CAPÍTULO 48
Los días que siguieron a la partida de Gia se arrastraron sobre el rancho con la pesadez de una tormenta que amenaza con estallar, pero nunca lo hace.
El aire se había enrarecido. Su ausencia no solo había dejado un vacío físico en los establos y en la casa, había instalado una atmósfera cortante, cargada de reproches silenciosos y miradas esquivas.
Todo el mundo estaba insoportablemente serio.
Las bromas de Jim habían desaparecido por completo, sustituidas por un mutismo hosco mientras limpiaba los establos.
Martha se movía por la cocina como un fantasma, limitándose a dejarle a Nate el plato de comida en la mesa sin dirigirle la palabra, con los labios apretados en una fina línea de desaprobación.
Diego apenas hablaba con él lo estrictamente necesario para el funcionamiento del rancho.
Cada vez que Nate ensillaba a Trueno, Diego se quedaba apoyado en la valla del corral, con los brazos cruzados y el sombrero hasta los ojos, haciendo evidente su rechazo.
Nadie en aquel lugar apoyaba su decisión.
Todos pensaban que correr el Derby con aquel semental era una locura, una temeridad impulsada por el orgullo y la desesperación, un riesgo innecesario tanto para el animal como para Nate, que era quien iba a montarlo.
Pero a Nate no le importaba. O, al menos, eso se obligaba a creer.
Una tarde, cuando el sol comenzaba su lento descenso hacia el horizonte y el cielo se coloreaba de tonos cobrizos y violáceos, Nate decidió que el encierro del corral ya no era suficiente. Necesitaba espacio. Necesitaba velocidad.
Ajustó las cinchas de la montura con movimientos mecánicos. Trueno resopló con impaciencia, pateando la tierra seca con uno de los cascos delanteros. El animal sentía la tensión de su dueño, la absorbía a través de las riendas de cuero.
Nate montó de un salto ágil y fluido. Sin mirar atrás, sin despedirse de Diego, que lo observaba desde la puerta del establo con el ceño fruncido, espoleó suavemente al caballo y salió al trote hacia las praderas.
A medida que se alejaban de los edificios del rancho, Nate dejó que Trueno pasara a un medio galope, buscando el ritmo, calentando los poderosos músculos del animal.
Se dirigieron hacia el oeste, ascendiendo por el terreno llano hasta llegar a la colina más alta de la propiedad. La que era su lugar favorito. El promontorio desde el cual se dominaba todo el valle.
Al llegar a la cima, Nate tiró suavemente de las riendas y Trueno se detuvo, resoplando, con el pecho agitándose rítmicamente.
Nate se quedó en la silla, apoyando las manos cruzadas sobre el pomo de la montura.
El paisaje que se abría ante él era sobrecogedor.
Un océano de hierba verde mecida por el viento, atravesado por la cinta plateada del río que serpenteaba a lo lejos, y todo bañado por la luz mágica y melancólica del crepúsculo.
Y entonces, sin previo aviso, la traición de su propia mente lo asaltó.
La imagen de Gia se materializó frente a sus ojos con una nitidez dolorosa.
Fue en ese lugar donde la había llevado semanas atrás.
Recordó cómo ella se había bajado de su yegua, caminando hasta el borde de la colina, maravillada por la inmensidad del paisaje.
Pudo ver casi físicamente cómo el viento jugaba con su pelo dorado, apartándolo de su rostro iluminado por el asombro.
Recordó el sonido de su risa flotando en el aire, y la forma en que se había girado hacia él, con los ojos brillando de vida, diciéndole que aquel era el lugar más bonito que había visto jamás.
Durante un instante, el fantasma de su olor a cítricos pareció mezclarse con el aroma a hierba, pino, y tierra seca.
Un nudo áspero y punzante le atenazó la garganta, y un dolor sordo, profundo e inesperado, le oprimió el pecho.
«No.»
Nate cerró los ojos con fuerza, apretando los dientes hasta que la mandíbula le dolió.
«No voy a pensar en ella. No puedo.»
Abrió los ojos de golpe, y el dolor se transformó instantáneamente en una furia ciega, en adrenalina salvaje.
Con un movimiento brusco, tiró de las riendas, haciendo girar a Trueno sobre sus patas traseras. El caballo relinchó, sorprendido por la brusquedad del gesto. Nate se inclinó hacia adelante, pegando el pecho al cuello del animal, y le clavó las espuelas en los ijares con una fuerza implacable.
—¡Yah! —rugió, con una voz que sonó rota y feroz.
Trueno respondió como un resorte. Los poderosos cuartos traseros del semental se contrajeron y el animal salió disparado hacia abajo, devorando la pendiente de la colina como una flecha de ébano.
La imagen era imponente, de una belleza salvaje y legendaria. El enorme caballo negro descendía por el valle a una velocidad de vértigo. Los cascos golpeaban la tierra con la fuerza de un trueno ensordecedor (de ahí su nombre), levantando pedazos de tierra a su paso.
Nate iba fusionado con el animal, convertido en un jinete impulsado por la rabia y el dolor. El viento aullaba en sus oídos, arrancándole el sombrero de la cabeza, que salió volando y se perdió entre la hierba alta.
Las crines negras de Trueno ondeaban al viento como lenguas de fuego oscuro, azotando el rostro y los brazos de Nate, pero él no sentía nada.
Solo notaba la fuerza bruta, la contracción y expansión de los músculos de la bestia bajo sus muslos, el ritmo frenético y atronador de los cascos que hacían temblar el suelo.
Atravesaron el valle como una exhalación, una mancha negra y veloz cortando el mar de hierba.
Saltaron por encima de troncos caídos y charcos sin perder un ápice de velocidad.
Era un galope brutal, al límite de las fuerzas.
Una carrera contra sus propios demonios en la que Nate intentaba dejar atrás los recuerdos que lo atormentaban.
El mundo a su alrededor se volvió borroso, una mezcla de colores y viento, hasta que las vallas de madera del rancho aparecieron en su campo de visión.
Nate no frenó hasta el último segundo. Tiró de las riendas con firmeza cuando ya estaban en el camino de entrada, y Trueno derrapó ligeramente sobre la grava, levantando una cortina de polvo antes de pasar del galope tendido a un trote corto, y finalmente, a un paso lento.
Cuando llegaron frente a los establos, el silencio del rancho se había roto por la respiración ronca y profunda del animal.
Diego y Jim habían salido al oír el estruendo de los cascos y los miraban desde las puertas, con los ojos muy abiertos, mezcla de asombro y reproche por la temeridad de la carrera.
Nate se bajó de la silla de un salto. Sus botas tocaron el suelo y sintió el temblor de la adrenalina recorriendo sus piernas.
Estaba cubierto de polvo y sudor, con el pelo alborotado y la respiración entrecortada.
Se acercó a la cabeza de Trueno y le acarició el cuello empapado.
El caballo resoplaba con fuerza. Tenía las fosas nasales dilatadas y los flancos subían y bajaban como fuelles, pero sus ojos negros estaban alerta, brillantes, llenos de una energía inagotable.
No había fatiga. No había debilidad. Solo pura potencia.
Una sonrisa torcida, casi depredadora, asomó a los labios de Nate. Pasó la mano por el pelaje húmedo y caliente del purasangre, sintiendo la dureza de sus músculos.
Estaba satisfecho.
Más que satisfecho.
La carrera había sido brutal, exigente hasta el extremo, y Trueno había respondido de manera impecable.
Miró de reojo a Diego, desafiante, y luego volvió su atención al caballo. Nate lo sabía. En lo más profundo de su ser, sabía que no se equivocaba. Trueno era un caballo excepcionalmente fuerte. Una fuerza indomable de la naturaleza.
Estaban listos. Iban a correr el Derby, y lo iban a ganar, sin importar a quién o qué hubiese tenido que sacrificar por el camino. La venganza valía cualquier precio.
El zumbido monótono del aire acondicionado llenaba el pequeño despacho del Hospital Clínico Equino.
Un sonido constante y artificial que a Gia le resultaba insoportablemente frío.
Estaba sentada detrás de un escritorio blanco, rodeada de archivadores metálicos y bajo la implacable luz clara de los tubos fluorescentes, pero se sentía como un animal salvaje encerrado en una jaula de cristal.
El aire olía a yodo, a desinfectante y a café de máquina.
Era un olor aséptico, profesional, que le revolvía el estómago por la simple razón de que no era el olor al que su alma pertenecía.
Le faltaba el aroma a tierra húmeda, a heno dulce, a cuero engrasado y a sudor de caballo. Le faltaba el viento.
Gia bajó la vista hacia el montón de historiales clínicos que tenía frente a ella.
Llevaba más de veinte minutos intentando concentrarse en el informe postoperatorio de un potro que había sufrido un cólico severo la noche anterior, pero las letras impresas parecían bailar sobre el papel, negándose a formar en su mente frases con sentido.
Sostenía un bolígrafo azul entre los dedos, haciéndolo girar mecánicamente.
Se miró las manos, los callos que se había ganado a pulso trabajando en los establos de Millstone seguían ahí, ásperos en las palmas, pero la suciedad incrustada bajo las uñas, esa marca de honor de las personas que trabajan la tierra y los animales con sus propias manos, había desaparecido, reemplazada por una limpieza que le resultaba ajena.
Soltó el bolígrafo, que repiqueteó contra la mesa, y se frotó las sienes con ambas manos.
Al final, había aceptado el puesto de trabajo que le habían ofrecido unas semanas atrás en el Hospital Equino de Dallas, donde había hecho las prácticas de la carrera, y donde conocían de sobra su talento y su instinto con los caballos.
En aquel entonces, cuando la carta había llegado al rancho, había terminado rechazando la oferta, pensando que su lugar estaba junto a Nate, construyendo un futuro juntos, cuidando de sus caballos, respirando el mismo aire libre que él.
Qué ironía.