El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51

El ambiente en la cocina de la casa se había vuelto irrespirable, espeso como el plomo. En la pantalla de la televisión, la retransmisión de la NBC había pasado de la tragedia a la celebración con una frivolidad que resultaba nauseabunda.

En aquel momento mostraban a Sterling en el círculo de ganadores, levantando el trofeo rodeado de rosas rojas, sonriendo a las cámaras con esa arrogancia que tanto detestaban en el rancho.

De vez en cuando, los comentaristas, con voces graves y rostros serios que parecían ensayados, mencionaban el «desafortunado incidente del caballo de Nathaniel Kenwood», pero no aportaban ningún dato real.

Hablaban de la ambulancia, de las lonas verdes, pero una vez que se habían llevado a Trueno al Hospital Equino de Louisville, no habían aportado nada nuevo.

Los mozos de cuadra seguían allí, de pie o apoyados contra las paredes, con los ojos fijos en la pantalla, esperando… Ni siquiera sabían qué estaban esperando. Nadie había tocado el café, que ya estaba frío en las tazas.

Diego no podía soportarlo más. El tic tac del reloj de pared le martilleaba las sienes. Con un gruñido de frustración, sacó el teléfono móvil del bolsillo de los vaqueros desgastados. Sus dedos, gruesos y curtidos por décadas de trabajo, temblaban ligeramente mientras buscaba el contacto de Nate.

—Voy a llamarlo —anunció con voz ronca, rompiendo el silencio de la cocina.

Martha, que estaba sentada a la mesa con la mirada perdida y un pañuelo de papel arrugado entre las manos, levantó la vista hacia él.

El teléfono dio un tono. Dos. Tres. Cada pitido parecía durar una eternidad. Finalmente, hubo un clic .

—¿Nate? —preguntó Diego, apretando el aparato contra su oreja.

Al otro lado de la línea, ya no se escuchaba el bullicio del hipódromo, sino el zumbido constante y aséptico de un hospital, interrumpido por el pitido rítmico de monitores cardíacos y el eco de pasos apresurados.

Cuando Nate habló, su voz era irreconocible.

Sonaba hueca, rota, como si perteneciera a un anciano al que le acabaran de arrancar el alma.

—Diego... —susurró. Se le quebró la voz y tuvo que tomar aire antes de continuar—. Está grave. Muy grave —se adelantó a decir.

Diego cerró los ojos con fuerza, sintiendo un nudo en la garganta.

—¿Qué dicen los veterinarios? Dímelo todo.

—Tiene el corazón muy debilitado... —explicó Nate, arrastrando las palabras, como si le costara un esfuerzo físico pronunciarlas—.

Ha sufrido un colapso. Lo han estabilizado de milagro en el camión, pero ahora mismo está en la UCI equina, intubado.

Su corazón apenas tiene fuerza para bombear sangre por sí solo.

Los veterinarios dicen... dicen que las próximas horas son críticas. Si pasa de esta noche, será un milagro.

Diego contrajo la mandíbula hasta que le dolieron los dientes.

Una ola de rabia le subió por el pecho. Quería gritarle.

Quería decirle a través del teléfono que era un estúpido, un negligente, un niñato cegado por el ego, que había puesto en peligro a la criatura más majestuosa que jamás había pisado sus establos.

Quería escupirle todo el resentimiento que llevaba acumulando desde que Nate había decidido ignorar las advertencias.

Pero entonces escuchó un sollozo ahogado al otro lado de la línea. Nate estaba llorando. Era el llanto silencioso y desesperado de un hombre que se había dado cuenta, demasiado tarde, de que había destruido lo que más amaba.

Diego, a pesar de su dureza, era un hombre comprensible. Decirle todo lo que pensaba no serviría de nada. Tragó saliva, obligándose a tragar también su furia. No era el momento de hacer leña del árbol caído. El castigo de Nate ya era suficiente condena.

—Escúchame, Nate —dijo, forzando un tono calmado y firme—. No te separes de él. Quédate a su lado. Y mantennos informados de cualquier cambio, por pequeño que sea. Aquí en la casa estamos todos muy preocupados. Todo el rancho está rezando por él. ¿Me oyes?

—Lo haré, Diego. Gracias... —murmuró Nate, antes de colgar.

Diego bajó el teléfono y resopló. Los mozos de cuadra lo miraban con expectación, con los ojos muy abiertos. Diego negó con la cabeza, despacio.

—Está en la UCI. Las próximas horas son críticas. Su corazón está fallando —informó.

No hizo falta decir más. Los mozos asintieron en silencio, con los rostros ensombrecidos, y uno a uno fueron saliendo por la puerta trasera, arrastrando los pies. Necesitaban tomar un poco de aire fresco.

—Infórmanos si hay novedades —dijo Tommy antes de salir.

Diego afirmó con la cabeza.

Cuando la puerta se cerró, dejando a Diego y a Martha solos en la cocina, la contención de Diego se desmoronó. Se apoyó con ambas manos en el respaldo de una de las sillas, dejando caer la cabeza entre los hombros, y lanzó un suspiro que sonó como el rugido de un animal herido.

—Maldita sea... —masculló, golpeando la madera con la palma. Sentía una profunda amargura—. Gia tenía razón, Martha. Dios mío, esa chica tenía toda la jodida razón.

Martha se levantó despacio y se acercó a él, pasando una mano reconfortante por su espalda.

—¿Qué te ha dicho exactamente Nate?

—Que está en la UCI.  Su estado es crítico, las próximas horas son cruciales para ver cómo evoluciona.

Tiene el corazón muy débil —respondió Diego—.

Lo ha reventado. —Se giró para mirar a Martha.

Una expresión de frustración asomaba a sus ojos—.

Trueno no estaba preparado para correr este Derby, y todos lo sabíamos.

Gia fue la única con las agallas suficientes para decírselo a la cara, y él la echó.

Nate lo ha puesto al límite. Por llevar a cabo su estúpida venganza contra Sterling, por demostrarle a esa víbora de Victoria lo que valía...

ha sacrificado al caballo. Lo ha usado como una maldita máquina, y ahora Trueno está pagando el precio de la arrogancia de Nate.

Martha sintió que el corazón se le encogía.

La imagen de Gia, recogiendo sus cosas con lágrimas en los ojos y marchándose del rancho, acudió a su mente. Gia amaba a ese caballo tanto o más que el propio Nate. Tenía una conexión especial con él, una empatía que iba más allá de ser su veterinaria.

—Pobre Gia... —susurró, mirando hacia la ventana—. Me pregunto si lo sabrá. Si habrá visto cómo Trueno se desplomaba en la pista.

Diego resopló y se irguió.

—Tal y como están las cosas, y sabiendo cómo se fue de aquí, destrozada, dudo mucho que haya encendido la televisión hoy. Probablemente se haya aislado del mundo para no tener que ver a Nate cabalgando hacia el desastre que ella predijo.

Martha se quedó pensativa durante unos segundos. Su instinto maternal, el mismo que la había llevado a cuidar de todos en el rancho durante años, se activó. Se separó de Diego y caminó con decisión hacia el teléfono fijo que colgaba de la pared, junto a la lista de contactos de emergencia.

—Voy a llamarla —dijo, descolgando el auricular.

Diego frunció el ceño, dudando. Dio un paso hacia ella, levantando una mano.

—Martha, no sé si es buena idea. Si no lo sabe, le vas a destrozar el corazón. Y si lo sabe... ¿qué le vas a decir? ¿Darle la razón? Solo vas a remover la herida. Bastante dolor hay ya.

Martha se detuvo con el dedo suspendido sobre el teclado numérico. Miró a Diego a los ojos, con una expresión firme en el rostro.

—Gia ha cuidado de ese caballo como si fuera suyo, Diego.

Se ha preocupado por él más que el propio Nate.

Tiene derecho a saber que Trueno está luchando por su vida en un hospital —replicó Martha, con la voz temblando ligeramente por la emoción—.

Además, si Trueno no pasa de esta noche...

ella nunca nos perdonaría que no le hubiéramos avisado para poder despedirse, aunque sea en la distancia.

No tenemos mucho que perder a estas alturas. Ya está todo roto.

Diego sostuvo la mirada de ojos castaños de Martha durante un largo rato, reflexionando sobre sus palabras. Finalmente, sus hombros cayeron en un gesto de rendición y asintió lentamente, dándole la razón en silencio.

Martha respiró hondo, preparándose mentalmente para la difícil conversación que se avecinaba, y comenzó a marcar el número de Gia, rezando en silencio para que contestara.

A cientos de kilómetros de allí, Gia había intentado ver el Derby, pero le había sido imposible.

Porque si el desamor tuviera un sonido, sería el zumbido cansado del aire acondicionado. Un sonido que llenaba el espacio entre latidos, un sonido de esos que hacen que el silencio sea demasiado pesado para soportarlo.

Habían pasado varios días desde que ya no estaba en el rancho.

Varios días desde que se había dicho a sí misma que nunca volvería.

Varios días desde que había dejado de fingir que alejarse de Nathaniel Kenwood significaba alejarse de la parte de ella misma que lo buscaba en todo.

Fingir era agotador.

Sentada en el despacho del hospital en el que trabajaba, bajo el resplandor frío de los fluorescentes, había sostenido el teléfono móvil con ambas manos.

En la pequeña pantalla, la retransmisión en directo del Derby de Kentucky se veía pixelada a ratos, pero el sonido era nítido.

Había escuchado el clamor de la multitud en el hipódromo de Churchill Downs, la voz entusiasta de los comentaristas y, sobre todo, el ruido de los caballos acomodándose en los cajones de salida.

Gia había sentido que el corazón le iba a estallar contra las costillas. Tenía la boca seca y un nudo apretándole la garganta.

Cuando la cámara había enfocado a Trueno, negro como la noche, con las orejas gachas y los ojos desorbitados por el estrés, Gia había dejado de respirar.

Conocía a ese animal mejor que a sí misma.

Sabía leer cada contracción de sus músculos, cada gesto de su cabeza.

Trueno no estaba bien. Estaba aterrorizado, llevado al límite de su resistencia física y mental antes siquiera de comenzar a correr.