El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 52 #2
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CAPÍTULO 52 #2

Tras horas de una batalla agónica, de ajustar dosis al milímetro, de masajes, de sudor frío y de una tensión en el ambiente que era casi palpable, el corazón de Trueno finalmente había dejado de fibrilar.

Había encontrado su ritmo. Lento, débil todavía, pero constante.

Y eso era lo importante. Lo más importante.

El doctor Harrison dejó escapar un largo suspiro, quitándose el gorro quirúrgico y pasándose el brazo por la frente perlada de gotas de sudor. Miró a Gia con un respeto absoluto en los ojos.

—Lo hemos conseguido, señorita Clarke —comenzó a decir—. Sus conocimientos sobre la dedalera y su intervención en este caso ha sido providencial. Sin esos datos, lo habríamos perdido —aseguró—. Por suerte, ya está fuera de peligro.

Gia no pudo responder. Un nudo del tamaño de un puño le bloqueaba la garganta.

Se limitó a asentir en silencio, acercándose a la cabeza del enorme animal que yacía sedado sobre la camilla acolchada del box.

Con manos temblorosas, acarició la crin negra y húmeda de Trueno, apoyando su frente contra la del caballo.

Las lágrimas, que había contenido estoicamente durante toda la intervención, comenzaron a resbalar por sus mejillas en silencio.

Estaba vivo.

Su grandullón estaba vivo.

Mientras tanto, en la fría sala de espera, Nate seguía en la misma posición, atrapado en su particular purgatorio de culpa.

Cada minuto que pasaba era una losa más sobre su espalda.

Cuando la puerta batiente del box se abrió, levantó la cabeza con brusquedad.

Tenía el corazón encogido. Necesitaba que le dieran noticias sobre Trueno ya.

Necesitaba saber cómo se encontraba su caballo.

La enfermera que había salido antes se acercó a él. Su rostro ya no mostraba esa urgencia de horas atrás, en aquel momento mostraba una suave sonrisa de alivio.

—Señor Kenwood... —empezó ella con voz calmada.

—Dígame.

La sonrisa de la enfermera se amplió un poco más en sus labios, y un hilo de esperanza creció en el pecho de Nate.

—Trueno está por fin estable. La situación ha sido muy crítica, pero gracias a la señorita Clarke y al equipo, está fuera de peligro. Puede entrar a verle un momento si lo desea.

Nate sintió que las piernas le fallaban. Las rodillas le temblaban. Se tapó la cara con las manos, dejando escapar un sollozo ahogado, un sonido roto y gutural que llenó el silencio de la sala. Había estado tan cerca del abismo. Ufff…

Se puso en pie, asintió hacia la enfermera en un gesto mudo de agradecimiento y caminó hacia las puertas batientes.

Al entrar en el box de cuidados intensivos, el olor a antiséptico y a medicamentos lo envolvió. Pero allí, bajo la luz blanca y fría de los fluorescentes, vio la escena que terminaría de romperle el corazón.

Gia estaba de espaldas a él, inclinada sobre Trueno, acariciando el cuello del animal con una devoción infinita, susurrándole palabras de consuelo que Nate no lograba oír.

Nate ya no era el hombre arrogante, cegado por el orgullo y la sed de venganza que había pisado la pista de Churchill Downs. Era un hombre vacío, humilde, despojado de su ego y aplastado por el peso de sus propios errores.

Dio un paso al frente.

Sus botas rozaron el suelo de goma, y Gia se tensó de inmediato al notar su presencia. Se irguió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, y tras unos segundos se giró. Sus ojos, enrojecidos por el llanto y el cansancio, se clavaron en Nate. Eran dos témpanos de hielo.

—Gia... —susurró él, con la voz tan frágil que parecía a punto de romperse.

—No —lo cortó ella, tajante—. No tengo por qué hablar contigo. Ya me has dicho suficiente. Me voy.

Gia hizo el ademán de pasar por su lado para salir del box, pero Nate, en un acto de desesperación, la sujetó suavemente por el brazo. La expresión de su rostro reflejaba una súplica.

—Por favor... —le rogó, con los ojos anegados en lágrimas—. Por favor, Gia. Solo un minuto. No te pido que me perdones. Sé que no lo merezco. Pero por favor, escúchame.

Gia levantó los ojos hacia él. Su respiración era agitada. Lo miró de arriba abajo, viendo al hombre destruido que tenía delante, y toda la rabia y todos los nervios acumulados estallaron por fin.

—¿Que te escuche? —siseó Gia, bajando la voz para no alterar al caballo, pero destilando un veneno que quemaba.

Apartó el brazo para soltarse de Nate—. ¿Ahora quieres hablar, Nate?

Has sido un completo irresponsable. Un egoísta ciego.

¡Joder, has estado a punto de matarlo! ¡Míralo!

—Gia señaló al caballo intubado con un gesto tembloroso—.

¡Te lo advertí! Te lo dije mil veces. Te dije que su corazón no lo soportaría, te rogué que lo dejaras descansar, que no lo forzaras, que aún estaba recuperándose —le echó en cara—.

Pero no. Tu maldito ego era más importante.

Tu estúpida venganza era más importante que la vida del animal que confió en ti.

Me ignoraste, Nate. Ignoraste todo lo que te dije.

¡Todo! Me echaste de tu vida porque te decía la verdad que no querías escuchar.

Nate cerró los ojos, recibiendo cada palabra como un puñetazo. No intentó defenderse. No tenía argumentos para hacerlo. ¿Qué podía decir? Nada. Cuando volvió a abrir los ojos, no apartó la mirada de Gia.

—Tienes razón —dijo, con la voz rota, dejando que las lágrimas cayeran libremente por su rostro—. Tienes toda la razón, Gia. Fui un imbécil. Un monstruo.

Gia parpadeó, sorprendida por la falta de resistencia de Nate. Esperaba excusas, justificaciones (como tantas y tantas le había dado hasta ese momento), pero solo encontró una rendición absoluta. Franca.

—Cuando lo vi caer... —continuó Nate, dando un paso vacilante hacia ella, con la mirada perdida en el recuerdo de la pesadilla que había vivido unas horas antes—.

Cuando poco antes de cruzar la meta sus piernas fallaron, cuando se desplomó en la arena...

el mundo entero se detuvo. ¿Y sabes qué fue lo más patético?

—Nate soltó una risa amarga y desprovista de cualquier vestigio de humor—.

Que, en ese momento, mirando su cuerpo inerte en el suelo, ni siquiera me acordé de Victoria.

Ni de Sterling. Ni de la maldita carrera, ni de la venganza. Todo eso desapareció.

Nate la miró directamente a los ojos, desnudando su alma por completo.

—Me di cuenta de que, por mi puta obsesión, había estado a punto de destruir lo único puro y noble que me quedaba en este mundo.

—Miró a Trueno durante unos instantes por encima del hombro de Gia, antes de volver a clavar sus ojos de color café en los de ella—.

Y me di cuenta de algo peor, Gia. Me di cuenta de que, en mi ceguera, ya había destruido lo mejor que me había pasado en toda mi vida.

Te destruí a ti. Te aparté cuando eras la única que intentaba salvarme de mí mismo.

El silencio cayó sobre el box, roto únicamente por el pitido acompasado del monitor. Gia se quedó inmóvil, sintiendo cómo la barrera de hielo que había construido alrededor de su corazón comenzaba poco a poco a derretirse ante la cruda y dolorosa honestidad de las palabras de Nate.

Él no pedía redención, simplemente estaba asumiendo, por fin, la magnitud de sus errores.