El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

El despacho de Nate, habitualmente un espacio de tranquilidad impregnado del aroma a cuero viejo, cera para madera y café recién hecho, era aquella mañana como el interior de una olla a presión.

El sol se filtraba a través de las pesadas cortinas a medio descorrer, dibujando líneas de luz sobre el imponente escritorio de caoba, pero ni siquiera la calidez del día lograba disipar la tensión que flotaba en el ambiente.

Arthur Vance, el detective privado que Nate había contratado unos días atrás, estaba sentado frente a él.

Era un hombre de mediana edad, de rostro inescrutable, traje gris impecable y una actitud profesional que delataba sus años como investigador en la policía estatal.

No había aceptado el café que Martha le había ofrecido al llegar, había ido directo al grano.

Gia se encontraba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando la escena con el corazón latiéndole a mil por hora. Nate, por su parte, estaba sentado en el sillón de madera, con la espalda rígida y las manos entrelazadas sobre la mesa.

El sonido de la gruesa carpeta de cartón manila al golpear la superficie de madera del escritorio resonó en el despacho con un golpe seco.

—Aquí está todo, señor Kenwood —dijo Vance, con una voz monocorde y carente de emoción, deslizando la carpeta hacia Nate—.

Registros de llamadas, mensajes recuperados, extractos bancarios de cuentas, testigos y fotografías de cámaras de seguridad privadas que la policía pasó por alto.

El trabajo fue limpio y bastante bueno, pero nadie es invisible hoy en día.

Nate exhaló lentamente por la nariz. Durante días, su mente había estado barajando nombres, rostros de antiguos empleados.

Estaba convencido, casi obsesionado, con la idea de que el culpable era algún trabajador resentido.

Quizás Smith, a quien había despedido seis meses atrás por llegar borracho a su turno, o Jenkins, que siempre se había quejado de los horarios.

Tenía sentido en su cabeza. Alguien que conociera las rutinas, que supiera cómo moverse por las cuadras en la oscuridad, alguien cuya sed de venganza laboral lo hubiera llevado a aceptar un soborno de Barron Drummond.

Nate abrió la carpeta. La primera fotografía en la parte superior era una imagen de seguridad, granulada pero inconfundible, tomada en la terraza de un exclusivo club de campo a más de cien kilómetros del rancho.

En ella, Barron Drummond estaba sentado a una mesa, inclinándose hacia adelante con una sonrisa de suficiencia.

Y frente a él, entregándole lo que parecía ser un sobre grueso, estaba ella.

El aire abandonó los pulmones de Nate de golpe.

—No puede ser... —murmuró, sintiendo cómo un frío glacial le recorría la espalda.

Gia dio un paso al frente, acercándose al escritorio para mirar por encima del hombro de Nate. Al reconocer la melena perfectamente peinada y el perfil altivo de la mujer en la fotografía, soltó un pequeño jadeo de asombro.

Era Daphne Rousseau.

—Daphne... —el nombre salió de los labios de Nate como si fuera un golpe en las tripas.

El detective Vance asintió, cruzando las piernas con tranquilidad.

—¿Ha sido Daphne? —preguntó Gia con incredulidad.

Nate asintió en silencio.

—Sí —respondió.

—La señorita Rousseau fue la pieza clave, señor Kenwood —comenzó a explicar el detective—.

Drummond tenía la intención y el veneno, pero no tenía la logística.

Su rancho es muy grande y tiene varios establos.

Drummond necesitaba a alguien desde dentro, o al menos, alguien que conociera el interior como la palma de su mano.

La señorita Rousseau le proporcionó los planos detallados de los establos, los horarios exactos de las rondas nocturnas y la cuadra en la que estaba el caballo.

Nate sentía que la sangre le hervía en las venas. Un fuerte zumbido se instaló en sus oídos.

Pasó las páginas de la carpeta con movimientos bruscos, casi rasgando el papel. Había transcripciones de mensajes de texto.

«El turno de Diego termina a las 12:00 de la noche. Tienes una horquilla de seis horas antes de que los mozos de cuadra entren a trabajar. Trueno está en la cuadra número diez. Al fondo.»

No había sido un peón desesperado por dinero. Ni por vengarse. Había sido la mujer con la que había compartido su casa, su mesa, y un tiempo atrás, sus penas.

Daphne, que había caminado por aquellos mismos pasillos, que había acariciado a Trueno fingiendo afecto cuando en realidad lo despreciaba.

Y lo había hecho por el motivo más rastrero y miserable de todos, el despecho.

No había soportado que Nate la dejara marcharse, no había soportado ver cómo él encontraba la verdadera felicidad junto a Gia.

Su ego herido la había llevado a aliarse con el peor enemigo de Nate para destruir lo que él más amaba.

«Hija de puta», pensó Nate para sus adentros.

—También hay constancia de una transferencia de doscientos cincuenta mil dólares desde una empresa fantasma de Drummond a una cuenta a nombre de la señorita Rousseau, tres días después del incidente con el caballo —añadió Vance, cerrando su libreta de notas—.

El caso es sólido como una roca. Si llevan esto a la policía, ambos terminarán en la cárcel.

Nate no respondió de inmediato. Sus ojos oscuros estaban fijos en la fotografía de Daphne, y la mezcla de incredulidad, asco y furia que deformaba sus facciones era aterradora.

Gia le puso una mano en el hombro, apretando con suavidad, transmitiéndole su apoyo incondicional. Nate levantó una mano y cubrió la de Gia con la suya, aferrándose a ella como a un salvavidas.

—Ha hecho un trabajo excelente, Vance —dijo finalmente Nate, con la voz ronca, controlando a duras penas la tormenta que rugía en su interior—. Mi contable le transferirá el resto de sus honorarios esta misma tarde. Le agradezco su discreción.

—Es mi trabajo, señor Kenwood. Buenas tardes, y buena suerte —se despidió el detective, levantándose con elegancia.

Hizo un leve asentimiento hacia Gia después de estrechar la mano de Nate, y abandonó el despacho, cerrando la pesada puerta de roble tras de sí.

El silencio que siguió a la marcha de Vance fue tan pesado que parecía caer sobre las cabezas de Gia y Nate.

Nate se quedó mirando la carpeta abierta, respirando hondo, procesando el nombre que aparecía en ella.

El resentimiento de un empleado era algo que podía entender, incluso gestionar sin problema.

Pero la maldad calculada de Daphne, su disposición a matar a un animal inocente solo para verle sufrir a él, para tratar de joderle la vida...

eso cruzaba una línea que Nate no sabía que existía.

Gia rodeó el escritorio y se sentó en el reposabrazos del sillón de Nate, pasando un brazo por sus hombros, pegando su cuerpo al de él.

—¿Vas a ir a la policía? —le preguntó, rompiendo el silencio, consciente de que la cabeza de Nate ya estaba trabajando a mil por hora, tratando de poner orden a todos los pensamientos que pasaban por ella.

—No —respondió él, negando con la cabeza, con un destello letal en la mirada—. Voy a ir a ver a Daphne. Me presentaré en su elegante apartamento, le pondré la carpeta con las pruebas sobre la mesa y le daré a elegir.

Nate hizo una pausa, saboreando el plan, sintiendo por primera vez que tenían la sartén por el mango. La furia ciega había dejado paso a una frialdad despiadada. Ya no era la víctima de un sabotaje, él era el cazador, y tenía a su presa exactamente donde quería.

—Le diré que tiene dos opciones. O camina ella solita hasta la comisaría y le cuenta a la policía con pelos y señales cómo Drummond planeó todo y cómo ella le ayudó...

, o le entrego yo mismo las pruebas al fiscal del distrito y me aseguro de que la procesen por allanamiento, destrucción de propiedad privada, crueldad animal e intento de fraude.

La hundiré en la miseria, Gia. La obligaré a que sea ella quien le ponga las esposas a Drummond.

Era perfecto, pensó Gia.

Daphne era cobarde y egoísta, ante la amenaza real de ir a prisión y perder su estatus social, vendería a Drummond sin dudarlo un segundo.

La imagen pública lo era todo para ella.

La idea de verse arrastrada por el fango, de perder sus privilegios, sus fiestas en clubs exclusivos y su reputación, la aterrorizaría mucho más que cualquier lealtad que pudiera fingir hacia Drummond.

Se devorarían entre ellos, y Nate ni siquiera tendría que mancharse las manos.

Gia miró el perfil duro y decidido del hombre al que quería. La tormenta estaba a punto de desatarse, aunque ahora eran ellos los que controlaban los truenos.

El trayecto en ascensor hasta el ático del exclusivo edificio residencial en el centro de la ciudad se le hizo a Nate eterno. La cabina, revestida de espejos y madera de nogal, ascendía de forma silenciosa, pero en el interior de la cabeza de Nate rugía un huracán.

Llevaba la carpeta de cartón manila sujeta con tanta fuerza bajo el brazo que se le marcaban las venas. El contraste entre el lujo aséptico del edificio y la crudeza de la traición que albergaba en sus manos le revolvía el estómago.

Cuando las puertas se abrieron con un discreto y elegante tintineo, Nate caminó por el pasillo enmoquetado con pasos pesados, como los de un verdugo que se dirige al patíbulo. Se detuvo frente a la puerta lacada en blanco y, sin dudarlo un segundo, pulsó el timbre.

Tardaron casi un minuto en abrir. Cuando la puerta se entreabrió, Daphne apareció al otro lado.

Iba vestida con una bata de seda de color perla que se ajustaba a su figura esbelta, tenía el pelo perfectamente peinado en ondas sueltas y una copa de vino blanco a medio terminar en la mano.

Al ver a Nate, una chispa de sorpresa iluminó sus ojos, seguida rápidamente por una sonrisa de suficiencia que, en el pasado, a Nate le habría parecido atractiva, pero que en aquel momento solo le producía repulsión.