CAPÍTULO 54
El crujido cadencioso de la grava bajo los gruesos neumáticos de la camioneta y el remolque sonaba como la mejor de las melodías aquel día. El sol de media tarde bañaba el valle con una luz dorada y cálida, tiñendo los pastos verdes y las cercas de un resplandor casi mágico.
En el asiento del copiloto, Gia dejó escapar un suspiro largo, notando cómo la tensión acumulada de las últimas semanas terminaba de abandonar su cuerpo.
A su lado, Nate conducía con una mano apoyada relajadamente en el volante y la otra descansando sobre el muslo de Gia.
Tenía que estar siempre en contacto con ella, como si temiera que se fuera a esfumar en cualquier momento.
Cuando la imponente entrada de madera del rancho apareció en su campo de visión, un relincho grave y lleno de energía resonó desde el remolque acoplado en la parte trasera.
—Alguien ha reconocido el olor de su territorio —murmuró Nate, girando el rostro hacia Gia con una sonrisa que le iluminaba los ojos, borrando cualquier rastro de la oscuridad que lo había atormentado en el pasado.
—Sabe que está en casa —respondió ella, devolviéndole la sonrisa, y sintió un aleteo en el estómago al ver la paz que por fin reflejaban las facciones del hombre del que estaba enamorada.
Nate detuvo la camioneta en el amplio patio central, justo frente al establo principal. No hizo falta que tocaran la bocina, el comité de bienvenida ya estaba allí, esperándolos con una expectación que se palpaba en el aire.
Gia bajó del vehículo y el viento cálido le alborotó el pelo rubio, trayendo consigo el aroma familiar a heno, cuero y tierra seca que tanto había echado de menos.
Allí estaban todos. Martha, que definitivamente era como una madre para todos en el rancho, se secaba nerviosa las manos en el delantal, con los ojos ya brillantes por las lágrimas.
A su lado, Diego se ajustaba el sombrero de ala ancha con una sonrisa que rara vez dejaba ver.
Jim se apoyaba en la cerca de madera, y junto a él daba saltitos de impaciencia Tommy, que idolatraba a Trueno casi tanto como el propio Nate.
Nate y Gia caminaron juntos hacia la parte trasera del remolque. El sonido de los cascos golpeando impacientemente el suelo metálico desde el interior del vehículo delataba la ansiedad del caballo. Nate quitó el seguro con un chasquido y, con la ayuda de Gia, bajó pesadamente la rampa.
La luz del sol inundó el interior del remolque y, un segundo después, Trueno asomó la cabeza.
El majestuoso semental negro bajó por la rampa con paso firme, seguro, sin un solo rastro de la debilidad que casi le había costado la vida días atrás. Su pelaje azabache brillaba bajo el sol como las alas de un cuervo, y sus músculos se marcaban con cada movimiento.
Al pisar la tierra del patio, levantó la cabeza con altivez, dilató sus amplios ollares para aspirar profundamente el aire del rancho y soltó un relincho ensordecedor, vibrante y lleno de vida, que hizo eco en las colinas de alrededor.
Estaba entusiasmado. Empezó a dar pequeños e inquietos pasos de baile sobre sus patas traseras, tirando suavemente de las bridas que sostenía Nate, ansioso por correr, por sentir la libertad de sus prados.
—¡Tranquilo, campeón! —rio Nate, acariciándole el robusto cuello para calmar su euforia, aunque él mismo estaba a punto de estallar de alegría.
El grupo no pudo contenerse más y rompió la distancia, acercándose a Trueno con una mezcla de reverencia y euforia.
—¡Mírate nada más! —exclamó Diego, acercándose con paso seguro para palmearle el lomo con afecto—. Estás más fuerte que un roble.
—¡Hola, precioso! —lo saludó Tommy. Se aproximó a él con cuidado para ofrecerle la zanahoria que llevaba escondida en el bolsillo. Trueno la aceptó de inmediato, frotando su hocico contra su hombro, haciéndolo reír.
Jim se acercó para acariciarle la crin, asintiendo con aprobación.
—Es un milagro, jefe. De verdad que lo es —comentó.
Pero fue Martha quien se arrimó con más devoción. La mujer levantó ambas manos y acunó el enorme rostro del caballo. Trueno cerró los ojos y exhaló un suspiro, dejándose mimar.
—Mi niño hermoso... —susurró Martha, con la voz llena de emoción, dejando que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas regordetas—. Estás de vuelta en casa. Por fin estás de vuelta en casa.
Gia observaba la escena desde un par de metros de distancia, con el corazón hinchado de una felicidad tan inmensa que le dolía el pecho. Ver a Trueno sano, rodeado de la gente que lo quería, era la recompensa a todo el sufrimiento. Instintivamente, dio un paso atrás, cediéndoles el protagonismo.
Pero Nate no iba a permitirlo.
Dejó que Tommy sostuviera la brida de Trueno y se giró hacia Gia.
La miró con una intensidad que hizo que el mundo alrededor de ellos pareciera detenerse.
Sus ojos transmitían un agradecimiento infinito, un amor profundo y una admiración absoluta.
Nate dio un paso hacia ella, acortando la distancia, y carraspeó para llamar la atención de todos.
—Trueno está en casa —dijo, con voz fuerte y clara para que todos lo escucharan, pero sin apartar la vista de los ojos de Gia—. Y ha sido posible gracias a ella.
El grupo guardó silencio, girándose hacia la pareja. Gia sintió que el rubor le subía por el cuello hasta las mejillas. ¡Dios, le ardían!
—Yo estuve a punto de destruirlo todo —continuó Nate, sin miedo a mostrar su vulnerabilidad ante sus trabajadores, asumiendo sus errores con una madurez que meses atrás habría sido impensable en él—.
Pero Gia no se rindió. Se enfrentó a mí, sacrificó todo lo que tenía y luchó por este caballo cuando nadie más lo habría hecho.
Todo ha sido gracias a ella. Le ha salvado la vida a Trueno... y me la ha salvado a mí.
Gia abrió la boca para restarle importancia, para decir que solo había hecho su trabajo, pero antes de que pudiera articular palabra, Nate acortó los últimos centímetros que los separaban.
Delante de todos, sin dudarlo un solo segundo, extendió la mano y tomó la de Gia.
Entrelazó sus dedos con los de ella con firmeza, en un gesto cálido y posesivo que gritaba al mundo entero que estaban juntos, que ella era suya y él era de ella, y que nada ni nadie volvería a separarlos.
Gia sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Apretó la mano de Nate, aceptando el gesto, aceptando su lugar a su lado, ya no solo como la veterinaria del rancho, sino como su compañera de vida.
Un murmullo alegre recorrió al grupo. Diego se bajó el ala del sombrero para ocultar una sonrisa de satisfacción, asintiendo levemente hacia Nate en señal de aprobación. Por fin había entrado en razón. Jim le dio un codazo cómplice a Tommy, que sonreía de oreja a oreja.
Martha, que se estaba secando las lágrimas con el borde del delantal, se irguió de golpe. Sus ojos chispearon con esa mezcla de autoridad maternal y picardía que la caracterizaba. Puso los brazos en jarra y les dirigió una mirada fingiendo severidad.
—Bueno, ya era hora, par de cabezotas —exclamó, rompiendo el solemne momento y haciendo que todos sonrieran—. Me habéis tenido con el corazón en un puño todos estos días con vuestras tonterías.
Nate soltó una carcajada, tirando suavemente de la mano de Gia para acercarla a su costado, rodeando su cintura con el brazo. Gia apoyó la cabeza en su hombro, riendo también. Se sentía increíblemente ligera.
—Pero os advierto una cosa a los dos —continuó Martha, alzando un dedo acusador hacia ellos, aunque la enorme sonrisa en su rostro la delataba—.
Como volváis a enfadaros, como volváis a montar un drama de estos...
juro por Dios que os encierro a los dos en la despensa de la cocina.
¡Y tiraré la llave al pozo hasta que arregléis el problema!
Todos estallaron en carcajadas. Diego soltó una risa ronca, Jim y Tommy aplaudieron la ocurrencia, y hasta Trueno pareció unirse a la algarabía soltando un sonoro bufido y sacudiendo las crines.
Gia rio a carcajadas, escondiendo el rostro en el pecho de Nate, embriagada por el sonido de su risa vibrando contra ella. Nate le besó la cabeza con ternura, apretándola contra él.
Rodeados de risas, bajo el sol dorado de la tarde y con el caballo que los había unido sano y salvo a pocos metros, Gia supo que estaban en casa. Y esa vez, era para siempre.
El suave sonido de las cadenas metálicas del columpio de madera del porche era el único sonido que rompía el silencio de la noche, acompañado por el canto lejano de los grillos.
Era una velada de primavera inusualmente cálida y tranquila. El cielo, despejado de cualquier nube, se desplegaba sobre el rancho como un inmenso manto de terciopelo negro salpicado por miles de estrellas.
En el porche, envueltos en la penumbra y en la intimidad que les brindaba la oscuridad, Gia y Nate se mecían lentamente.
Estaban abrazados, fundidos el uno en el otro.
Gia tenía las piernas recogidas sobre el cojín y la cabeza apoyada en el pecho de Nate, escuchando el latido fuerte y acompasado de su corazón.
Él la estrechaba contra su cuerpo, con la barbilla apoyada en su cabeza, acariciando distraídamente su brazo con el pulgar.
Era un momento de paz absoluta, un oasis después de la tormenta que casi había destruido su relación.
Sin embargo, a pesar de la serenidad del entorno, había una sombra que aún planeaba sobre ellos, un cabo suelto que se negaba a desaparecer.
—Todavía tengo que hacer pagar a Drummond por lo que le hizo a Trueno —dijo Nate muy serio.
—Aún cuesta creer que lo envenenara —murmuró Gia.
Su voz era suave, pero estaba cargada de indignación—.
Es tan rastrero... tan hijo de puta. La digitalina que contiene esa planta ataca directamente al músculo cardíaco.
Es un veneno silencioso y letal. Quería que pareciera un fallo cardíaco natural para que nadie hiciera preguntas. Quería matar a Trueno y salir impune.