El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 46 #2
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CAPÍTULO 46 #2

Al fondo del pasillo, en la cuadra más grande y segura, estaba Trueno.

El imponente semental negro, que habitualmente era un torbellino de energía nerviosa que pateaba el suelo y bufaba ante cualquier intrusión, estaba extrañamente quieto.

Asomó la enorme cabeza por encima de la puerta de madera, con las orejas atentas y los grandes ojos oscuros fijos en la figura de Gia que se acercaba.

Los animales, especialmente los caballos, poseen un radar infalible para las emociones humanas, y Trueno parecía percibir la densa nube de tristeza que la envolvía. No hubo relinchos desafiantes ni sacudidas de crines, únicamente una tranquilidad solemne, casi expectante.

Gia llegó frente a la puerta de la cuadra y se detuvo. Sus manos temblaban ligeramente. Levantó la vista para encontrarse con la mirada profunda y noble del animal.

—Hola, grandullón —susurró. La voz era apenas un hilo.

Al escucharla, Trueno bajó la cabeza con cuidado hasta dejarla a la altura del pecho de Gia y soltó un resoplido suave y cálido que le alborotó los mechones de pelo sueltos.

Fue un gesto de una ternura tan desarmante, tan impropia de su carácter indomable, que las defensas de Gia se derrumbaron por completo.

Las lágrimas, que había contenido a duras penas mientras hacía el equipaje, finalmente se desbordaron, resbalando por sus mejillas en un torrente silencioso.

Descorrió el pestillo de la puerta con manos torpes, entró en la cuadra y volvió a cerrarlo tras de sí, buscando la intimidad de aquel espacio.

No lo dudó un segundo, dio un paso al frente y rodeó el grueso y musculoso cuello del caballo con ambos brazos, hundiendo el rostro en su crin de azabache.

Trueno no retrocedió. Lejos de asustarse por el repentino contacto, el animal pareció entender perfectamente lo que estaba ocurriendo. Inclinó aún más su pesada cabeza, apoyando el hocico contra el hombro de Gia, y exhaló un suspiro largo y profundo que hizo vibrar su enorme pecho.

Gia se aferró a él con desesperación, notando el calor que emanaba de su pelaje negro, el latido fuerte y constante de su corazón bajo la piel. Olía a vida, a fuerza, a libertad, a todo lo que ella amaba del rancho.

—Me voy, Trueno... Me tengo que ir —sollozó Gia, apretando los párpados con fuerza mientras las lágrimas empapaban el pelaje del caballo—. Ya no puedo quedarme aquí.

El caballo movió la cabeza ligeramente, frotando su mejilla contra la espalda de Gia, como si intentara consolarla.

Ella acarició el cuello del animal, deslizando los dedos por la musculatura perfecta que ella misma había ayudado a desarrollar en las últimas semanas con horas infinitas de ejercicios, cuidados y paciencia.

Recordó los días en los que se había quedado sentada en la paja de aquella misma cuadra, ganándose su confianza cuando nadie más podía acercarse a él sin recibir un gruñido.

Habían forjado un vínculo inquebrantable, un lenguaje secreto hecho de miradas, toques y silencios. Y ahora se lo estaban arrebatando.

—Escúchame bien, campeón —continuó Gia, separándose un poco para poder mirarlo a los ojos.

Acunó el enorme rostro del caballo entre sus manos, acariciando con los pulgares la estrella blanca de su frente—.

Tienes que ser fuerte, ¿me oyes? Eres el caballo más rápido y valiente que he conocido en mi vida.

Tienes un fuego dentro que nadie puede apagar. Ni siquiera él.

Trueno parpadeó, mirándola con una intensidad que a Gia le partió el corazón. Parecía estar absorbiendo cada una de sus palabras.

—Vas a ir a ese Derby y les vas a demostrar a todos de lo que eres capaz —le pidió, con la voz temblorosa pero cargada de convicción—. Vas a volar en esa pista. Vuela por ti, Trueno. Solo por ti.

Gia tragó saliva, sintiendo el escozor de la bilis y el dolor en la garganta al pensar en Nate. El hombre que la había apartado de su lado, el hombre que, cegado por su propia tormenta, no había sabido ver que ella solo intentaba proteger a ambos. A Trueno y a él.

—Y... y cuida de él —añadió, en un susurro apenas audible, bajando la mirada hacia el suelo cubierto de paja seca—.

Es un idiota testarudo, un orgulloso que no sabe lo que hace, pero...

pero lo quiero. Lo quiero con toda mi alma.

Y te necesita, Trueno. Ahora más que nunca, te necesita a ti. No dejes que se hunda.

El caballo soltó otro resoplido suave y le dio un pequeño empujoncito en el pecho con el hocico, obligándola a levantar la cabeza.

Gia sonrió débilmente a través de las lágrimas.

Se puso de puntillas y depositó un beso largo, tierno y cargado de dolor en la suave nariz del semental.

Saboreó la sal de sus propias lágrimas mezclada con el polvo del establo.

—Te voy a echar de menos todos los días de mi vida, mi chico malo —le susurró contra la piel.

Se quedó allí unos minutos más, abrazada a él, memorizando la textura de su pelaje, el sonido de su respiración, la imponente presencia de su cuerpo. Quería grabar aquel momento en su memoria para siempre, porque sabía que era la última vez.

Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, Gia dio un paso atrás.

Sus manos se deslizaron por el cuello de Trueno, luego por su hombro, resistiéndose a romper el contacto hasta el último momento.

El caballo dio un paso hacia ella, intentando seguirla, pero Gia levantó una mano, pidiéndole que se detuviera.

—Quieto. Sé un buen chico —dijo.

Salió de la cuadra y cerró la puerta de madera. El pestillo metálico encajó con un clic seco que resonó en el pasillo vacío.

Trueno asomó la cabeza por encima de la puerta y soltó un relincho agudo, un sonido lastimero y prolongado que rasgó el silencio del establo. Era una llamada, una protesta. Sabía que Gia se marchaba.

Gia se tapó la boca con la mano para ahogar un sollozo que le desgarró el pecho. No se atrevió a mirar atrás. Sabía que, si volvía a ver sus ojos oscuros, no tendría la fuerza necesaria para subirse a la camioneta.

Aceleró el paso y caminó a zancadas hacia la salida, huyendo del santuario que había sido su hogar, dejando atrás al caballo que le había robado el corazón y al hombre que se lo había roto en mil pedazos. El relincho de Trueno la persiguió hasta que entró en la casa para recoger las maletas.