El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 47 #2
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CAPÍTULO 47 #2

No estaba completamente borracho, pero sí lo suficiente como para sentir ese letargo adormecedor que buscaba desesperadamente.

Quería que el alcohol silenciara el zumbido constante de su cabeza, que ahogara las voces de Diego y Martha, y, sobre todo, que borrara la imagen de los ojos decepcionados de Gia.

Caminó hacia la casa arrastrando ligeramente los pies. La brisa, fría y cortante a esas horas, le golpeó el rostro, pero apenas la sintió. Introdujo la llave en la cerradura de la pesada puerta de roble al tercer intento y entró.

La casa estaba sumida en un silencio sepulcral. El viejo reloj de pie del vestíbulo marcaba pasadas las dos de la madrugada con su tic tac rítmico y monótono. Todo el mundo estaba descansando. Algo que Nate agradeció. No quería seguir dando explicaciones.

Se quitó el sombrero y lo dejó en el perchero de la entrada con un movimiento descuidado. Se frotó la cara con ambas manos, sintiendo la aspereza de la barba de un día, y exhaló un aliento cargado de cansancio y alcohol.

Se adentró en el pasillo. Cada paso que daba parecía pesar una tonelada.

La madera crujía bajo sus botas. Un sonido que en cualquier otra ocasión habría intentado amortiguar, pero que aquella noche le daba exactamente igual.

El cuerpo le pedía a gritos desplomarse sobre la cama y caer en un sueño profundo y sin pesadillas. Hasta dentro de un siglo, como mínimo.

Al llegar al final de ese pasillo, enfiló el siguiente sumido en la penumbra.

Su habitación estaba al fondo, pero para llegar a ella tenía que pasar por delante de las demás puertas.

Caminaba con la mirada fija en la alfombra, concentrado en poner un pie delante del otro, cuando un detalle rompió la monotonía de las sombras.

La puerta de la habitación de Gia.

Estaba entreabierta. Apenas una rendija de unos pocos centímetros por la que se colaba un hilo del resplandor plateado de la luna, proveniente de la ventana del interior.

Nate detuvo sus pasos en seco. El corazón le dio un vuelco extraño en el pecho. El latido empezó a ser desacompasado, tanto que lo obligó a contener la respiración.

Se quedó ahí, plantado en mitad del pasillo, mirando esa franja de oscuridad y luz. Su mente, entumecida por el alcohol, empezó a jugarle malas pasadas. Durante un segundo, una chispa de esperanza irracional e ilógica cruzó por su cerebro.

«¿Y si no se ha ido? ¿Y si Diego y Martha la han convencido para quedarse? ¿Y si está ahí dentro, durmiendo?»

Sabía que era absurdo. Él mismo le había ordenado que hiciera las maletas y que se fuera ese mismo día. Pero la duda, venenosa y punzante, lo ancló al suelo.

Tras unos segundos de lucha interna, en los que la razón batallaba contra un anhelo que se negaba a admitir, Nate levantó una mano temblorosa. Apoyó la palma plana contra la madera de la puerta y, con una lentitud agónica, empujó.

Las bisagras cedieron sin hacer ruido, abriendo la puerta de par en par y revelando el interior.

Nate se quedó petrificado en el umbral. La respiración se le cortó de golpe, como si alguien le hubiera propinado un puñetazo directo a los pulmones.

La habitación estaba completamente vacía.

No se lo esperaba. O, más bien, su cerebro no estaba preparado para procesar la crudeza visual de aquel vacío.

La cama, que hasta esa misma mañana había estado cubierta por la colcha de retales de colores que a Gia tanto le gustaba, ahora estaba desnuda, mostrando solo las sábanas blancas.

Las estanterías, antes repletas de gruesos libros de veterinaria, libretas de apuntes y pequeñas figuras de caballos, ahora eran simples tablas acumulando polvo.

No estaban sus zapatillas de estar por casa en la esquina, ni su chaqueta vaquera colgada en el respaldo de la silla.

El armario tenía las puertas ligeramente abiertas, revelando un interior oscuro y desolador, sin una sola percha ocupada.

Ver la habitación así, despojada de cualquier rastro de vida, le golpeó con una violencia brutal.

Era la confirmación innegable y definitiva de que se había ido.

Para siempre. La había echado de su casa, de su rancho, de su vida.

Y ella había recogido cada fragmento de su existencia y había desaparecido sin dejar huella.

Nate se apoyó contra el marco de la puerta, sintiendo que las rodillas le flaqueaban. El alcohol pareció evaporarse de la sangre, dejando a su paso una lucidez afilada. Sus ojos recorrieron cada rincón vacío, buscando desesperadamente algo, cualquier cosa que le indicara que ella había estado allí.

Y entonces, lo percibió.

No era algo que pudiera ver, sino algo que flotaba en el aire estancado de la habitación.

Un aroma sutil, casi imperceptible al principio, pero que poco a poco se fue abriendo paso hasta sus sentidos.

Era su colonia. Ese olor tan característico a cítricos (una mezcla fresca y vibrante de bergamota, limón dulce y un toque de flor de azahar) que siempre la envolvía.

El aroma que se quedaba impregnado en el cuello de sus camisas cuando se abrazaban, el que llenaba el interior de la camioneta cuando viajaban juntos, el que él respiraba cuando hundía el rostro en su pelo rubio.

El olor seguía allí, atrapado entre las paredes, como un fantasma negándose a abandonar el lugar.

Nate cerró los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta que vio destellos de luz.

Respiró hondo, llenando sus pulmones de ese aroma a cítricos, y un nudo del tamaño de una roca se le formó en la garganta.

El dolor que sintió en el pecho fue tan agudo, tan real, que tuvo que llevarse una mano al esternón.

La imagen de la sonrisa de Gia, el tacto de sus manos expertas curando a los animales, la forma en que lo miraba cuando creía que él no se daba cuenta, cómo lo acariciaba por las noches...

todo se precipitó sobre él como una avalancha.

Se quedó inmóvil en el umbral, durante lo que parecieron horas.

Solo un hombre roto, respirando el fantasma de la mujer a la que quería en una habitación vacía.

Una lágrima solitaria, caliente y traicionera, se formó en la comisura del ojo, pero Nate apretó los dientes con fuerza, negándose a dejarla caer.

No.

No podía permitírselo.

Si se dejaba arrastrar por la culpa, si dejaba que ese olor a cítricos derribara sus defensas, se desmoronaría por completo. Y no podía desmoronarse. No ahora.

Con un movimiento brusco, casi violento, agarró el pomo de la puerta y tiró de ella, cerrándola de golpe. El sonido resonó en la silenciosa casa.

Se giró, dándole la espalda a la habitación, al olor, a los recuerdos y a su propio corazón.

Caminó los últimos metros por el pasillo con pasos rígidos, como un autómata.

Entró en su habitación, oscura y desordenada, y ni siquiera se molestó en encender la luz.

Tampoco se quitó las botas ni la ropa. Simplemente se dejó caer de bruces sobre la cama, hundiendo la cara en la almohada.

Su mente era un campo de batalla, pero él estaba decidido a silenciar cualquier pensamiento sobre Gia, sobre los análisis que había filtrado, y sobre las palabras de Diego. Construyó un muro en su cabeza, bloqueando el dolor con la única herramienta que le quedaba: la venganza.

«El Derby —se repitió a sí mismo, como un mantra desesperado—. Trueno. La pista. La carrera. La victoria.»

No quería pensar en nada más.

No iba a pensar en nada más.

Había sacrificado demasiado, la había sacrificado a ella, y ahora solo le quedaba una opción.

Solo una. Tenía que concentrarse en ganar el Derby.

Porque si no ganaba aquella maldita carrera, significaría que todo aquel sufrimiento, que haber destrozado su propia vida y haber perdido a Gia, no habría servido absolutamente para nada.