuchó desde el establo la risa de Gia, cálida y cómplice.

Y en ese instante, Nate tuvo la terrible sensación de que su propuesta perfectamente planeada podría convertirse en cualquier momento en un desastre típico del rancho Millstone. Joder, iba a entrar en paranoia si seguía así.

Una hora después, Gia encontró a Nate paseando cerca del granero del rancho, pisando la tierra con tanta fuerza que parecía querer cavar una zanja.

La luz había cambiado, el atardecer se fundía en una suave neblina ámbar que hacía que todo pareciera tranquilo. Nate tenía la cabeza en otro lugar, atrapado en sus propios pensamientos, lidiando con la versión de aquel momento que creía poder controlar.

Gia se detuvo a unos metros de distancia y lo observó con los brazos cruzados y los labios curvados en una sonrisa que intentaba reprimir sin éxito.

—Entonces —comenzó, con voz suave, pero con un toque de picardía—, ¿vas a darme una sorpresa?

Nate se quedó paralizado a mitad de camino. Levantó la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos, como un niño al que han pillado con las manos metidas en el bote de las chucherías.

—Te lo ha dicho.

—Ha insinuado algo —respondió Gia—. Aunque no estoy muy segura de qué. El pobre Diego casi se atraganta con el palillo intentando no hablar del tema.

—Voy a despedirlo —murmuró Nate. Sin embargo, ambos sabían que no lo haría.

Gia se acercó, ladeando la cabeza con una sonrisa radiante en los labios.

—Estás nervioso —afirmó.

—No estoy nervioso —respondió Nate—. Solo… estoy planificando algo muy importante.

Gia levantó una de sus cejas rubias.

—Pues si que tiene que ser importante, sí, porque vas a terminar cavando una zanja en el suelo —dijo.

Nate exhaló el aire, soltando esa especie de suspiro lento y derrotado que solo sale cuando alguien ha sido descubierto. Dejó caer los hombros.

—No se suponía que tenía que ser así —dijo.

—¿Cómo se suponía que tenía que ser? —preguntó Gia, con voz muy suave.

Nate dudó, y luego la miró. La miró de verdad.

Vio la expresión burlona en sus ojos azulísimos, la mancha de polvo que tenía en la mejilla, la forma en que su coleta caía sobre su hombro, y la calidez que transmitía incluso cuando trataba de molestarlo.

Tragó saliva con fuerza, abandonando cualquier fachada a la que aún se aferrara.

—Se suponía que iba a ser perfecto —admitió en voz baja—. Te lo mereces.

Algo en Gia cambió. Desapareció la sonrisa burlona y la actitud provocativa, y solo quedó el silencio. Se acercó más a Nate, lo suficiente como para percibir el ligero aroma a cuero y sol.

—¿Sabes qué creo que es perfecto? —preguntó.

Él levantó los ojos hacia ella.

—¿Qué?

—Esto —dijo simplemente Gia—. Este momento. Tú, yo, el olor a heno y Diego, a lo lejos, arrepintiéndose de tener la lengua tan larga.

Aquella respuesta lo desarmó por completo. Nate se echó a reír. Era una risa baja, algo ronca y auténtica, como la primera respiración profunda después de haber contenido el aire durante mucho tiempo.

—Eres única, Clarke —dijo.

—Menos mal que te gusta que sea así, vaquero —repuso Gia.

—Oh, me gusta mucho.

Gia sonrió y chocó el hombro con el de Nate.

—Mejor guarda tu propuesta para cuando no estés a punto de desmayarte.

—No voy a desmayarme —dijo él con cara seria, lo que solo hizo que Gia se riera con más fuerza.

—Por supuesto —bromeó—. Un vaquero como tú nunca se pone nervioso.

Nate sonrió y negó con la cabeza de un lado a otro.

—No juegas limpio.

—No sabía que esto era un juego —respondió Gia en tono ligero. Sus ojos se quedaron fijos en Nate un poco más, con una mirada más suave y cariñosa.

Permanecieron así un momento, envueltos en ese dulce y prolongado silencio.

El aire estaba cargado de polvo, sol y de lo que fuera que había estado creciendo entre ellos desde el día en que se conocieron.

El ruido del incombustible rancho zumbaba a su alrededor.

Alguien gritaba en el corral de entrenamiento, se oía el tintineo de una puerta y un perro ladraba a la nada.

Pero justo allí, el mundo se sentía más pequeño. Más tranquilo.

Al anochecer, el cielo parecía de oro fundido. El horizonte se extendía amplio y brillante, y las cercas proyectaban sombras largas e inclinadas sobre el pasto.

Nate y Gia caminaban uno junto al otro, rozándose las manos hasta que las entrelazaron. Los dedos de Nate eran cálidos, callosos y familiares. Su pulgar se movía distraídamente sobre los nudillos de Gia, como si estuviera memorizando la forma de su mano.

Nate seguía nervioso. Seguía dándole vueltas al asunto.

El anillo pesaba en su bolsillo, quemándole mientras pensaba cuál era el momento perfecto para hacer su proposición.

Pero cuando Gia apoyó la cabeza en su hombro, todo en su interior se calmó.

Tal vez era eso lo que en el fondo buscaba. No el momento perfecto.

—Te amo —dijo, sorprendiéndose incluso a sí mismo por lo sencillo que le había resultado decirlo—. Aunque me vuelvas loco.

Gia sonrió contra su hombro.

—Me amas sobre todo cuando te vuelvo loco.

Nate soltó una pequeña carcajada.

—Qué bien me conoces.

Los grillos empezaron a cantar al desvanecerse el último rayo de luz. Trueno relinchó desde el establo, como si les diera su aprobación, y Nate apretó la mano de Gia una vez más.