CAPÍTULO 47
El sonido de la cremallera de la maleta al cerrarse resonó en la habitación como el final.
Gia se quedó de pie un instante, con las manos apoyadas en la tela áspera del equipaje, respirando el aire de aquel cuarto que durante los últimos meses había sido su refugio.
Ya no quedaba nada suyo allí. Las estanterías estaban vacías, la cama perfectamente hecha y el escritorio despojado de sus libros de veterinaria y sus notas.
La habitación había vuelto a ser un espacio impersonal, frío, como si ella nunca hubiera estado entre esas cuatro paredes.
Un nudo doloroso, apretado y punzante, se le instaló en la base de la garganta. Tragó saliva, obligándose a no desmoronarse. Agarró las asas de las dos últimas maletas, sintiendo el peso físico que parecía un reflejo exacto del peso emocional que aplastaba su pecho, y salió al porche.
La tarde estaba cayendo sobre el valle, bañando el rancho con esa luz dorada y melancólica que precede al crepúsculo. El viento soplaba suave, arrastrando consigo el olor a tierra seca, a pino y a caballos, el olor de un hogar que ya no era el suyo.
Al acercarse a su vieja camioneta aparcada en el patio delantero de la casa, los vio.
No se iba a ir sola en silencio. Allí estaban, esperándola como una pequeña guardia de honor improvisada.
Martha, con su delantal de cuadros y su sonrisa, Diego, sosteniendo su sombrero de ala ancha con respeto, y Jim, apoyado contra el capó de la camioneta con los brazos cruzados y esa actitud eternamente desenfadada.
Gia dejó las maletas en el suelo durante un momento, notando que los ojos le picaban.
Martha fue la primera en acercarse. Tenía los ojos enrojecidos y los labios apretados en una línea fina para evitar que le temblara la barbilla. Llevaba en las manos un recipiente de plástico envuelto cuidadosamente en una bolsa de papel.
—No ibas a irte sin llevarte algo para el camino, ¿verdad?
—dijo, con la voz un poco ronca, extendiendo el paquete hacia Gia—.
Te he preparado unos sándwiches de carne asada, los que te gustan, y un buen trozo de pastel de manzana.
Tienes muchas horas de carretera por delante, cariño.
No quiero que pares a comer cualquier porquería en una gasolinera.
Gia sintió que el corazón se le encogía.
Tomó el túper con ambas manos, sintiendo aún el calor del pastel recién horneado a través del plástico.
Miró a Martha, esa mujer que había sido una madre para ella en aquel lugar extraño, y una sonrisa genuina, cargada de un cariño inmenso, asomó a sus labios.
—Gracias, Martha. De verdad... gracias por todo. Por cuidarme tanto —murmuró Gia, acercándose para darle un fuerte abrazo. Martha la envolvió entre sus brazos robustos, acariciándole la espalda con un gesto maternal.
—Te vamos a echar mucho de menos —intervino Diego cuando ambas se separaron.
El hombre le tendió una mano encallecida, pero Gia la ignoró y lo abrazó también.
Diego le devolvió el abrazo con firmeza—.
Ha sido un verdadero honor trabajar contigo.
Los caballos nunca han estado en mejores manos.
Y nosotros... bueno, nosotros estamos encantados de haberte conocido. Has dejado huella en este lugar, Gia.
—Demasiada huella, diría yo —terció Jim, arrastrando las palabras con su característico acento sureño.
Se despegó de la camioneta y se acercó con esa sonrisa ladeada y pícara que usaba como escudo para todo—.
Nos dejas el rancho lleno de corazones rotos, preciosa, empezando por el mío.
¿Estás completamente segura de que no quieres fugarte conmigo a Las Vegas?
Todavía estamos a tiempo. Yo conduzco, tú pones la música, y nos olvidamos de esta panda de vaqueros amargados —bromeó.
La propuesta era tan absurda, tan puramente Jim, que Gia no tuvo más remedio que soltar una carcajada. Fue una risa breve, cristalina, que rompió durante un segundo la espesa capa de tristeza que flotaba en el ambiente.
—Quizá me lo piense —respondió, negando con la cabeza, agradecida por su intento de aligerar el momento—. Yo también estoy encantada de haberos conocido. A todos. Sois lo mejor que me llevo de aquí.
Jim le guiñó un ojo y le dio un suave empujón amistoso en el hombro antes de ayudarla a levantar las maletas y meterlas en la parte trasera de la camioneta. El golpe sordo de la puerta al cerrarse sonó a despedida final.
Ya estaba todo listo.
Era el momento de subir, arrancar y no mirar atrás.
Sin embargo, los pies de Gia parecían clavados al suelo.
Casi en contra de su propia voluntad, su mirada se desvió.
Sus ojos escanearon el horizonte, recorrieron la fachada de la casa principal, las puertas abiertas del establo, el camino de tierra que llevaba a las praderas...
Buscaba una silueta alta, unos hombros anchos, un sombrero calado sobre unos ojos oscuros.
Su cabeza sabía que él la había echado, que la había sacado de su vida con palabras crueles, pero su corazón, terco y estúpido, albergaba la minúscula y dolorosa esperanza de que Nate apareciera en el último segundo para detenerla. Como ya había hecho una vez.
Pero solo vio el polvo arremolinándose en el patio vacío.
Martha, que no perdía detalle de nada de lo que ocurría en el rancho, siguió la dirección de la mirada de Gia. Comprendió al instante la silenciosa agonía que estaba atravesando. Con un suspiro pesado, dio un paso al frente y le tocó el brazo con suavidad, atrayendo su atención.
—No está, Gia —le dijo, en un tono lleno de compasión—. Cogió su camioneta al mediodía y salió derrapando por el camino principal. No ha vuelto y no sabemos dónde está.
—Yo si fuera él estaría ahogando las penas en un tugurio de mala muerte —dijo Jim en tono despectivo.
Gia sintió una punzada fría en el estómago.
Nate había huido. Era tan típico de él, tan propio de su incapacidad para lidiar con las emociones que lo desbordaban.
Una parte de ella quería llorar de frustración, pero otra parte, la que estaba exhausta de luchar batallas perdidas, simplemente se rindió, dijo basta.
Forzó una sonrisa triste, bajando la mirada hacia las llaves que apretaba en la mano derecha.
—Es mejor así —dijo, y para su sorpresa, su voz sonó firme, más de lo que hubiera esperado—. De verdad. Si estuviera aquí, solo acabaríamos discutiendo otra vez, o diciéndonos cosas que nos harían más daño. Y ya nos hemos hecho suficiente. Es mejor que no esté.
Martha asintió lentamente. Gia tenía razón. La presencia de Nate solo empeoraría las cosas.
—Cuídate mucho, ¿vale? —le suplicó, dándole un último apretón en el brazo.
—Lo haré —respondió Gia. Paseó la mirada por los tres—. Cuidad de Trueno por mí, por favor.
—Con nuestra vida —prometió Diego.
Gia asintió una última vez, incapaz de articular una palabra más sin echarse a llorar.
Se dio la vuelta, abrió la pesada puerta de la camioneta y subió al asiento del conductor.
El cuero estaba caliente por el sol de la tarde.
Metió la llave en el contacto y giró la muñeca.
El viejo motor tosió un par de veces antes de cobrar vida con un rugido familiar y constante, haciendo vibrar el volante bajo sus manos.
Bajó la ventanilla, alzó la mano en un último gesto de despedida hacia los tres amigos que se quedaban atrás, y pisó el embrague. Metió la primera marcha y soltó el freno. La camioneta empezó a moverse lentamente, haciendo sonar la grava bajo las ruedas.
Mientras avanzaba por el largo y polvoriento camino de salida, flanqueado por una hilera de robles, Gia apretó los dientes.
Sus nudillos estaban blancos de la fuerza con la que aferraba el volante.
Respiraba de forma entrecortada, parpadeando rápidamente para contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse y nublarle la vista.
No iba a llorar.
Al menos, no hasta que estuviera en la carretera.
Aquella etapa había terminado. El sueño de trabajar en uno de los ranchos más grandes del estado, la ilusión de haber encontrado un lugar al que pertenecer y en el que desarrollar su carrera, y el amor profundo y desgarrador que sentía por un hombre demasiado roto para dejarse querer...
todo se quedaba atrás, enterrado bajo el polvo que levantaban sus neumáticos.
Antes de tomar la curva que la sacaría definitivamente de los terrenos del rancho, Gia levantó la vista hacia el espejo retrovisor.
Enmarcada en el pequeño rectángulo de cristal, la imponente casa se alzaba majestuosa bajo el cielo anaranjado del atardecer.
Y frente a ella, tres figuras inmóviles, de pie en medio del camino de entrada.
Martha, Diego y Jim, que se hacían cada vez más y más pequeños a medida que la distancia aumentaba, encogiéndose hasta convertirse en simples sombras, en recuerdos borrosos, hasta que finalmente la curva del camino los borró por completo de su vista, dejándola a solas con el sonido del motor y la carretera abierta ante ella.
El motor de la camioneta se apagó con un estertor metálico que pareció resonar con demasiada fuerza en la tranquilidad de la noche.
Nate se quedó un largo minuto al volante, con la frente apoyada contra el aro de cuero, respirando el aire viciado del interior.
El silencio que siguió al cese del motor fue absoluto, denso, casi opresivo.
Fuera, el rancho estaba sumido en la oscuridad más profunda, apenas iluminado por la pálida luz de una luna en cuarto menguante.
Con un gruñido, empujó la puerta y bajó del vehículo.
Sus botas golpearon la grava con una torpeza inusual.
El alcohol que llevaba en la sangre (una mezcla traicionera de cervezas calientes y un par de vasos de whisky barato que había consumido en un bar de carretera a kilómetros de allí) le embotaba los sentidos, volviendo sus extremidades pesadas y sus reflejos lentos.