CAPÍTULO 50
A lo lejos, a través de la neblina de la conmoción del golpe, Nate escuchó el estallido de júbilo de las gradas. El caballo de Sterling había ganado. La victoria era de su rival.
Pero a Nate ya le daba igual. Absolutamente igual.
El peso del mundo, de la cruda y espantosa realidad, cayó sobre él aplastándolo más que el propio impacto contra el suelo.
Se incorporó a trompicones, mareado, limpiándose la sangre del ojo con el dorso de la manga azul, ahora destrozada y sucia.
Y entonces lo vio.
A unos veinte metros de distancia, Trueno yacía de costado en la pista.
En ese momento, el mundo de Nate se detuvo por completo.
El rugido ensordecedor del público, la voz del comentarista por los altavoces, los colores brillantes de los otros jinetes...
todo se desvaneció, sumergiéndose en silencio, como si lo hubieran hundido bajo el agua.
La obsesión enfermiza por Victoria, el odio hacia Sterling, el orgullo herido, el despecho...
todo aquel veneno que lo había consumido durante semanas se evaporó en el aire caliente de la tarde, dejando tras de sí una claridad terrorífica.
Nate se dio cuenta del monstruo en el que se había convertido.
Había utilizado a la criatura más noble, leal y pura que jamás había conocido como un simple instrumento para su venganza personal.
Había empujado a Trueno más allá del límite de la vida misma, sabiendo que él daría su último aliento, solo para alimentar su propio ego destrozado.
Gia tenía razón.
Gia siempre tuvo razón.
—¡No, no, no! —gritó Nate, una súplica ronca que le desgarró la garganta.
Corrió hacia el caballo, tropezando con sus propias botas, cayendo de rodillas junto al enorme cuerpo. La imagen era desoladora.
Trueno estaba cubierto de una espuma blanca y espesa de sudor.
Sus flancos subían y bajaban con una violencia espasmódica, luchando desesperadamente por cada bocanada de aire.
Sus fosas nasales estaban dilatadas al máximo, manchadas de sangre, y sus ojos oscuros, antes llenos de fuego y rebeldía, ahora estaban muy abiertos, vidriosos y llenos de pánico.
—¡Trueno! ¡Arriba, campeón, arriba! —lloraba Nate, agarrando las riendas sueltas, tirando suavemente del cabestro, intentando infundirle una fuerza que el animal ya no tenía—. ¡Por favor, levántate! ¡No me hagas esto, por favor!
El purasangre intentó alzar la cabeza. Movió las patas delanteras, escarbando la arena en un intento agónico por incorporarse, pero sus músculos temblaron incontrolablemente y volvió a desplomarse con un golpe sordo, soltando un suspiro.
Nate se inclinó sobre él, pegando su rostro ensangrentado al cuello empapado del caballo, abrazándolo con desesperación. Las lágrimas de Nate se mezclaban con la sangre de su frente y el sudor del animal.
—Perdóname... perdóname, mi chico... —sollozaba Nate, meciéndose de un lado a otro—. Ha sido culpa mía. Todo es culpa mía. Quédate conmigo, por favor.
El sonido de sirenas y motores irrumpió en su burbuja de dolor. Dos furgonetas blancas con cruces verdes cruzaron la pista a toda velocidad. Los veterinarios del hipódromo saltaron de los vehículos antes incluso de que se detuvieran por completo, cargados con maletines de emergencia.
Casi al mismo tiempo, una figura irrumpió corriendo por la pista de arena, saltando la valla interior. Era Jim. Tenía el rostro desencajado por el pánico. Al llegar junto a ellos, se dejó caer de rodillas al otro lado de Trueno, jadeando, con los ojos llenos de lágrimas al ver el estado del animal.
—¡Dios mío, Nate! ¡¿Qué ha pasado?! —gritó, acariciando el hocico del caballo con manos temblorosas. Nate no podía responder, lo único que hacía era llorar aferrado a la crin del animal.
El veterinario, un hombre de mediana edad con rostro severo, apartó a Nate con firmeza, pero sin brusquedad.
Se arrodilló, colocó un estetoscopio contra el enorme pecho de Trueno y escuchó.
Su expresión se ensombreció al instante.
Sacó una linterna pequeña y revisó las pupilas del caballo, luego palpó sus encías, que estaban de un color pálido y azulado.
—No tengo buenas noticias —dijo el veterinario, levantando la vista hacia Nate y Jim.
Su voz era profesional pero cargada de gravedad—.
Se muere. Tiene el corazón al límite del fallo total.
Ha sufrido un colapso cardiovascular severo.
Lo ha dado absolutamente todo en la pista, hasta vaciarse.
Su corazón es demasiado débil ahora mismo para bombear.
—¡Pues haga algo! ¡Sálvelo! —le gritó Nate, agarrando al veterinario por la solapa de su camisa blanca, manchándolo de sangre y tierra—. ¡Pago lo que sea!
—¡Suélteme, estamos haciendo lo que podemos! —replicó el hombre, empujando a Nate hacia atrás, mientras sus asistentes comenzaban a clavar vías intravenosas en el cuello de Trueno, inyectando adrenalina y otros fluidos a presión.
El hipódromo había desplegado rápidamente grandes biombos verdes alrededor del lugar del accidente, ocultando la trágica escena a las miradas morbosas del público y a las cámaras de televisión. El ambiente detrás de las pantallas era frenético y lúgubre.
La ambulancia equina dio marcha atrás hasta acercarse a ellos.
De su interior salió una rampa hidráulica.
Como Trueno era incapaz de sostenerse sobre sus patas, los operarios, con rostros sombríos, tuvieron que emplear el último recurso.
Desplegaron un arnés de rescate, pasándolo con sumo cuidado por debajo del vientre inerte del animal.
Nate observaba la escena paralizado, sosteniendo la cabeza de Trueno en su regazo hasta el último segundo, acariciando la estrella blanca de su frente mientras los sedantes y estabilizadores hacían efecto, sumiendo al caballo en una inconsciencia inducida para aliviar su sufrimiento.
Con un zumbido mecánico que sonó como una marcha fúnebre, la grúa integrada en la ambulancia comenzó a elevarse.
El cuerpo de Trueno, el caballo que minutos antes volaba sobre la pista desafiando a los dioses, fue poco a poco izado en el aire, inerte y vulnerable, colgado de las eslingas.
Lo introdujeron lentamente en el interior acolchado de la ambulancia equina.
—Nos lo llevamos al Hospital Equino de Louisville, a la unidad de cuidados intensivos —informó el veterinario, cerrando su maletín de golpe—. Hemos logrado estabilizar sus constantes, pero está cogido con pinzas. Las próximas horas son críticas. Si sobrevive al viaje, será un milagro.
Las puertas traseras de la ambulancia se cerraron con un estruendo que resonó en el pecho de Nate como la puerta de una celda.
La ambulancia arrancó, encendiendo las luces de emergencia, y se alejó lentamente por la pista de arena, dejando atrás un charco de sudor, marcas de cascos en la tierra y a un hombre de rodillas, con el rostro ensangrentado, y la sensación de que había perdido el alma.