El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 55 #3
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CAPÍTULO 55 #3

—No tienes ni idea de lo que es el amor, Daphne —dijo Nate, bajando el tono de voz, hablando con una calma que resultaba aún más devastadora que los gritos—.

Ni siquiera con mi hermano. Crees que el amor es una transacción.

Crees que, porque me escuchaste cuando Victoria se fue, yo te debía mi alma.

Nunca me enamoré de ti porque no había nada real entre nosotros, solo una amistad.

Aunque ahora me queda claro que por tu parte era falsa.

Solo puro interés. Todo en ti es una fachada, una actuación para mantener tu estatus.

No te dejé por Gia, porque nunca estuve contigo.

Daphne abrió la boca para replicar, pero Nate no se lo permitió. Dio otro paso al frente, invadiendo su espacio personal, obligándola a mirarle a los ojos.

—Y Gia... Gia no exigió nada —continuó Nate, y al pronunciar su nombre, su expresión se suavizó durante una fracción de segundo—. Ella simplemente me vio por quien soy, con mis defectos y mis cicatrices, y se quedó. Eso es el amor. No el control, no la posesión. No el interés.

Daphne desvió la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de Nate. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, pero eran lágrimas de rabia, de una niña mimada a la que le habían quitado su juguete favorito.

—Pero incluso si yo fuera el mayor bastardo del mundo, el mayor cabrón.

—La voz de Nate se endureció de nuevo, volviéndose letal—, incluso si te hubiera roto el corazón en mil pedazos...

eso no justifica lo que hiciste. ¿Qué te hizo Trueno?

¡Es un animal inocente! Un ser vivo que confía ciegamente en las personas.

Intentaste parar su corazón, intentaste matarlo de la forma más agónica posible.

Te aliaste con un miserable para destruir mi legado, mi vida y la de un animal que no podía defenderse, todo porque tu orgullo estaba herido.

Eres un monstruo, Daphne. Eres una persona despreciable.

Las palabras de Nate la golpearon con la fuerza de un mazo.

Daphne se dejó caer en el sofá de cuero blanco, cubriéndose el rostro con las manos.

Los sollozos que escapaban de su garganta eran patéticos.

En el fondo, no lloraba por Trueno, no sentía remordimiento por el dolor que había causado.

Lloraba porque había perdido. Lloraba porque el hombre que tenía delante la veía exactamente como era, sin filtros, y la imagen era repulsiva.

Lloraba porque la prisión y el escándalo público eran ahora una amenaza real y palpable.

Nate se quedó de pie frente a ella, inamovible, como una estatua implacable. No sentía compasión. Había agotado toda su empatía hacia aquella mujer. Ni siquiera entendía cómo su hermano había estado casado con ella.

—Se acabó el tiempo, Daphne. ¿Qué vas a hacer? —exigió saber, mirando su reloj de pulsera.

Daphne levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos, el rímel corrido en los pómulos, y los labios temblorosos.

Miró la carpeta sobre la mesa, luego miró a Nate.

Sabía que él no estaba bromeando. Nate era un hombre de palabra, si decía que la iba a hundir, lo haría sin pestañear.

La idea de verse esposada, de salir en las portadas de los periódicos locales como una delincuente, de perder su lujoso apartamento y su círculo social, era un terror superior a cualquier lealtad que pudiera tener hacia Drummond.

Drummond solo la había utilizado, igual que ella a él.

Se pasó el dorso de la mano por la mejilla, limpiándose las lágrimas en un gesto de derrota. Toda la altivez, todo el veneno, se había evaporado, dejando solo a una mujer acorralada y aterrorizada por todo lo que podía perder.

—Lo haré —susurró, con la voz rota. La mirada estaba fija en la alfombra—. Confesaré. Le diré a la policía que Drummond me pagó y me manipuló. Les daré todo lo que tengo contra él.

Nate asintió. No hubo sonrisa de triunfo, ni celebración. Solo la satisfacción fría de un trabajo terminado. Recogió la carpeta de la mesa de cristal, asegurándose de atar bien el cordel, sabiendo que tenía copias de seguridad de cada documento.

—Mañana a las nueve de la mañana. Estaré esperando en mi camioneta frente a la comisaría del condado —dictaminó Nate, girándose hacia la puerta—.

Si a las nueve y cinco no has cruzado esas puertas por tu propio pie, entraré yo con esta carpeta y me iré directo al despacho del fiscal. No me pongas a prueba, Daphne.

Sin esperar respuesta, Nate caminó hacia la salida. Abrió la puerta y salió al pasillo, dejando atrás el asfixiante olor a pachulí y el sonido de los sollozos ahogados de la mujer que casi había destruido su vida.

Mientras esperaba el ascensor, Nate soltó un largo suspiro, sintiendo cómo la tensión abandonaba sus hombros. Había ganado. Por los pelos, pero había ganado. Trueno estaba a salvo, Drummond iba a caer, y el pasado tóxico que representaba Daphne quedaba finalmente enterrado.

El ascensor llegó con un suave tintineo. Nate entró, pulsó el botón de la planta baja y cerró los ojos, pensando únicamente en volver al rancho, en el olor a heno y tierra mojada, y en los brazos de Gia, el único lugar donde realmente quería estar. Su nuevo lugar favorito.