El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 52
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CAPÍTULO 52

El trayecto hacia Louisville se convirtió en una auténtica pesadilla de asfalto y agua.

Apenas media hora después de haber dejado atrás el hospital, el cielo se abrió por la mitad y desató una tormenta que parecía el diluvio universal.

La lluvia se estrellaba contra el parabrisas de la vieja camioneta de Gia como si fueran puñados de piedras.

Los limpiaparabrisas funcionaban a su máxima velocidad, emitiendo un chirrido agonizante, pero apenas lograban despejar la cortina de agua unos segundos, antes de que el cristal volviera a quedarse sin visibilidad.

Los relámpagos iluminaban intermitentemente el interior del vehículo, revelando el rostro pálido y tenso de Gia.

Tenía las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los dedos le dolían, y sus ojos, fijos en la escasa porción de carretera que los faros lograban perforar a la oscuridad, ardían por la falta de parpadeo.

Cualquier persona en su sano juicio habría detenido el coche en el arcén para esperar a que pasara lo peor de la tormenta.

Pero Gia no estaba en su sano juicio, estaba impulsada por una mezcla de adrenalina, miedo y un amor incondicional.

Cada trueno que retumbaba en el cielo le recordaba el nombre del animal que agonizaba a kilómetros de allí.

No iba a detenerse. Si tenía que conducir a través del mismísimo infierno para llegar a él, lo haría.

Fueron horas de una tensión insoportable, esquivando charcos profundos y camiones que levantaban olas de agua sucia.

Cuando por fin divisó el letrero luminoso del Hospital Equino de Louisville, brillando como un faro borroso a través del aguacero, sintió que los pulmones le quemaban al soltar el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Aparcó de cualquier manera, sin importarle las líneas del suelo, apagó el motor y salió corriendo bajo la lluvia torrencial.

No llevaba paraguas ni abrigo. En los cincuenta metros que separaban su coche de la entrada de urgencias, se empapó hasta los huesos.

El agua le pegaba la ropa al cuerpo y le aplastaba el pelo contra la cara, pero no le importó.

Las puertas automáticas se abrieron con un siseo, y Gia irrumpió en el vestíbulo, dejando un rastro de agua sobre las baldosas blancas.

El contraste entre el caos de la tormenta exterior y el silencio aséptico y frío del hospital fue abrumador.

El olor a desinfectante, a yodo y a miedo flotaba en el aire.

Sin detenerse a preguntar en la recepción, se guio por los carteles que colgaban del techo.

Su instinto la llevó casi a ciegas por el laberinto de pasillos hasta llegar al ala de Cuidados Intensivos.

Al doblar la última esquina, la vio. La sala de espera de la UCI equina era un espacio pequeño, iluminado por una luz fluorescente que parpadeaba ligeramente. Había una máquina de café en un rincón y varias sillas de plástico azul alineadas contra la pared.

Y en una de esas sillas, hundido sobre sí mismo, estaba Nate.

Gia se paró de golpe. El sonido de sus zapatillas mojadas chirriando contra el suelo hizo que él levantara la cabeza.

Nate parecía un fantasma. Llevaba la misma ropa con la que probablemente había celebrado la carrera horas antes, pero estaba arrugada y manchada.

Tenía los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, sosteniendo el peso de una cabeza que parecía a punto de estallar y en cuya frente había un apósito.

Sus ojos estaban enrojecidos, rodeados de unas ojeras oscuras que delataban la angustia que lo estaba consumiendo.

Al ver a Gia allí de pie, empapada, con la respiración agitada y mirándolo con una intensidad abrumadora, Nate se quedó perplejo.

Durante un segundo, creyó que era una alucinación provocada por el cansancio o por el golpe que se había dado en la cabeza.

Parpadeó, pero ella seguía ahí. Lentamente, como si sus músculos pesaran toneladas, se levantó de la silla.

Una tormenta de emociones, mayor que la que había fuera, cruzó el rostro de Nate.

Sorpresa, incredulidad, vergüenza... pero, por encima de todo, y por alguna extraña razón que ni él mismo lograba comprender del todo, sintió un alivio inmenso.

Verla allí era como ver un salvavidas en medio de un naufragio.

Ella era la única persona en el mundo que entendía a Trueno como él, la única que podía compartir el peso aplastante de aquella pesadilla.

Abrió la boca, dio un paso vacilante hacia ella, levantando una mano como si quisiera tocarla, buscando consuelo, tal vez.

—Gia... yo... —balbuceó, con la voz ronca.

Pero Gia levantó la mano, deteniéndolo en seco.

Su mirada, que hasta ese momento reflejaba la vulnerabilidad de la carrera contrarreloj hasta Louisville, se volvió de hielo puro.

No había compasión en sus ojos, solo una determinación férrea y una barrera infranqueable que no iba a dejar que Nate cruzase.

—Ahórrate las palabras, Nate —lo cortó, con un tono bajo, pero afilado como la hoja de un cuchillo—. No estoy aquí por ti. Que te quede muy claro. Estoy aquí única y exclusivamente por Trueno. Si por mí fuera, no volvería a mirarte a la cara en la vida.

Las palabras golpearon a Nate con la fuerza de un puñetazo.

El destello de esperanza que había asomado a sus ojos se apagó al instante.

Tragó saliva, asintiendo lentamente, aceptando el castigo.

Lo entendía. Sabía que no merecía su perdón, ni su consuelo, ni siquiera su presencia allí.

Bajó la mirada hacia el suelo, incapaz de sostener la expresión acusadora de los ojos de Gia.

Antes de que el silencio tenso pudiera prolongarse, o de que Nate intentara formular otra disculpa inútil, las pesadas puertas batientes que separaban la sala de espera de los boxes de la UCI se abrieron de golpe.

Una enfermera veterinaria salió apresuradamente. Llevaba el pijama quirúrgico manchado y una expresión de urgencia y frustración en el rostro. Miró a Nate y luego a la chica empapada que acababa de llegar.

—¿Dueños del paciente del box tres? —preguntó la enfermera, refiriéndose a Trueno.

Gia no le dio tiempo a Nate a responder. Dio un paso al frente, transformándose instantáneamente. La exnovia herida desapareció, dejando paso a la profesional.

—Soy Gia Clarke, veterinaria —se presentó, con voz firme y clara, proyectando una autoridad que hizo que la enfermera la mirara con atención—.

Conozco el historial clínico de Trueno mejor que nadie.

He sido su veterinaria y, lo que es más importante, fui yo quien lo trató durante su envenenamiento con dedalera hace unas semanas.

La enfermera abrió los ojos de par en par. La dedalera contenía potentes glicósidos cardíacos, y un envenenamiento previo de esa magnitud era una pieza del rompecabezas absolutamente vital para entender el fallo cardíaco que el animal estaba sufriendo.

—¿Envenenamiento por dedalera? —repitió la enfermera—. Eso lo cambia todo. El doctor Harrison está dentro intentando estabilizar la arritmia, pero no lográbamos entender la resistencia del miocardio a la medicación estándar. No teníamos ese dato en el informe de traslado.

—Por eso estoy aquí —dijo Gia, sin apartar la mirada de la enfermera—. Conozco las secuelas de las que se está recuperando en el ventrículo izquierdo. Sé qué dosis tolera y cuáles lo matarán. Déjeme entrar.

La enfermera no lo dudó ni un segundo. En situaciones de vida o muerte, el protocolo pasaba a un segundo plano frente a la información vital.

—Pase. Rápido. El doctor Harrison agradecerá su ayuda. Hay batas estériles justo en la entrada del box —indicó la enfermera, haciéndose a un lado y empujando la puerta batiente para mantenerla abierta.

Gia asintió. Pasó por delante de Nate sin dedicarle ni una sola mirada, como si él fuera invisible, como si fuera una simple mancha en la pared de la sala de espera.

Cruzó el umbral hacia la UCI, adentrándose en el territorio de los pitidos de los monitores, del olor a medicamentos fuertes y de la lucha desesperada por la vida.

La puerta batiente se cerró tras ella.

Nate se quedó solo. El silencio de la sala de espera volvió a caer sobre él, más pesado y asfixiante que antes.

Se dejó caer lentamente en la silla de plástico azul, apoyando la cabeza contra la pared fría.

Cerró los ojos, pero no encontró descanso en la oscuridad.

Solo veía imágenes de sus propios errores desfilando ante él.

Resopló con fuerza.

Pensó en el momento en que decidió ignorar las advertencias de Gia. Pensó en su obsesión enfermiza por destruir a Richard Sterling, por demostrarle a él y a Victoria que era el mejor. Una venganza que lo había cegado por completo.

Pensó en Gia suplicándole (mil veces) que retirara al caballo, Gia llorando por la salud del animal, Gia dispuesta a sacrificar su propia relación con él con tal de no ver morir a Trueno en la pista.

¿Había sido una traición por maldad? ¿O un acto desesperado de amor y ética profesional al que él mismo la había arrastrado?

Había utilizado a Trueno como un arma, forzando un corazón que todavía estaba dañado, empujándolo más allá de los límites de la biología y del sufrimiento animal, sabiendo que el purasangre lo daría todo, incluso aunque no pudiera.

Y en el proceso, había destrozado al caballo que amaba, había perdido a la mujer que amaba, y se había perdido a sí mismo.

Mientras escuchaba el débil sonido de las máquinas al otro lado de las puertas, Nate fue consciente de que, aunque Trueno sobreviviera, él ya lo había perdido todo. Y lo peor era que no podía culpar a nadie más que a sí mismo.

El pitido rítmico y constante del monitor cardíaco fue el sonido más hermoso que Gia había escuchado en toda su vida.