CAPÍTULO 48 #2
Tras la ruptura, tras verse obligada a meter su vida en un par de maletas y unas cuantas cajas de cartón, y abandonar el único lugar que había considerado su hogar, se había visto obligada a buscar trabajo.
Había llamado al director del hospital, con la voz temblorosa y el corazón hecho pedazos, para preguntar si la vacante seguía disponible.
Por suerte para ella, lo estaba. Tenía que rehacer su vida.
Tenía que pagar el alquiler del pequeño y desangelado apartamento al que se había mudado en la ciudad, y, sobre todo, necesitaba una rutina que le impidiera volverse loca.
Pero la monotonía de la clínica la asfixiaba.
Ella siempre había sido una mujer de campo.
Su verdadera vocación no estaba en rellenar formularios de seguros ni en analizar radiografías frente a una pantalla de ordenador, estaba en el barro, arrodillada en la paja de una cuadra, calmando a una yegua de parto con el tacto de sus manos y el tono de su voz.
Gia giró el sillón de cuero y miró a través de la ventana. Solo se veía el asfalto del aparcamiento y, a lo lejos, el tráfico denso de la autopista. Su mente, traicionera y obstinada, voló a kilómetros de distancia.
«¿Qué estará haciendo ahora?», se descubrió pensando, sintiendo un pinchazo agudo en el centro del pecho.
A esa hora de la tarde, el sol empezaría a bajar sobre el valle y Nate probablemente estaría en la pista de entrenamiento.
La imagen de él montando a Trueno, con el ceño fruncido fruto de la concentración y esa determinación casi temeraria brillando en los ojos de color café, se proyectó en su memoria con una nitidez que la hizo tragar saliva.
Lo extrañaba con una intensidad que le provocaba un dolor físico.
Extrañaba la forma en que él la abrazaba, cómo la buscaba por el rancho para robarle un beso que la dejaba sin aliento, cómo la miraba cuando atendía a alguno de los caballos.
Y no solo lo extrañaba a él. Una oleada de nostalgia la invadió al pensar en esa suerte de familia que había dejado atrás.
Echaba de menos a Martha, su sonrisa maternal y el olor a café recién hecho y masa de tortitas que siempre la envolvía.
Echaba de menos sentarse en la cocina a pelar manzanas con ella mientras hablaban de trivialidades.
Echaba de menos a Diego, con su sabiduría y sus acertados consejos, y la forma en que le inclinaba el sombrero a modo de saludo cada mañana.
Incluso echaba de menos a Jim, con sus bromas y sus coqueteos, sus quejas constantes por el trabajo duro y su risa escandalosa resonando en los establos.
No solo había perdido al hombre que amaba, también a toda su manada.
Involuntariamente, sus ojos se desviaron hacia el lado derecho del escritorio.
Su teléfono móvil descansaba allí, boca arriba, con la pantalla negra y silenciosa.
Gia se quedó mirándolo un rato. El silencio en la oficina parecía haberse vuelto más pesado.
Su respiración se volvió superficial. Una parte irracional y desesperada de su cerebro, esa parte que se negaba a aceptar que todo había terminado, la mantenía en un estado de alerta constante.
Cada vez que el teléfono vibraba con una notificación del email o un mensaje de la compañía telefónica, el corazón le daba un vuelco, esperando ver el nombre de Nate en la pantalla.
Esperando un mensaje que dijera «Me he equivocado», «Vuelve», o simplemente «Te echo de menos».
Alargó la mano lentamente, casi con miedo, y tocó la pantalla con la yema del dedo índice.
El cristal se iluminó, mostrando la hora y el fondo de pantalla, una foto de un paisaje anónimo cualquiera que había puesto para sustituir la foto de Nate y ella juntos al lado de Trueno.
No había ninguna llamada perdida. Ningún mensaje.
Nada. Solo el vacío devolviéndole la mirada.
La cruda realidad le cayó encima como un jarro de agua helada. Él la había echado. Había elegido su orgullo, su venganza, y su obsesión por el Derby, por encima de ella. Había desconfiado de su criterio profesional y de su amor. No iba a llamar.
No, Nate no iba a llamar. Lo conocía bien.
Gia retiró la mano del teléfono como si quemara. Sintió que el calor de la vergüenza le subía por el cuello hasta las mejillas. Se sintió patética, pequeña y vulnerable.
—¿Cómo puedo ser tan tonta? —susurró para sí misma, y su voz sonó frágil, rompiendo el silencio del despacho.
Cerró los ojos con fuerza, intentando contener las lágrimas de frustración que amenazaban con desbordarse por su rostro.
Sacudió la cabeza de un lado a otro. Un gesto con el que intentaba expulsar a Nate de sus pensamientos, arrancar de raíz aquella estúpida e inútil esperanza que solo servía para prolongar su agonía.
Lanzó un suspiro largo, un suspiro que pareció vaciarle los pulmones de todo el aire.
Se irguió en la silla, parpadeó varias veces seguidas para aclarar su visión y, con un movimiento decidido, agarró de nuevo el bolígrafo.
Arrastró el historial clínico del potro hacia el centro de la mesa y clavó la vista en las letras.
Tenía que rehacer su vida, y eso empezaba por no mirar atrás.