CAPÍTULO 49
El ambiente en Churchill Downs, en el corazón de Louisville, era una especie de bofetada se sensaciones.
El aire de aquel primer sábado de mayo estaba saturado con una mezcla embriagadora.
El aroma dulzón del bourbon y la menta fresca de los miles de Mint Juleps que se consumían en las gradas, el humo denso de los puros caros, el olor acre y terroso del sudor equino, y la emoción palpable de más de cien mil voces gritando, apostando y conteniendo el aliento.
Era el Derby de Kentucky, los dos minutos más emocionantes del deporte, la cumbre de las carreras de caballos. Y Nate estaba allí, con Trueno.
En la penumbra de los establos que les habían asignado, lejos del bullicio de las tribunas de la alta sociedad, la tensión podía cortarse con un cuchillo.
Jim, que en cualquier otra circunstancia habría estado enfundado en la ropa de colores listo para montar, trabajaba en silencio.
Siempre había sido el jinete de confianza de Nate en las carreras menores, el hombre que conocía las manías de cada caballo del rancho.
Pero aquel día era diferente. Aquel día, la furia de Nate exigía que fuera él mismo quien llevara las riendas.
Necesitaba sentir la carrera en su propia sangre.
Jim pasaba la rasqueta de goma por el pelaje de Trueno con movimientos rítmicos y tranquilos.
El caballo regalaba una visión imponente. Su pelaje negro había sido cepillado hasta brillar como la obsidiana bajo la luz de las bombillas del establo. Sus músculos se contraían y relajaban bajo la piel, vibrando con una energía nerviosa y contenida.
—Tranquilo, chico, tranquilo —murmuraba Jim, deslizando la mano por el fuerte cuello del animal—. Guarda esa pólvora para la pista.
Nate estaba a unos pasos, terminando de ajustarse las botas de montar.
Llevaba en el uniforme los colores distintivos del rancho, un azul oscuro casi negro con detalles plateados.
Sentía el estómago como un nudo apretado al máximo.
Se acercó con la silla de montar de carreras, una pieza de cuero minúscula y ultraligera diseñada para no añadir ni un gramo extra.
—Pásame la sudadera, Jim —pidió, con la voz ronca.
Ambos hombres trabajaron en una coreografía perfecta, nacida de años de compañerismo. Colocaron la fina manta, luego la silla, y Nate ajustó la cincha con una precisión milimétrica.
Trueno soltó un potente bufido, sacudiendo la cabeza y haciendo tintinear la pieza de metal de su boca. Sus ojos negros, muy abiertos, captaban cada sonido del exterior. Nate le acarició el hocico, sintiendo el aliento caliente del animal contra su palma. Estaban conectados por la misma adrenalina.
—Es hora de sacarlo al paddock —anunció un oficial de pista, asomando la cabeza por la puerta de la cuadra.
Nate asintió.
El paseo desde los establos hasta el paddock de ensillaje fue un tránsito por el caos.
Atravesaron pasillos donde se cruzaban con otros competidores.
Caballos de un millón de dólares, de linajes impecables, desfilaban escoltados por séquitos de entrenadores, mozos de cuadra y propietarios vestidos con trajes de lino y sombreros extravagantes.
El contraste con el pequeño y solitario equipo de Nate era abismal.
Y entonces, en medio de aquel mar de ostentación, el mundo de Nate pareció detenerse de golpe.
A escasos metros de distancia, caminando hacia el área de propietarios VIP, estaban Richard Sterling y Victoria.
Sterling lucía un traje a medida de color crema, con un clavel rojo en la solapa, exudando esa arrogancia de dinero de cuna y privilegios que a Nate siempre le había revuelto el estómago.
¡Joder, era tan ridículo! Del brazo de Sterling iba Victoria.
Estaba deslumbrante, como siempre, con un vestido largo azul y una pamela que enmarcaba su rostro de facciones perfectas y frías.
El cruce de miradas fue inevitable. Fue un choque de trenes silencioso pero devastador.
Sterling se detuvo un segundo, alzando una ceja al ver a Nate enfundado en el uniforme de jinete, sujetando las riendas de un caballo por el que nadie daba un centavo. Una sonrisa ladeada, cargada de burla y superioridad, se dibujó en sus labios. Se inclinó hacia Victoria y le susurró algo al oído.
Victoria giró el rostro y sus ojos grises se clavaron en Nate. En su mirada no había rastro del amor que alguna vez compartieron, aunque tampoco lo había por Sterling. Victoria siempre se había movido más por el dinero que por el amor.
Lo miró de arriba abajo. Y Nate le devolvió la mirada.
Las chispas de odio y resentimiento saltaron en el aire, casi visibles. La mandíbula de Nate se tensó con tanta fuerza que los dientes le rechinaron. Notó como la sangre le hervía en las venas.
La venganza, ese veneno oscuro que lo había mantenido en pie las últimas semanas, se transformó en fuego.
Apretó el puño alrededor de las riendas de cuero. Trueno relinchó y se alzó ligeramente sobre las patas traseras, obligando a la gente que andaba cerca a apartarse con gritos de alarma.
—¡Tranquilo! —gruñó Nate, tirando de la rienda hacia abajo con firmeza, controlando al animal mientras mantenía el contacto visual con Richard Sterling. No iba a acobardarse. No iba a apartar la mirada.
Sterling soltó una risita despectiva, negó con la cabeza y tiró suavemente del brazo de Victoria para seguir su camino hacia los palcos, dejándolos atrás como si no fueran más que basura en su camino hacia la gloria.
Nate respiró hondo, tragándose la bilis. Aquel encuentro, lejos de hundirlo, había aguzado sus sentidos. Ahora no solo corría por el placer de vengarse. Corría para borrar esa sonrisa de la cara de Sterling. Corría para demostrarle a Victoria que se había equivocado al abandonarlo.
De repente, el sonido vibrante e inconfundible de la corneta cortó el aire. Era el Call to the Post . La melodía tradicional resonó por los altavoces del hipódromo, seguida por el rugido ensordecedor de la multitud. El vello de Nate se erizó. El momento había llegado.
—¡Jinetes, a sus monturas! —bramó la voz del juez de paddock .
Nate se giró hacia Trueno. El caballo pateaba el suelo de tierra, impaciente, listo para estallar.
Nate apoyó su frente contra la mancha blanca en forma de estrella que el semental tenía en la testuz.
Cerró los ojos un segundo, bloqueando el ruido de la multitud, el recuerdo de Gia, la cara de Sterling.
La mirada de Victoria. Solo existían ellos dos.
—Tú y yo, solos —le susurró con voz firme—. Vamos a romperles el corazón a todos. Vamos a volar por esa pista.
Jim se acercó por el lado izquierdo. Tenía el rostro inusualmente serio, despojado de cualquier atisbo de sus clásicas bromas y de su ironía. Levantó una mano encallecida y le dio a Trueno un par de palmadas fuertes y sonoras en el musculoso cuello, mientras Nate se abrochaba el casco.
—Eres un huracán negro, ¿me oyes? —le dijo al caballo, mirándolo a los ojos—. Demuéstrales lo que vales.
Luego, Jim se volvió hacia Nate. Se miraron durante un largo instante, reconociendo el peso de lo que estaban a punto de hacer. Había muchas cosas en juego en los próximos dos minutos. Jim rompió el silencio.
—Suerte —dijo.
—Gracias —respondió Nate.
Apoyó la bota en el estribo y, con un impulso ágil y poderoso, se elevó en el aire y cayó suavemente sobre la minúscula silla de montar. Al sentir el peso de su jinete, Trueno soltó un último bufido, poderoso y desafiante.
Nate se ajustó las gafas protectoras sobre el casco, agarró las riendas en corto y, escoltado por Jim hasta la salida del túnel, enfiló los pasos hacia la pista de arena dorada de Churchill Downs.
El estruendo metálico de las puertas de salida al abrirse de golpe fue como el disparo de un cañón. La campana sonó aguda, y en un segundo, la tensión contenida de veinte purasangres estalló en una estampida ensordecedora.
Trueno salió disparado como una bala negra. Desde la silla, Nate sintió la potencia bruta del animal bajo sus muslos, una fuerza de la naturaleza desatada que amenazaba con dislocarle los hombros si no mantenía el ritmo.
La pista de arena de Churchill Downs era un torbellino de cascos golpeando la tierra a más de sesenta kilómetros por hora, levantando nubes de polvo que se pegaban a las gafas y al rostro sudoroso de Nate.
El rugido de los ciento cincuenta mil espectadores en las gradas era un muro de sonido físico, una vibración constante en el pecho, pero Nate apenas lo percibía.
Su mundo se había reducido a las riendas de su caballo, al ritmo frenético de su respiración y a la mancha de colores que corría a su derecha.
Era Soberano, el caballo de Sterling. Un alazán gigantesco, criado con los mejores pedigrís que el dinero podía comprar.
Al entrar en la curva final, la carrera se había convertido en un duelo a muerte entre los dos.
Los demás competidores parecían desvanecerse en el fondo.
La tensión entre ambas monturas era máxima.
El jinete de Sterling, un profesional frío y calculador, fustigaba a su caballo con fiereza.
Nate, cegado por la venganza, por la imagen de la sonrisa arrogante de Sterling y la mirada gélida de Victoria, se inclinó aún más sobre el cuello de Trueno.
—¡Vamos, Trueno! ¡Dalo todo! ¡No dejes que nos ganen! —le gritó Nate, con la voz desgarrada por el viento y la arena.
Y Trueno respondió. No lo hizo porque le quedaran reservas físicas. Sus pulmones ardían y sus músculos estaban al borde del colapso láctico. Respondió por puro instinto, por el corazón indomable que latía en su pecho y por una lealtad inquebrantable hacia el hombre que llevaba sobre él.
El semental negro estiró el cuello. Sus cascos devoraron la distancia, emparejándose centímetro a centímetro con el alazán de Sterling. Ojo con ojo. Fosa nasal con fosa nasal. Era una imagen de una belleza salvaje y terrible.
La cocina de la casa del rancho estaba abarrotada, pero el silencio era tan denso que casi se podía tocar con los dedos.
La televisión que había sobre la nevera, sintonizada en la cadena NBC, era el único sonido que se oía en la estancia.
Alrededor de la mesa de roble, Diego, Martha y media docena de mozos de cuadra, entre ellos Tommy, se agolpaban con la respiración contenida y los ojos fijos en la pantalla.
El comentarista de la NBC gritaba a través de los altavoces, narrando la recta final con una emoción frenética. En la pantalla, la mancha negra que era Trueno se emparejaba con el alazán de Sterling.
—¡Vamos, chico, vamos! —murmuraba Diego, con los nudillos blancos de tanto apretar el borde de la mesa—. ¡Aguanta, Trueno! ¡Aguanta un poco más!
Los mozos de cuadra empezaron a jalear, golpeando la mesa, dejándose llevar por la adrenalina del momento. Habían criado a ese caballo, le habían limpiado las cuadras, lo habían alimentado y lo habían visto crecer. Era su orgullo.
Sin embargo, Martha, nerviosa, se mantenía un paso por detrás del grupo, secándose las manos con un trapo de cocina.
Tenía el estómago encogido. Había visto la mirada de Nate antes de irse, esa obsesión enfermiza que no presagiaba nada bueno, y las palabras de despedida de Gia aún resonaban en su cabeza.
En la pantalla, Trueno hizo un último esfuerzo heroico.
La línea de meta se acercaba a una velocidad vertiginosa. Nate espoleó a Trueno una última vez, exigiéndole lo imposible. El caballo hizo un último y agónico esfuerzo. Un salto hacia adelante impulsado por su fuerza de voluntad.
Pero la tragedia golpeó con la brutalidad de un martillo.
Justo antes de cruzar la línea, el ritmo perfecto de Trueno se rompió.
Nate sintió un vacío aterrador bajo la silla.
El semental emitió un sonido que heló la sangre de Nate.
Un gemido ronco, ahogado, el sonido de un motor reventando por dentro.
Las patas delanteras de Trueno cedieron de golpe, incapaces de soportar su propio peso.
El cuerpo del purasangre se desplomó hacia adelante a casi sesenta kilómetros por hora.
La física fue implacable. Nate salió catapultado por encima del cuello del caballo, volando por los aires como un saco.
El tiempo pareció ralentizarse. Vio el cielo azul de Kentucky girar sobre él, seguido por la visión aterradora de la pista acercándose a su rostro.
El impacto contra la tierra apisonada fue devastador.
Nate rodó violentamente, rebotando contra el suelo, levantando una nube de polvo y arena. Su casco golpeó contra algo duro y las gafas protectoras saltaron en pedazos.
Cuando finalmente se detuvo, quedó tendido boca arriba.
Un zumbido agudo y penetrante llenaba sus oídos.
Sentía el sabor metálico de la sangre y la textura arenosa de la tierra en la boca.
Una punzada de dolor le latía en la cabeza y una brecha profunda se había abierto en su frente, por encima de la ceja izquierda.
La sangre caliente y espesa comenzó a resbalarle por el rostro, cegándole un ojo.
Sin embargo, la adrenalina enmascaró cualquier hueso magullado.
No había nada roto, nada grave. Estaba vivo.
La cámara de la NBC captó el momento exacto en el que las patas delanteras de Trueno cedieron. El enorme cuerpo del caballo se desplomó contra la arena en una caída brutal, levantando una nube de polvo a su alrededor, y Nate salió despedido por los aires.
Las respiraciones de los presentes en la cocina se cortó de cuajo, sustituido por un grito ahogado de horror.
—¡No! —chilló Martha, llevándose las manos a la boca. El trapo de cocina cayó al suelo.
La imagen de Trueno inerte en la pista, luchando por respirar, llenó la pantalla.
Martha sintió que las rodillas le flaqueaban.
Incapaz de soportar la visión del animal agónico, se giró bruscamente, dándole la espalda al televisor, y se apoyó contra la encimera, cerrando los ojos con fuerza mientras las lágrimas comenzaban a brotar sin control por sus mejillas. No podía mirar. Simplemente no podía.
Diego dio un tremendo puñetazo contra la mesa de roble, haciendo saltar las tazas de café y los botellines de cerveza. Su rostro, curtido por el sol, estaba rojo de furia e impotencia.
—¡Maldita sea! —rugió, con la voz rota—. ¡Maldita sea, Nate, pedazo de imbécil! ¡Cabrón, lo has reventado! ¡Lo has matado por tu maldito orgullo!
Los mozos de cuadra estaban petrificados. Tommy se llevó las manos a la cabeza, tirándose del pelo, mientras otro murmuraba una plegaria ininteligible.
La cocina, que segundos antes vibraba de esperanza, se había convertido en un velatorio. En la pantalla, las furgonetas de los veterinarios cruzaban la pista.
Martha sollozaba en silencio contra la encimera. Diego se dejó caer en una silla, ocultando el rostro entre las manos ásperas, incapaz de contener las lágrimas por el majestuoso semental. El rancho entero pareció haber perdido su alma en aquel preciso instante.