El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

El sonido de los pasos de Martha alejándose por el camino de grava fue desvaneciéndose lentamente, pero la tormenta que había dejado a su paso seguía rugiendo entre las paredes de madera del establo.

Diego seguía de pie en el mismo sitio, con la mirada fija en la puerta por la que acababa de desaparecer Martha. Lentamente, bajó la vista hacia la cabezada de cuero que se le había caído al suelo. La recogió con un movimiento mecánico, sacudiéndole el polvo, antes de girarse hacia su jefe.

Nate, por su parte, había vuelto a darle la espalda. Había agarrado de nuevo la esponja húmeda y frotaba el faldón de la montura con una fuerza desmedida, como si en vez de sacarle brillo quisiera arrancar el cuero. Los nudillos estaban blancos por la presión que ejercía.

Intentaba concentrarse en el olor a jaboncillo y cuero, en la textura áspera bajo los dedos, en cualquier cosa que no fuera el nudo que amenazaba con cerrarle la garganta. Quería borrar de su memoria la conversación con Martha, quería borrar la mirada de Gia, quería borrar el maldito día entero.

—Dime que no es verdad —rompió el silencio Diego. Su voz era grave, pausada, pero cargada de una incredulidad que rayaba en el reproche—. Dime que Martha ha exagerado, Nate. Dime que no has tenido los cojones de echar a Gia.

Nate detuvo la mano un instante, y luego continuó frotando el cuero con aún más saña.

—Martha no ha exagerado —replicó, con la voz cortante como un cristal roto—. Está despedida. Le he dicho que recoja sus cosas y se largue del rancho hoy mismo. Y no hay más que hablar.

Diego soltó un suspiro largo y pesado, pasándose una mano por el pelo medio encanecido y revuelto.

Dio un par de pasos hacia el centro del pasillo, acortando la distancia con su jefe.

Conocía a Nate desde hacía años, habían domado potros juntos, habían pasado noches en vela asistiendo partos difíciles y habían compartido cervezas y confidencias.

Sabía leer los silencios de Nate mejor que nadie, y lo que veía en ese momento era a un hombre atrapado en su propio orgullo.

—¿Pero en qué demonios estás pensando? —preguntó, alzando las manos en un gesto de incomprensión—.

¿Cómo se te ocurre hacer una estupidez de ese calibre?

Gia es... joder, Nate, es el pilar de estas cuadras.

Los caballos confían en ella, los chicos confían en ella.

Y tú... tú la necesitas más que ninguno de nosotros.

Nate tiró la esponja al cubo con tanta violencia por segunda vez que el agua salpicó sus botas y el suelo de cemento. Se giró de golpe, con los ojos entornados y el pecho subiendo y bajando.

—¡Me ha traicionado, Diego! —ladró, señalando hacia la casa con un dedo tembloroso por la rabia que estaba conteniendo—.

¡Ha cogido los análisis de Trueno, los historiales confidenciales de mi caballo, y los ha filtrado a la prensa!

¡A mis espaldas! ¡Le ha dado munición a Sterling y a toda esa panda de buitres para que pierdan la confianza en Trueno y me dejen solo! ¿Te parece poco?

Diego no se inmutó ante los gritos. Se cruzó de brazos, apoyando el peso en una pierna, y sostuvo la mirada furibunda de Nate con una calma exasperante.

—No, Nate. Eso no es razón suficiente —arguyó, con una firmeza que hizo que Nate parpadeara varias veces seguidas, desconcertado—. Y lo sabes perfectamente.

—¡¿Que no es razón suficiente?! —Nate soltó un bufido, y se pasó las manos por la cara. Parecía que estaba rodeado de locos—. ¡Ha violado mi confianza! ¡Ha puesto en peligro la carrera más importante de la temporada! ¡Se ha puesto del lado de mis enemigos!

—Se ha puesto del lado del caballo, Nate —le corrigió Diego, bajando el tono de voz, pero afilando la mordacidad de cada palabra—.

Se ha puesto del lado de Trueno. Y alguien tenía que hacerlo, porque tú estás demasiado ciego para ver lo que tienes delante.

El animal no está bien. Tú lo sabes, yo lo sé, y Gia te lo demostró con esos análisis.

Si lo metes en esa pista, lo vas a reventar.

Nate lo miró indignado, notando cómo una nueva oleada de furia le subía por el cuello. Sus manos se cerraron en puños a los costados.

—No empieces tú también, Diego —le advirtió, apuntándole con el dedo índice, con la voz temblando de rabia—.

No empieces como Martha, o te juro por Dios que te despediré —lo amenazó, pero a Diego le dio igual—.

No me sermonees. Ya he tenido bastante ración de moralidad por un día.

Soy el dueño de este rancho, Trueno es mi caballo, y yo decido cuándo corre y cuándo no. ¡Nadie más!

Pero Diego no era de los que se amedrentaban fácilmente. Había crecido entre caballos salvajes y sabía que, a veces, la única forma de calmar a un semental desbocado era plantarle cara.

—Pues vas a tener que escucharme, jefe, porque alguien tiene que sacarte de la cabeza esa locura —replicó Diego, dando un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Nate—.

Estás dejando que tu odio por Sterling y tu maldito orgullo dicten tus decisiones.

Estás dispuesto a sacrificar a un animal que te ha dado todo, y ahora acabas de echar a la calle a la mujer que te quiere lo suficiente como para arriesgar su propio puesto y su relación contigo, solo para evitar que cometas el mayor error de tu vida.

—¡Ella no tenía ningún derecho! —rugió Nate, golpeando con la palma de la mano abierta el caballete de madera, haciendo que la montura se tambaleara—.

¡Es mi empleada! ¡Su trabajo era curar al caballo, no juzgarme ni ir a mis espaldas a sabotearme!

¡Tenía que haberse pensado las cosas dos veces antes de traicionarme de esa manera!

¡Tenía que haber pensado en las consecuencias!

—Créeme que las ha pensado. —Diego movió la cabeza, con una mirada cargada de una tristeza que desarmó momentáneamente a Nate—.

Gia no hace nada a la ligera. Se ha pasado noches enteras revisando esos historiales, Nate, buscando una solución.

Yo la he visto. La he visto desesperada porque el hombre del que se había enamorado no quería escucharla.

Sabía perfectamente lo que le harías si filtraba esos informes.

Sabía que tu orgullo no lo soportaría y que la echarías.

Y aun así lo hizo. Porque su integridad y la vida de ese caballo valen más que tu puto ego.

Las palabras de Diego cayeron sobre Nate como si fueran de mármol.

« Sabía que la echarías. Y aun así lo hizo .»

El pecho de Nate se contrajo en un espasmo.

De repente, el aire del establo le pareció irrespirable.

Las paredes de madera parecían cerrarse sobre él, aplastándolo bajo el peso de sus propias decisiones.

La imagen de Gia haciendo la maleta, la voz rota de Martha, la mirada decepcionada de Diego...

todo daba vueltas en su cabeza, formando un torbellino a su alrededor.

Estaba acorralado. No por ellos, sino por sí mismo. Pero admitirlo significaba desmoronarse, significaba aceptar que se había equivocado, que había sido un tirano ciego y cruel. Y Nate, en ese momento, no tenía la fuerza para enfrentarse a su propio reflejo.

—¡Basta! —gritó. Fue un sonido ronco, casi animal, que hizo eco en las vigas del techo.

Agarró el trapo para sacar brillo que descansaba sobre el caballete y lo arrojó violentamente contra la pared del fondo. Dejó la montura a medio limpiar, el cubo de agua sucia en el suelo y los distintos utensilios esparcidos por ahí.

—¡Estoy harto! —exclamó, pasando por el lado de Diego como una exhalación, empujándolo ligeramente con el hombro sin querer—.

¡Estoy harto de que todo el mundo en este maldito rancho se crea con derecho a decirme lo que tengo que hacer!

¡Harto de sermones, harto de juicios y harto de todos vosotros!

No esperó respuesta. Salió del establo caminando a zancadas largas y furiosas, con los puños apretados en los costados y la cabeza gacha, casi bramando.

Sus botas golpearon el suelo de cemento y luego la grava, alejándose del establo como si huyera del mismísimo diablo. Quería estar solo. Quería subirse a la camioneta, conducir hasta que el asfalto se acabara y no tener que escuchar a Martha o a Diego sermoneándole.

Diego no hizo ademán de seguirlo. Se quedó de pie en medio del pasillo, rodeado del olor a cuero húmedo, y del silencio, que volvía a reclamar el establo.

Con la cabezada entre las manos, observó la silueta de Nate recortándose contra la luz de la mañana hasta que desapareció tras la esquina del granero.

Sacudió la cabeza, soltando un suspiro que sonó a derrota.

Sabía que Nate era un hombre fuerte, capaz de domar a las bestias más salvajes, pero en aquel momento, Diego supo que su jefe acababa de perder la batalla más importante de todas, la batalla contra sí mismo.

Y lo peor era que, en su caída, se había llevado por delante a la única persona que había iluminado su vida.

El silencio en el interior del establo era casi reverencial, roto únicamente por el suave crujido de la paja bajo los cascos, el rítmico masticar de los caballos y el cántico de las cigarras en el campo.

Era esa hora de la tarde en la que el sol comenzaba a teñir el polvo en suspensión de un tono dorado, creando columnas de luz que se filtraban por los ventanales.

Para Gia, aquel lugar siempre había sido su santuario, su refugio.

Pero aquella tarde, el olor familiar a paja limpia, a madera, a cuero y a caballo, le provocó un nudo tan apretado en la garganta que apenas le dejaba respirar.

Caminó por el pasillo central del establo con pasos lentos, arrastrando las botas sobre el cemento como si llevara pesas de plomo en los tobillos. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro pálido, surcado por el cansancio de una noche en vela y el dolor de un corazón recién hecho pedazos.

Sus maletas ya casi estaban listas. Solo le quedaba una cosa por hacer antes de arrancar el motor de su camioneta y dejar atrás la vida que había soñado. Tenía que despedirse de él.