CAPÍTULO 53
El sonido del monitor parecía ser lo único que mantenía a Gia anclada a la realidad en ese instante. Las palabras de Nate flotaban en el aire aséptico del box, pesadas y cargadas de una vulnerabilidad que ella jamás había visto en él. No hasta ese extremo.
Gia se quedó paralizada, con los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto instintivo de protección, como si sus propias extremidades pudieran escudar su corazón de un nuevo golpe.
Lo miró a los ojos.
El hombre que tenía delante era apenas una sombra del orgulloso y obstinado ranchero que la había desterrado de su vida. Tenía los hombros caídos, el rostro surcado por las lágrimas y una mirada de súplica tan profunda que a Gia le dolió sostenerla.
Dudó.
Un torbellino de emociones contradictorias se desató en su interior.
Por un lado, el instinto de supervivencia le gritaba que huyera, que no volviera a confiar en el hombre que le había destrozado el corazón.
El recuerdo de sus gritos, de su desprecio, de la forma en que la había mirado como si lo hubiera decepcionado, seguía ardiendo en su pecho como una brasa al rojo vivo.
Pero, por otro lado... sonaba tan sincero.
Su dolor era palpable, real, desprovisto de cualquier máscara de arrogancia.
Nate leyó la duda en los ojos de Gia. Vio el muro de hielo tambalearse, pero sabía que un simple «lo siento» no iba a ser suficiente para derribarlo. Tenía que arrancar de cuajo el veneno que él mismo había inyectado entre los dos.
Tragó saliva y notó la garganta seca como el papel de lija. Avanzó un paso minúsculo hacia ella, temeroso de que se diera la vuelta y se fuera.
—Gia... —comenzó de nuevo, con la voz ronca, casi como un susurro que competía con la respiración pesada de Trueno sedado—. Sé que mis disculpas ahora mismo no valen nada. Pero hay algo que necesito decirte. Algo que he tardado demasiado tiempo en entender.
Gia apretó los labios, conteniendo la respiración, incapaz de apartar la vista de los ojos enrojecidos de Nate.
—Los análisis... —continuó él, y al pronunciar esa palabra, Gia se tensó visiblemente.
Era la herida abierta, el punto de inflexión de su relación—.
Cuando filtraste los resultados de los análisis de Trueno a la prensa...
te llamé traidora. Te miré a los ojos, y te dije que me habías apuñalado por la espalda.
Nate cerró los ojos un segundo, como si el eco de sus propias palabras le produjera un dolor insoportable. Al abrirlos, estaban inundados de nuevas lágrimas.
—Pero la verdad, Gia... la maldita verdad que me negaba a ver es que la única traición en todo esto es la mía.
—La voz le tembló, rompiéndose en la última sílaba—.
Lo que hiciste no fue una traición. Fue un acto de desesperación.
Ahora lo sé. Y lo hiciste porque yo te obligué.
Te arrinconé. Estaba tan ciego, tan enfermo de orgullo y de odio por querer que Trueno corriera el maldito Derby, que no te dejé otra salida.
Gia sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Sus manos, aferradas a sus propios brazos, comenzaron a temblar.
Ella había sacrificado su reputación, su trabajo y al amor de su vida única y exclusivamente para salvar a un animal inocente de una muerte segura, y a cambio, Nate la había echado del rancho.
Que ahora estuviera ahí, reconociendo exactamente eso, validando su sacrificio, era un bálsamo que no sabía cuánto necesitaba hasta ese preciso momento.
—Te puse entre la espada y la pared —continuó Nate, negando con la cabeza, asqueado de sí mismo—.
Te obligué a elegir entre el hombre que amabas y tu juramento como veterinaria, tu conciencia, tu humanidad —dijo—.
Pero hiciste lo correcto. Hiciste lo más valiente que alguien podía hacer, sabiendo lo que te costaría.
Intentaste salvar a mi caballo de mi propia locura... y yo te castigué por ello.
Una lágrima solitaria escapó de los ojos de Gia, resbalando por la pálida mejilla. Sus brazos perdieron fuerza y cayeron lentamente a los costados. El muro se estaba agrietando a una velocidad vertiginosa.
—Te pido perdón, Gia —suplicó Nate, con el corazón en la mano—.
Te ruego que me perdones por haberte llamado traidora, por no haberte escuchado.
Y, sobre todo, te pido perdón por haberte echado del rancho de la manera en que lo hice.
Como a un perro. Te arranqué de mi vida cuando eras la única persona que estaba intentando salvarme.
Fui un cobarde y un imbécil. Y me odio cada segundo por el daño que te he hecho.
Gia cogió aire. Ver a aquel hombre, fuerte y orgulloso, ante ella, completamente desarmado y llorando su arrepentimiento, hizo que su corazón se ablandara.
La rabia, el resentimiento y el orgullo herido que la habían mantenido a flote durante las últimas semanas comenzaron a disolverse, arrastrados por la marea de una verdad que no podía negar.
A pesar de todo el daño, a pesar de las noches en vela llorando, a pesar de la humillación... lo quería. Lo amaba con una intensidad que la asustaba. Su corazón seguía irremediablemente atado al de él. Siempre lo estaría.
Al escucharlo asumir su culpa, al ver que por fin comprendía la magnitud de su sacrificio, Gia sintió que el hombre del que se había enamorado, el verdadero Nate, el que amaba a sus caballos y tenía un corazón noble, había regresado de entre las sombras de su propia venganza.
Aún no estaba lista para pronunciar las palabras mágicas.
El daño era demasiado profundo para borrarse en una sola noche.
Pero mientras lo miraba llorar, Gia dio un paso al frente.
Sus zapatillas no hicieron ruido al acortar la distancia entre los dos.
Lentamente, con una mano temblorosa, le acarició el rostro.
No dijo que lo perdonaba, no todavía, pero sus dedos rozaron suavemente la mejilla de Nate, enjugando una lágrima con el pulgar.
El tacto de los dedos de Gia sobre la piel húmeda y áspera de Nate fue como una chispa en medio de la oscuridad.
Él cerró los ojos al sentir la caricia vacilante, inclinándose hacia su mano como un hombre sediento que bebe agua por primera vez en meses.
Sin embargo, la mente de Gia seguía siendo un campo de batalla.
Aunque su corazón anhelaba rendirse, había una espina profundamente clavada en su alma, una sombra que había envenenado todo desde el principio.
Gia retiró la mano despacio, dejando que el frío del box volviera a instalarse entre los dos. Alzó los ojos, obligando a Nate a mirarla.
—Todo esto suena muy bien ahora, Nate...
—comenzó, con la voz cargada de emoción, pero firme, cruzándose de brazos de nuevo para protegerse del frío que nacía de sus propias dudas—.
Estás asustado. Has visto derrumbarse el mundo a tu alrededor, casi pierdes a Trueno y estás lleno de culpa.
Pero... ¿qué pasará mañana? ¿Qué pasará cuando salgas de este hospital y la realidad vuelva a golpearte?
Nate frunció el ceño, confundido.
—Gia, te juro que...
—¿Qué pasa con Victoria? —lo interrumpió ella.
El nombre cortó el aire como el filo de una navaja.
Al pronunciarlo, Gia sintió un nudo amargo en la garganta—.
Ella es la razón de todo esto. Tu necesidad de demostrarle algo, tu necesidad de destruir a su marido en la pista...
Esa fue la obsesión que te cegó. ¿Cómo sé que ese fantasma no va a volver a interponerse entre nosotros?
¿Cómo sé que no volverás a sacrificarlo todo la próxima vez que ella se cruce en tu camino?
Nate no parpadeó. No hubo ni una fracción de segundo de duda en su rostro, ni un destello de dolor o de nostalgia al escuchar el nombre de la mujer que una vez lo había consumido. Había una expresión de claridad, casi de repulsión hacia sus propias acciones.
Enderezó la espalda, tratando de aliviar la tensión acumulada en los músculos. No la tocó, respetando la barrera invisible que ella había levantado de nuevo, pero la miró con una intensidad que le cortó la respiración.
—Victoria no me importa, Gia —dijo Nate. Su voz no era un grito defensivo, sino una afirmación rotunda, grave y cargada de una sinceridad aplastante—. No siento absolutamente nada por ella. Nada.
Gia escrutó sus ojos, buscando cualquier grieta en su armadura, cualquier indicio de mentira, pero solo encontró un lago en calma.
—No sé… —Sacudió ligeramente la cabeza.
Nate volvió a hablar.
—Durante mucho tiempo creí que era amor, o dolor por su traición —dijo, dando un paso al frente, acortando la distancia física y emocional entre ellos—.
Pero era solo mi maldito ego herido. Era orgullo.
Quería destruir a Sterling porque me sentía humillado, y usé a Trueno, y te usé a ti, como peones en un juego estúpido y vacío.
Pero cuando vi a Trueno desplomarse en la pista...
cuando vi la vida escaparse de sus ojos por mi culpa, la venda se cayó, Gia.
Nate levantó una mano, señalando vagamente hacia la puerta del box, hacia el mundo exterior.
—La venganza, Sterling, Victoria... todo eso me da exactamente igual.
Me dan asco. Ella ya no significa nada para mí.
Es solo un recuerdo borroso de una vida en la que yo era un completo imbécil.
—Nate bajó la mano y la llevó al pecho, justo sobre su corazón—.
Lo único que es real, lo único que tiene valor en mi vida, está en esta habitación.
Es este caballo, que me ha dado todo sin pedir nada a cambio.
Y eres tú. Tú, Gia. Tú eres la realidad.
Tú eres mi vida ahora. Tú eres la mujer a la que amo.
—Dejó escapar un suspiro—. Y casi te pierdo por perseguir a un fantasma.
Gia se quedó sin aliento. Las palabras de Nate resonaron en las paredes del box, rebotando en su mente una y otra vez.
«Ella ya no significa nada para mí.»