CAPÍTULO 55 #2
—¿Nate? —ronroneó, apoyándose en el marco de la puerta, bloqueando sutilmente la entrada—. Vaya sorpresa. No esperaba verte por aquí. ¿Acaso te has cansado ya de jugar a las casitas en el rancho con Gia y has venido a buscar a una mujer de verdad?
Nate no sonrió. Su rostro era una máscara de granito, y sus ojos oscuros brillaban con una furia tan fría y cortante que la sonrisa de Daphne se congeló en los labios. Sin decir una sola palabra, Nate empujó la puerta con firmeza, obligándola a retroceder, y entró en el apartamento.
El lugar apestaba a dinero viejo y a su perfume, una mezcla dulzona de vainilla y pachulí que de pronto a Nate le resultó irrespirable.
El salón era inmenso, decorado en tonos neutros, con enormes ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada. En el centro, una impecable mesa de cristal descansaba sobre una alfombra persa.
—¡Oye! ¿Qué te crees que estás haciendo? —protestó Daphne, cerrando la puerta de golpe. Su tono de voz se elevó, teñido de indignación—. ¡No puedes entrar en mi casa de esta manera!
Nate se giró lentamente hacia ella. Caminó hasta la mesa de cristal y, con un movimiento brusco, arrojó la carpeta sobre la superficie. El sonido del cartón golpeando el vidrio resonó como un latigazo en el silencioso apartamento.
—Ábrela —ordenó Nate. La voz era áspera, desprovista de cualquier atisbo de amabilidad.
Daphne frunció el ceño, alternando la mirada entre la carpeta y el rostro de Nate. Dejó la copa de vino sobre un mueble con mano temblorosa, sintiendo que el ambiente se había vuelto repentinamente gélido. Se acercó a la mesa, desató el cordel de la carpeta y la abrió.
Lo primero que vio fue la fotografía del club de campo. Ella y Barron Drummond, sentados frente a frente, y el sobre grueso cambiando de manos. Debajo, los extractos bancarios con las transferencias a su cuenta. Más abajo, las transcripciones de sus mensajes detallando los datos del rancho.
Nate observó con una satisfacción sombría cómo el color abandonaba el rostro de Daphne a una velocidad vertiginosa.
Su piel, habitualmente bronceada y radiante, adquirió un tono ceniciento.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente, recorriendo las páginas una y otra vez, como si esperara que las letras y las imágenes desaparecieran por arte de magia.
Sus manos, con una manicura perfecta, empezaron a temblar tan violentamente que dejó caer uno de los papeles al suelo.
—N-Nate... esto... yo no... —balbuceó, incapaz de articular una frase coherente. Retrocedió un paso, como si la carpeta estuviera ardiendo—. Esto es un montaje. Yo no sé qué es esto.
—Ahórrate las mentiras, Daphne —la interrumpió Nate, dando un paso hacia ella, acorralándola con su mera presencia—.
El detective que contraté ha rastreado cada llamada, cada mensaje, cada maldito centavo.
Sé que le diste a Drummond los planos. Sé que le dijiste cual era la cuadra de Trueno y a qué hora entrar.
Sé que le ayudaste a envenenar a mi caballo.
Daphne tragó saliva con esfuerzo. Se llevó una mano al pecho, respirando de forma agitada. Estaba acorralada, y lo sabía. Ya no había escapatoria, no había encanto ni manipulación que pudiera salvarla de las pruebas irrefutables que descansaban sobre su propia mesa.
—Tienes dos opciones —continuó Nate, saboreando cada palabra del plan que había trazado—.
O caminas tú solita hasta la comisaría mañana a primera hora y le cuentas a la policía con pelos y señales cómo Drummond planeó todo y cómo tú le ayudaste...
o le entrego yo mismo estas pruebas al fiscal del distrito.
Y te juro por lo más sagrado, Daphne, que me aseguraré de que te procesen por allanamiento, destrucción de propiedad privada, crueldad animal e intento de fraude.
Te hundiré en la miseria. Perderás este apartamento, perderás tu exclusividad en los clubs a los que vas, tus amigas de la alta sociedad te darán la espalda y terminarás en una celda.
Tú eliges: o le pones las esposas a Drummond, o te las pongo yo a ti.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por la respiración entrecortada de Daphne.
Durante unos segundos, pareció encogerse, aterrorizada por la imagen de su vida perfecta desmoronándose.
Pero entonces, algo hizo clic en su interior.
El miedo dio paso a una rabia ciega, al veneno puro de un ego herido que se negaba a asumir la culpa.
—¡Tú me obligaste a hacerlo! —gritó de repente, con la voz aguda y estridente, perdiendo toda su compostura. Las lágrimas de frustración asomaron a sus ojos, corriendo su maquillaje—. ¡Tú me empujaste a hacerlo, Nate!
Nate la miró, atónito ante la audacia de su acusación. ¿Él la había obligado? ¿Se había vuelto loca?
—¿De qué demonios estás hablando? —gruñó.
—¡De nosotros! ¡De lo que me hiciste! —sollozó Daphne, señalándolo con un dedo acusador—.
Aguanté tus charletas cuando Victoria te abandonó.
Me esforcé por encajar en tu estúpido mundo de botas sucias y caballos.
Fui la amiga perfecta para ti. Y tú... tú nunca me miraste como la miras a ella.
Nunca te enamoraste de mí. Me tenías a tu lado como un paño de lágrimas, pero tu corazón siempre estaba cerrado.
¡Y en cuanto esa... esa veterinaria de pacotilla pisó el rancho, se lo diste todo!
¡A ella sí le abriste las puertas! ¡De ella sí te enamoraste!
—exclamó con rabia—. Me humillaste, Nate.
Me desechaste como a basura en cuanto Gia apareció. ¿Cómo querías que me sintiera?
Nate la observó en silencio mientras ella se desahogaba, jadeando, con el pecho subiendo y bajando rápidamente. La miró y, por primera vez, no sintió ira hacia ella. Estaba tan vacía por dentro que ni siquiera entendía lo que estaba diciendo.