CAPÍTULO 51 #2
La campana había sonado. Las puertas se habían abierto de golpe y la marea de caballos había salido disparada hacia la pista levantando una tormenta de arena.
Gia no había podido soportarlo. Un mareo repentino la había asaltado, una mezcla insoportable de miedo, amor por aquel caballo y una rabia infinita hacia Nate por haberlo arrastrado hasta ese Derby.
Con un movimiento brusco, había pulsado el botón de bloqueo del teléfono.
La pantalla se había puesto negra y el silencio había regresado al despacho, roto únicamente por su propia respiración entrecortada.
—No puedo... No, no puedo —había susurrado para sí misma, cerrando los ojos y cogiendo una bocanada de aire.
Tenía demasiados sentimientos encontrados latiendo en las sienes.
En ese momento una enfermera entró en su despacho avisándole de una urgencia. Un caballo se había roto una pata y había que operarlo rápidamente.
Durante la siguiente hora y media, Gia operó en piloto automático. Su mente clínica tomó el control, bloqueando cualquier pensamiento sobre el Derby, sobre Trueno o sobre Nate. Fue un trabajo duro, pero lograron salvar la pata del animal.
Cuando finalmente salió del quirófano, exhausta, se dirigió al lavabo para lavarse las manos y los brazos con jabón antiséptico. El agua fría le despejó un poco la mente. Fue entonces, al secarse las manos con una toalla de papel, cuando escuchó vibrar su teléfono en el bolsillo de la bata.
Lo sacó y miró la pantalla. El identificador de llamadas mostraba un número que se sabía de memoria, el teléfono fijo del rancho.
Gia frunció el ceño. Un escalofrío le atravesó la columna vertebral. Su intuición, esa vocecita interna que rara vez se equivocaba, empezó a gritarle que algo terrible había sucedido, y lo peor es que podía intuir el qué. Había sido el Derby.
Deslizó el dedo por la pantalla con un temblor que no pudo reprimir y se llevó el teléfono a la oreja.
—¿Diga? —Su voz sonó más frágil de lo que pretendía.
—Gia... cariño... —La voz de Martha al otro lado era apenas un susurro.
El mundo de Gia se detuvo. El zumbido de los fluorescentes pareció desvanecerse, sustituido por un pitido sordo en los oídos. Se apoyó pesadamente contra los azulejos de la pared del pasillo para no caerse.
—Martha, ¿qué pasa? —preguntó, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones.
—¿Has visto el Derby?
—No... no he podido verlo. Lo quité justo en la salida —confesó Gia, pinzándose el puente de la nariz con los dedos—, y después he tenido que atender una urgencia. Martha, dime qué ha pasado. ¿Es Trueno?
Un sollozo ahogado fue la primera respuesta de Martha.
—Gia... se ha derrumbado. Unos metros antes de cruzar la meta. Se ha desplomado en la pista. Está muy grave, cariño. Muy grave.
Gia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Una sensación de vértigo la invadió. El mundo entero se estaba acabando en aquel pasillo. La imagen de Trueno tirado en la arena, agonizando, se proyectó en su mente con una crueldad insoportable.
—¿Qué tiene exactamente? —preguntó cómo pudo Gia.
—Te... te paso con Diego. Él te lo explicará mejor —balbuceó Martha, incapaz de continuar.
Hubo una pausa en la conversación y, un segundo después, la voz grave y cansada de Diego llenó la línea.
—Gia. —Diego sonaba diez años mayor.
—Diego, dime exactamente qué tiene. Háblame clínicamente —exigió Gia. Su tono había cambiado, el pánico había dado paso a la desesperación de la profesional que necesita datos para procesar lo que había pasado.
—Fallo cardíaco masivo por agotamiento extremo —explicó Diego, sin rodeos, sabiendo que ella entendería la gravedad—. Lo han intubado. Su corazón está demasiado débil para bombear por sí solo. —Tomó una bocanada de aire—. Tenías razón, Gia. Maldita sea, tenías razón en todo.
Las palabras de Diego fueron como puñaladas. Gia se tapó la boca con la mano libre para ahogar un sollozo. Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, calientes y amargas.
—Yo... lo siento muchísimo, Diego. Lo siento en el alma —logró articular, con la voz rota—. Pero... pero yo no puedo hacer nada. Ya no soy su veterinaria. Nate me dejó muy claro que no me quería cerca. Si voy, solo empeoraré las cosas.
De fondo, a través del teléfono, Gia escuchó la voz de Martha, aguda y cargada de una urgencia desesperada, casi gritando por encima del hombro de Diego. «¡Dile que se nos muere! ¡Dile que es posible que no salga vivo de esta noche!»
El silencio que siguió a ese grito de fondo fue total. Gia se mordisqueó el labio inferior con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en la boca.
Una guerra se desató en su interior. Por un lado, el orgullo herido, el recuerdo de las crueles palabras de Nate cuando la despidió. Por otro, la imagen de Trueno, solo, asustado, luchando por cada latido en una sala de cuidados intensivos rodeado de extraños.
Al final, el corazón ganó la batalla. La impaciencia borró cualquier rastro de duda.
—¿Dónde está? —preguntó de pronto, interrumpiendo cualquier cosa que Diego fuera a decir. Su voz no titubeaba.
—¿Qué? —parpadeó Diego al otro lado de la línea.
—¡Que dónde está, Diego! ¡En qué clínica lo han ingresado!
—En el Hospital Equino de Louisville —respondió él rápidamente, contagiado por la repentina energía de Gia.
—Salgo para allá —afirmó contundente ella. No fue una pregunta, ni una sugerencia.
Al otro lado de la línea, se escuchó un suspiro de alivio tan profundo que pareció traspasar el teléfono.
—Gia... es la mejor noticia que hemos escuchado en todo este maldito año —dijo Diego, y por primera vez aquel día, sus labios se curvaron en el amago de una sonrisa.
—Llegaré lo antes posible. No dejéis que se rinda. —Gia colgó sin esperar respuesta.
Consultó su reloj de pulsera. Su turno acababa de terminar hacía diez minutos.
No había tiempo que perder. Con movimientos rápidos, se desabrochó la bata blanca mientras corría por el pasillo hacia los vestuarios.
La tiró dentro de la taquilla sin molestarse en colgarla, agarró su bolso, las llaves del coche y salió disparada por la puerta trasera del hospital.
El aire fresco de la noche le golpeó el rostro, secándole las lágrimas, pero no disminuyó su ritmo.
Corrió por el aparcamiento vacío hasta su camioneta.
Mientras metía la llave en el contacto y el motor rugía cobrando vida, su mente ya estaba calculando la ruta.
Tenía varias horas de camino por delante hasta Louisville.
Ni siquiera iba a pasar por su apartamento para recoger ropa o un cepillo de dientes.
Cada minuto que perdiera en la carretera era un minuto menos que Trueno tenía para sobrevivir.
Pisó el acelerador a fondo, saliendo del aparcamiento haciendo un pequeño derrape, con la mirada fija en la oscuridad de la autopista y un único pensamiento latiendo en la cabeza al mismo ritmo que su corazón.
«Aguanta, grandullón. Aguanta, que ya voy».