El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 54 #2
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CAPÍTULO 54 #2

Gia sintió cómo los músculos del pecho y los brazos de Nate se tensaban. El latido de su corazón, antes tranquilo, se aceleró ligeramente. El vaivén del columpio se detuvo cuando Nate apoyó un pie en el suelo de madera del porche, frenando el movimiento.

—Cada vez que pienso en su cara de suficiencia me hierve la sangre —dijo.

Nate contrajo la mandíbula, y su mirada se oscureció, perdiéndose en la inmensidad de los prados que se extendían frente a ellos.

—Te juro, Gia, que hay momentos en los que lo único que quiero es subirme a la camioneta, conducir hasta su maldito rancho, echar abajo la puerta de su despacho y obligarle a cantar a base de golpes —confesó Nate, con la voz ronca por la rabia contenida—.

Quiero hacerle tragar sus propios dientes hasta que confiese lo que le hizo a Trueno.

Nadie toca a mi caballo. Nadie toca a mi familia.

Gia levantó la cabeza y buscó el rostro de Nate en la penumbra. Podía ver el brillo de rabia en sus ojos, la tensión en su cuello. Sabía que no hablaba por hablar, Nate era un hombre de acción, un hombre de campo que estaba acostumbrado a resolver las cosas de frente.

Con un suspiro comprensivo, Gia deslizó una mano por su pecho, subiendo hasta acariciar su mejilla áspera por la barba de un par de días. Su tacto fue deliberadamente suave, un gesto para traerlo de vuelta a la razón.

—No te voy a mentir, cariño... una parte de mí estaría encantada de ir contigo y atarle a la silla mientras le das la paliza de su vida —admitió Gia, esbozando una media sonrisa irónica que hizo que la expresión de Nate se relajara unos segundos—.

Alguien tiene que enseñarle a ese miserable cómo comportarse y que sus actos tienen consecuencias.

Nate soltó un bufido, inclinándose hacia el tacto de su mano.

—Pero... —añadió él, conociéndola lo suficiente como para saber que había un «pero».

—Pero, como te dije en su día —continuó Gia, mirándole a los ojos con seriedad—, si vas allí y le rompes la cara, el que acabará en la cárcel por agresión serás tú.

Drummond tiene dinero y abogados de sobra para hundirte.

Y si tú vas a la cárcel, Trueno y yo nos quedamos sin ti.

Y no estoy dispuesta a permitir eso después de lo que nos ha costado llegar hasta aquí.

No le des la satisfacción de arruinarte la vida dos veces.

Nate cerró los ojos durante un instante y exhaló un suspiro largo y pesado, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo del columpio.

Sabía que Gia tenía razón (siempre la tenía).

La violencia física solo le traería problemas legales y le daría a Drummond la excusa perfecta para hacerse la víctima.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Nate, frustrado—.

La policía dice que encontrar restos de dedalera en el comedero o en el estómago no es suficiente para pedir una orden de registro en la propiedad de Drummond.

No hay huellas, no hay grabaciones, no hay nada.

Quienquiera que entrara aquella noche, sabía exactamente lo que hacía.

Joder, hasta hackearon las cámaras de seguridad.

Gia volvió a apoyar la cabeza en su hombro.

—Exacto. Sabían lo que hacían —dijo—. Yo creo que la primera noche que entraron en el establo, cuando notaste lo del cerrojo de la cuadra de Trueno, ya tenían la intención de envenenarlo, pero por alguna razón, les salió mal.

Nate se quedó en silencio, procesando las palabras de Gia. Su mente, aguda y estratégica, empezó a unir las piezas del rompecabezas.

—Sí, puede ser —repuso—. Sigo pensando que le pudo ayudar alguien desde dentro —murmuró, con la voz repentinamente fría—. O alguien que conoce el rancho a la perfección. Estoy seguro de que alguien le facilitó a Drummond la disposición de las cuadras, los horarios… En definitiva, instrucciones.

—¿Quién te odia lo suficiente como para aliarse con tu peor enemigo, y a la vez conoce el funcionamiento de este lugar al milímetro?

—preguntó Gia—. No creo que haya sido ninguno de tus trabajadores, Nate.

Ellos te son leales. Solo hay que ver lo contentos que se pusieron al ver de nuevo a Trueno aquí.

Nate apretó los labios hasta formar una línea con ellos, y una mueca cruzó su rostro.

—He estado pensando…, quizá haya sido alguno de los trabajadores a los que he despedido y que haya decidido vengarse de mí así.

—¿Tú crees?

—No sé, pero alguien de dentro tuvo que ayudarlo —aseveró Nate.

—Cogió aire—. No voy a ir a casa de Drummond —dijo, con una calma repentina que resultaba casi intimidante—.

Voy a contratar a un detective privado. Al mejor investigador de todo el estado.

Alguien que sepa rastrear cuentas bancarias, registros telefónicos, correos electrónicos encriptados y cámaras de tráfico.

Gia lo escuchaba fascinada, viendo cómo el verdadero Nate, el líder implacable que había levantado un imperio de la nada, tomaba las riendas de la situación.

—Si alguno de mis trabajadores o de mis extrabajadores se reunió con Drummond, si hubo un pago, si hubo llamadas cruzadas en las semanas previas al envenenamiento...

el detective lo encontrará —continuó Nate, acariciando el pelo de Gia.

La suavidad de sus mechones era reconfortante—.

Y cuando me entregue ese informe con todas las pruebas, ajustaré cuentas.

Gia se quedó mirándolo.

—Es un plan brillante, Nate —susurró, sintiendo una oleada de orgullo. Se inclinó hacia él y le dio un beso suave y profundo en los labios, un beso que sellaba su complicidad—. Es mucho mejor que romperle la cara. Lo vas a hacer pagar con lo que más le duele, con su reputación y su libertad.

Nate le devolvió el beso con pasión, rodeando su cintura y atrayéndola aún más contra su cuerpo. La tensión y la rabia se habían disipado, y en su lugar había una determinación férrea y un profundo agradecimiento por tener a Gia a su lado.

—Lo haremos juntos —le prometió Nate, rozando su nariz con la de ella, mientras el columpio volvía a iniciar su ligero vaivén—. Nadie se mete con nosotros y sale impune.

Permanecieron abrazados en la cálida noche, bajo el manto de estrellas.