El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 53 #2
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CAPÍTULO 53 #2

Lo miró a los ojos y, por primera vez desde que se conocieron, no vio la sombra de Victoria acechando detrás de ellos.

El fantasma se había desvanecido por completo.

La obsesión que lo había consumido se había quemado hasta las cenizas en el fuego de la tragedia que había tenido lugar en el hipódromo de Churchill Downs.

Nate había aprendido la lección de la forma más dura, cruel y dolorosa posible.

Había tenido que asomarse al abismo de perder a su caballo y a la mujer que amaba para salir de la espiral de rencor y venganza en la que estaba inmerso.

Y al verlo allí, despojado de su orgullo, vulnerable y completamente entregado a la verdad, Gia sintió que la última piedra del muro que rodeaba su corazón se desmoronaba.

El agotamiento de las últimas semanas, la tensión de la cirugía, el dolor de la separación... todo pareció evaporarse, dejando solo una profunda y abrumadora sensación de paz.

Gia dejó caer los brazos a los costados, rendida. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas, pero ya no eran lágrimas de rabia ni de tristeza, sino de alivio. El aire volvió a sus pulmones con una inspiración profunda.

—Has sido un idiota, Nate —susurró, con una media sonrisa delineada en los labios.

Nate soltó una risa ahogada. Un sonido húmedo y cargado de alivio. Empezaba a ver la luz.

—El mayor idiota del mundo. Lo sé —dijo.

Gia dio el último paso que los separaba. Levantó ambas manos y las apoyó suavemente sobre el pecho de Nate, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la camisa arrugada. Él cerró los ojos, lanzando un suspiro al sentir el contacto.

—Te perdono —dijo Gia. Dos palabras simples, pero que pesaban toneladas. Dos palabras que borraron los días de oscuridad—. Te perdono, Nate.

Al escuchar aquellas palabras, Nate se derrumbó. Envolvió a Gia entre sus brazos con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma a cítricos como si fuera oxígeno. Gia lo abrazó a su vez, enredando sus dedos en el pelo revuelto de él.

El abrazo desesperado se transformó de forma natural, casi inevitable, en algo mucho más profundo. Nate levantó el rostro de Gia con ambas manos, acariciando sus mejillas con los pulgares, y unió sus labios a los de ella.

Fue un beso salado por las lágrimas, vacilante al principio, pero que rápidamente cobró fuerza, cargado de todo el arrepentimiento de Nate y del perdón que Gia le acababa de regalar.

Gia se aferró a la tela de su camisa manchada, percibiendo el calor del pecho de Nate contra el suyo, y por primera vez en semanas, sintió que el suelo bajo sus pies dejaba de temblar.

En aquel beso se fundieron el dolor, la rabia, el miedo y las noches en vela, dejando únicamente al descubierto el amor real y tenaz que había sobrevivido bajo los escombros de su relación.

Estaban tan inmersos el uno en el otro, reconstruyendo su mundo en aquel pequeño espacio, que casi no notaron el cambio.

Un sonido gutural rompió la burbuja en la que se habían encerrado.

No fue el agudo pitido del monitor, sino un resoplido ronco, seguido del roce pesado de un casco contra el acero de la camilla.

El ritmo en la pantalla del electrocardiograma se aceleró ligeramente, abandonando la cadencia lenta del letargo profundo en el que había estado sumido Trueno.

Nate y Gia rompieron el beso lentamente, con las respiraciones entrecortadas y las frentes aún rozándose.

Se miraron a los ojos durante un segundo de desconcierto que rápidamente se transformó en asombro.

Una chispa de felicidad estalló en las pupilas de ambos.

Sin necesidad de decir una sola palabra, se giraron al unísono hacia el centro del box.

Trueno estaba volviendo en sí.

El inmenso semental negro movió las orejas, captando los sonidos del entorno con esa sensibilidad innata de su especie.

Sus párpados, pesados por los potentes sedantes que le habían administrado, comenzaron a parpadear lentamente, revelando por fin el brillo oscuro, profundo y familiar de sus ojos.

Sus ollares se dilataron al aspirar el aire impregnado de antiséptico del ambiente, y en un acto reflejo, intentó levantar su enorme cabeza, pero la debilidad muscular aún lo mantenía en la camilla acolchada.

Emitió un leve quejido, mezcla de confusión y cansancio.

Gia fue la primera en llegar a su lado. Su instinto de veterinaria se entrelazó a la perfección con el amor casi maternal que sentía por él.

Pasó las manos por el robusto cuello del animal, comprobando instintivamente su temperatura y el pulso en la vena yugular, mientras su rostro se iluminaba con una sonrisa radiante.

—Tranquilo, grandullón, tranquilo... Ya pasó todo —susurró con una voz dulce, melódica y rítmica, diseñada para calmar el instinto de huida del caballo—. Estás a salvo, mi niño. Lo has hecho muy bien, mi valiente. Quédate quieto, no hay prisa.

Nate se colocó al otro lado de la cabeza de Trueno.

Sus manos, que unas horas antes temblaban al verlo desplomarse en la arena de la pista, ahora eran cálidas y firmes.

Acarició la crin azabache, enredando sus dedos en el pelo, y bajó la mano para frotar suavemente el hocico del animal.

Al sentir el tacto, Trueno exhaló un largo suspiro por la nariz.

Reconoció de inmediato el olor de su dueño, el tacto de las manos que lo habían criado, y dejó caer todo el peso de su cabeza sobre Nate, en un gesto de rendición y confianza absoluta que a él le estrujó el corazón.

Nate sintió un nudo de agradecimiento bloqueándole la garganta. El pecho del caballo subía y bajaba rítmicamente. Estaba vivo. Su respiración era fuerte.

—Perdóname por todo. Por favor, perdóname —le pidió Nate—. Gracias por quedarte aquí, mi chico. Conmigo. Gracias.

Levantó la vista y miró a Gia por encima del cuerpo del caballo. Ella lo observaba con los ojos brillantes por las lágrimas de alegría, acariciando la cabeza de Trueno.

La imagen de la mujer que les había salvado a ambos, cuidando en ese momento de su caballo, era la estampa más hermosa que Nate había presenciado jamás.

Una sonrisa amplia, desprovista de cualquier sombra de arrogancia se dibujó en su rostro. Era una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, borrando de un plumazo las ojeras y la tensión acumulada. Incluso el golpe de la cabeza dejó de dolerle.

Volvió la mirada hacia el semental, acariciando con el pulgar la característica estrella blanca que adornaba su frente.

Se inclinó hasta rozarla con sus labios, sintiendo el calor de la piel de Trueno, y le habló con la voz cargada de una ternura infinita, con la promesa solemne de que la presión y el egoísmo habían quedado atrás para siempre.

—Pronto estarás en casa, campeón —le susurró, acariciándolo con devoción—. Pronto volveremos a casa. Los tres.

Alzó el rostro hacia Gia y ella sonrió.